Por Marilys Suárez Moreno
Amados y protegidos por su familia, Laurita y Daniel, de cuatro y seis años, respectivamente, viven una infancia plena. Crecen en un ambiente familiar estable y armónico, donde la relación afectiva y formadora entre los miembros del núcleo familiar abarca todas las formas de compartir y trasmitir amor y buenos ejemplos.
Y sin ser ni pretender ser un hogar perfecto, sus componentes tratan de que los pequeños de la casa reciban en este las primeras nociones de convivencia humana, a través del estrecho contacto con el colectivo familiar que los rige.
Normas, conductas, principios, buenos ejemplos, sirven a esta familia de valioso soporte para hacer frente a los más disímiles desafíos de la vida cotidiana y sentar las bases de la formación integral de sus descendientes, sabedores de que es la estructura familiar la encargada de poner orden y disciplina en el hogar, medio propicio para la asimilación de conductas responsables y adecuadas.