lunes, 27 de julio de 2026

Zaily, la anestesióloga que con su voz sostiene vidas



La doctora Zaily Fuentes Díaz se encuentra en estos momentos de misión médica en Argelia, donde realizó un parto gemelar.


Por Damaris Hernández Marí 

Foto: Cortesía de la entrevistada

La reconocieron por la voz, no por la bata blanca ni el gorro quirúrgico, ni por el nombre bordado en su uniforme. Iba en un medio de transporte en Cuba cuando un hombre de unos sesenta años le dijo: —Doctora, esa voz me da tranquilidad. 

Usted fue la que me durmió y me despertó sonriendo. Ella quedó sorprendida. Él la había identificado por el timbre de la voz, por esa cadencia que marca la diferencia en un salón de operaciones. —Voy a llamar a mi esposa para contarle que la he visto. Y en ese instante, Zaily Fuentes Díaz comprendió lo que siempre había sospechado: un anestesiólogo no solo administra medicamentos. 

Deja una huella en cada palabra de aliento, en la tranquilidad que transmite en su voz en el segundo en que el paciente se siente más vulnerable.

Esa capacidad de sostener la vida de sus pacientes no creció en una familia de médicos como pudiera pensarse. En su hogar nadie vestía bata blanca. 

El primer encuentro real con la medicina llegó en el preuniversitario, a través de la formación vocacional. Una vez al mes estudiantes de sexto año de Medicina iban a sus aulas a hablarles del corazón, de los huesos, de qué hacer en una urgencia. —No eran profesores veteranos —recuerda Zaily, y su voz rememora recuerdos como quien los vive otra vez. —Eran jóvenes como nosotros, pero con mucha pasión por lo que hacían. 

Para mí fue abrir una ventana a un mundo desconocido. Ahí comprendí que la medicina no era algo imposible ni lejano, era posible. Y esa chispa la llevó a estudiar la carrera. 

El salón de operaciones la atrapó en cuarto año, durante la rotación por Cirugía. Si bien era alumna ayudante de Medicina Interna y se veía a sí misma disfrutando de la clínica, cruzar la puerta del quirófano y observar la misión de los anestesiólogos marcó un antes y un después en su vida. —Ellos son los héroes anónimos. Ahí nació el interés.

En sexto año formó parte del grupo de excepcional rendimiento Dr. Mario Muñoz y después llegó el primer destino: Guantánamo, donde estuvo un año trabajando, estando allí donde se es más necesario, más útil, una premisa que conocen bien quienes llevan la medicina en el alma.

Luego llegó el Instituto Pedro Kourí (IPK) y de allí la salida para Haití. Catorce meses de misión, de distancias, de desvelos y de consagración a la atención de quien más lo necesita. Al regresar, comenzó la especialidad en Anestesiología y Reanimación.

Pero Zaily descubrió pronto que las vocaciones no son únicas y que la investigación la acompañaría siempre. En tercer año de pregrado, en el Hospital Provincial León Cuervo Rubio, de Pinar del Río, el profesor Rodobaldo le dio una lección que la marcó: —Cada paciente lleva implícito el proceso de investigación.




Esa lección cambió mi manera de entender la medicina. Comprendí que el desarrollo asistencial —el acto de atender al paciente— es la base que sustenta la investigación. Y a su vez, esa necesidad de investigar te obliga a estudiar. 

Es un sistema: atiendo, investigo, estudio, mejoro, y vuelvo a atender mejor. Así descubrí que no hay distancia entre ser médico e investigar. Para mí son la misma cosa.

Esa convicción la acompañó hasta su tesis doctoral, un trabajo sobre modelos multidimensionales para el pronóstico de la mortalidad quirúrgica. 

Hace cinco años que trabaja en el Hospital Provincial Docente de Oncología María Curie de Camagüey, y fue allí, en contacto con pacientes oncológicos donde el humanismo devino exigencia diaria. — He tenido un paciente que modificó mi pensamiento, mis prioridades.

Porque cuando trabajas con alguien que sabe que el tiempo no se recupera, aprendes que cada minuto con el paciente vale. Eso me enseñó la Oncología.

Hoy, sin embargo, su desafío más grande no está en Cuba, está en Barika, Argelia como parte del programa materno-infantil de la misión cubana. Allí donde el sol quema a primera hora la distancia duele. 

Zaily no es solo la doctora que investiga y que sostiene vidas; también es la mamá de Mauricio, la hija de Magalys y la esposa de Orlando. —Ellos son mi centro, mi razón de ser—dice, y la frase queda como un ancla de emociones contenidas. —Son ellos los que me esperan, los que me sostienen, los que hacen que todo este esfuerzo tenga sentido. 

Cuando la noticia del premio de la Academia de Ciencias de Cuba, otorgado al equipo multidisciplinar de investigación en medicina regenerativa le llegó estando en Argelia el sabor fue agridulce. — Alegría enorme, de esas que llenan el corazón —explica—, pero también nostalgia de no poder compartirlo con quienes lo hicieron posible. 


Recibirlo lejos le confiere un matiz especial: — Este premio tiene el sabor de la escuela cubana de medicina. No es un punto final, es un estímulo para seguir. Y seguirá dice, desde donde la necesiten. —Donde haya una madre y un hijo que proteger, ahí estaré, con lo que sé y con lo que soy, representando a mi país sin decirlo todo el tiempo, sino haciéndolo cada día.

Fuera del hospital, Zaily se quita la bata y se convierte en esa mujer que ama las plantas. En Camagüey en el reparto La Vigía, tiene un patio lleno de helechos que ella considera el pulmón del barrio. 

Disfruta cocinar, meditar y guarda un espacio sagrado para el café y el silencio. —El silencio se ha convertido en un lujo que me regalo a mí misma —admite—.

En Cuba su día empieza temprano con café, sigue con el hospital y los pacientes, y al volver a casa, la mesa puesta, su hijo, su esposo, y su ritual de regar las plantas. En Argelia la rutina es distinta. El café la insta a buscar el silencio que al final de la jornada sabe un poco a nostalgia, a la videollamada familiar que aguarda y a la ausencia de sus helechos.

Afuera en Barika ya el atardecer colorea de ocre. Zaily toma su taza y cierra los ojos. Repasa mentalmente su lista de pacientes, busca alguna planta que cuidar y un espacio para meditar, y por un segundo el desierto se vuelve menos árido. Mañana su voz dará tranquilidad a otra madre, a otro hijo. Y mientras tanto, el silencio, por fin, es suyo. 

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