Por Aime Sosa Pompa
Creo que nunca hemos tenido más herramientas para comunicar, ni hemos comunicado de manera tan diversa y múltiple como ahora. Sin embargo, el panorama puede resultar un cuadro a retazos desalentador: estamos en un océano de información donde la desinformación abunda sobre el dato, las voces masculinas redundan sobre todas las demás y algunos (casi siempre los que pueden tecnológicamente y están alfabetizados) alzan sus gritos llenos de ciertos argumentos sin poderlos comentar o debatir. Sobrevivir con ética en este ecosistema sigue siendo acto de resistencia y guerrilla.
La comunicadora del siglo XXI navega entre la inmediatez tóxica de las redes, la precariedad laboral endémica y la presión de los algoritmos que premian escándalos; como una especie de espiral donde los silencios son cada vez más visibles, paradoja que las teorías hace tiempo anunciaron en una realidad en la que los apellidos, sobre todo los segundos, de clanes maternos poco importan.
En este caos, comunicar con rigor, claridad y perspectiva se ha vuelto un bien de lujo para esa persona que si tiene el apellido de feminista, verá largas sillas en el camino (con permiso de Silvio Rodríguez Domínguez) y muchos sacos de piedras virtuales listas para lanzar. Porque como en tantos sectores/estratos/nichos, las mujeres llevamos la peor parte, aunque a menudo seamos las que sostenemos la calidad en las trincheras.
Un estudio del Proyecto de Monitoreo Global de Medios revela dónde están las mujeres sobre las que se habla en las noticias o donde las analizan.
El mundo se explica, mayoritariamente, en masculino. ¿Ponemos emojis de asombro o duda?.
La edición más reciente del Proyecto Mundial de Monitoreo de Medios (GMMP), elaborado por la organización internacional de derechos de comunicación WACC y respaldado por el programa ACTUEMOS para poner fin a la violencia contra las mujeres de ONU Mujeres, es el estudio de investigación más amplio y de mayor trayectoria sobre la representación de género en los medios de comunicación. Los resultados de este año revelan que las mujeres representan solo el 26 % de los temas y fuentes de las noticias, lo que demuestra una marcada ausencia en la televisión, la radio y la prensa escrita.
Desde las intenciones de género
De vez en cuando hay que ponerse “ácida”. Ya no es curioso ver cómo los grandes conglomerados mediáticos, dirigidos por consejos de administración masculinos y gerontocráticos, son los que pontifican sobre esa cacareada libertad de expresión y mal entendida neutralidad; mientras sus contenidos perpetúan estereotipos de género y silencian sistemáticamente a expertas cualificadas.
Frente a esto emergen antídotos que parecen faros en la niebla. Muchos medios digitales están liderados con fuerte presencia femenina, los hechos son de contexto, el lenguaje es no sexista y las historias enganchan con enfoque de género.
Las banderas de alarmas pregonan que la habilidad crítica ya no es solo redactar bien. Es verificar en tiempo real, contextualizar historias complejas, discriminar la bulla de la información y, sobre todo, tener el valor de no seguir el ritmo del clickbait misógino o la noticia viralizada. Es un trabajo ingrato y poco visible, pero es la única barrera contra lo que nos alegra decir: idiocracia digital.
Así que hoy, mañana y ayer también, se puede aplaudir (con dosis de escepticismo y reivindicación que no somos ilusas) a quienes trabajan desde las comunicaciones y siguen creyendo que su oficio es un servicio público valedero.
Ellas son las que eligen la complejidad sobre el eslogan, la fuente sobre el rumor, y la mirada inclusiva sobre el monólogo de siempre, contando y narrando, con el poder de siempre desde las voces de siempre.

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