Por Aime Sosa Pompa
Creo que nunca hemos tenido más herramientas para comunicar, ni hemos comunicado de manera tan diversa y múltiple como ahora. Sin embargo, el panorama puede resultar un cuadro a retazos desalentador: estamos en un océano de información donde la desinformación abunda sobre el dato, las voces masculinas redundan sobre todas las demás y algunos (casi siempre los que pueden tecnológicamente y están alfabetizados) alzan sus gritos llenos de ciertos argumentos sin poderlos comentar o debatir. Sobrevivir con ética en este ecosistema sigue siendo acto de resistencia y guerrilla.
La comunicadora del siglo XXI navega entre la inmediatez tóxica de las redes, la precariedad laboral endémica y la presión de los algoritmos que premian escándalos; como una especie de espiral donde los silencios son cada vez más visibles, paradoja que las teorías hace tiempo anunciaron en una realidad en la que los apellidos, sobre todo los segundos, de clanes maternos poco importan.




