Por Alejandra García Elizalde, Periodista del Periódico Granma.
(Extraído del Facebook de Iraida Calzadilla, Doctora en Ciencias de la Comunicación y profesora de Periodismo en la Universidad de La Habana.)
Diez días antes de la tragedia en Venezuela, mi madre me hizo llegar una agenda. En la primera página, con su puño y letra, se lee: “’Extraño tu mano en la mía, como un sapito dormido’. Esto lo escribí cuando tú naciste. En ello pensaré cuando cierre los ojos por última vez”.
El pasado 24 de junio, la geografía venezolana crujió bajo el impacto sucesivo de dos terremotos de magnitud 7.2 y 7.5. Tras el estruendo, el polvo y el pánico, mi primer instinto fue marcar su número. Al escuchar su voz al otro lado de la línea, a miles de kilómetros de este desastre, le dije una certeza dolorosa: “Mamá, muchos no podrán llamar hoy a sus madres para decirles que están bien”.
Más de 300 réplicas han sucedido luego de esa llamada, que nos recuerdan que el suelo continúa en movimiento.




