Por Marilys Suarez Moreno
No cumplir una promesa, una palabra dada, sobre todo a nuestra descendencia, constituye uno de esos errores casi imperdonables que cometemos a veces padres, madres y/o tutores.
Las niñas y los niños tienen memoria de elefante, como dice el dicho y 20 años después se acordarán de “aquella vez que me dijiste…y luego…”. “Tú me engañaste, mamá..”, etc.
Pero hay razones de causa mayor que escapan a nuestro control y así hemos de explicárselo, llegado el caso, nunca prometerle y luego no cumplir. También sirve de paliativo buscar alguna otra alternativa atractiva que le enamore y les haga olvidar la primera promesa que le hicimos y no pudimos cumplir.
Una situación de este tipo bien tratada le enseñará a ser flexibles y adaptarse a las disímiles circunstancias que impone la vida. Hay que tener presente siempre que entre el adulto y el menor es el primero quien tiene más experiencia y el que impone el respeto por su actuación como padre y madre, en especial.



