Por Marilys Zayas Shuman
La Habana amanece otra vez entre apagones y colas de agua. En los barrios, las voces se cruzan: madres que buscan cómo cocinar, jóvenes que improvisan cargadores solares, ancianos que esperan. La rutina se interrumpe, pero la vida insiste.
Las inconformidades sociales crecen, y no es casualidad. La falta de electricidad, agua y servicios básicos no surge de la nada: es el resultado de un bloqueo económico, financiero y ahora energético que se ha convertido en un castigo colectivo. El gobierno de los Estados Unidos mantiene una política que golpea directamente a cada hogar, a cada comunidad, a cada persona y eso es innegable.
En medio de la carencia, se multiplican las preguntas: ¿qué pueden hacer quienes deciden para escuchar mejor las insatisfacciones? ¿cómo reorganizar las prioridades desde lo concreto?




