sábado, 25 de julio de 2026

Crónicas de linaje, memoria y espiritualidad en Cuba: La hija del médium


Por Marilys Zayas Shuman

Imagenes creadas digitalmente mediante IA, basada en guion visual de la autora.

Carmen Agramonte habla como quien ha cargado una historia demasiado grande para una sola vida. No es solo la hija menor de seis hermanos, ni la heredera de un linaje espiritista: es la depositaria de una memoria que atraviesa la esclavitud, la guerra de independencia y la fundación de una de las escuelas espirituales más singulares de Cuba. Su relato es un mapa de la nación, contado desde la cocina, la finca, la consulta y el trance.

“Yo soy la hija menor de seis hermanos. Somos de Oriente. Nací en Santiago del Cuba, en San Luis”, dice, y desde esa primera frase se abre un mundo donde la historia oficial nunca llegó, pero donde la historia real siempre estuvo viva.

La bisabuela que hacía pactos para los mambises  

Antes de Claudio, antes del espiritismo científico, antes de La Habana, está la bisabuela. Una mujer esclavizada que, sin embargo, poseía una facultad espiritual que la convirtió en aliada de los mambises.

“Ella tenía la facultad de hacer pactos… daba su servicio a las tropas mambisas.” y al escucharla la escena es poderosa: una mujer negra, partera, pactadora, caminando entre campamentos de la manigua, asistiendo a la madre de los Maceo, colaborando con las tropas. 

Una mujer que vivió 113 años y murió como veterana de la guerra de independencia. En esa línea —negra, espiritual, mambisa— se funda la historia de Carmen. Y también la de Claudio Agramonte, su padre.

El niño que veía hombres en la puerta


Claudio nació en San Luis, Santiago de Cuba, hijo de una mujer católica, como tantas mulatas educadas en la moral colonial, que no aceptaba la visión espiritual del niño. Al hablar de su padre, Carmen recuerda alguna de las anécdotas que le contara su padre: 

“Mamá, ahí hay un hombre parado en la puerta que dice que quiere hablar contigo.”, y la respuesta: “Esas son cosas del demonio.”

La infancia de Claudio es la historia de un niño que ve lo que otros no ven, que entra en trance sin querer, que canta con el Trío Matamoros y despierta rodeado de gente esperando consultas. Un niño que huye de su propio don.

Al escucharla sientes que desandas a su lado una historia que cuenta con orgullo, la historia de su familia, y revela episodios de la vida de su padre que parecen sacados de una novela espiritual cubana: “Estaba de lo más contento cantando… y cuando se despertaba estaba consultando.”

“La mediumnidad lo perseguía... Hasta que un veterano de la guerra lo llevó a casa de Juana Bandera —familia de Quintín Bandera— donde una mujer espiritista lo santiguó y le dijo: Tú lo que tienes es una misión.” Ahí comenzó todo.

La ausencia de la madre


La historia de Rosa y Claudio no es una historia simple. Es una relación marcada por la juventud, la pobreza, la espiritualidad y las tensiones de una época donde el amor convivía con la enfermedad y la incomprensión. Carmen lo cuenta como quien ha aprendido a mirar el pasado con la serenidad de los años.

Rosa Pereira era una joven india de San Luis, “muy bonita, que todos los hombres querían por esposa”, recuerda. Claudio, por su parte, era un muchacho alto, tímido, trabajador, que empezaba a entender su misión espiritual. 

Se conocieron en casa de Juana Bandera, un espacio donde la gente acudía buscando alivio para sus problemas espirituales. Allí, entre consultas, baños de santiguo y conversaciones largas, nació una relación que mezclaba cariño, necesidad y destino.

Claudio se enamoró de Rosa con la intensidad de quien encuentra un refugio en medio del caos espiritual que vivía. Rosa también buscó en él una estabilidad que la vida no le había dado. Pero eran jóvenes, pobres, y cargaban historias familiares complejas. 

Él trabajaba como tabaquero para sostener a su madre y a sus hermanos; ella venía de una familia atravesada por la pérdida y la precariedad. Aun así, decidieron formar una familia.

La relación tuvo momentos de ternura y de cuidado. Claudio era un hombre respetuoso, consciente de su responsabilidad, y Rosa encontraba en él un compañero que la protegía. Pero también hubo silencios, temores y decisiones difíciles. 

Rosa, presionada por la pobreza y por la idea de que no podía tener otro hijo en ese momento, tomó sola una decisión que marcó su vida: ocultó un embarazo y trató de interrumpirlo sin decirle nada a Claudio. No fue un acto de maldad, sino de desesperación.

El cuerpo reaccionó con violencia. La mente también. Rosa perdió la razón, tuvo episodios de agresividad y terminó ingresada. Claudio hizo lo que pudo: buscó médicos, pidió ayuda, trató de sostener a la familia. Pero la época era dura, y la salud mental de las mujeres pobres no tenía espacio ni comprensión. Claudio la cuidó mientras pudo y cargó con la responsabilidad de criar solo a seis hijos.  

La educación ética del medium


Claudio no golpeaba. No gritaba. No castigaba con violencia. Su forma de educar era otra: una pedagogía de la conciencia, del pensamiento, del peso moral de los actos. En su casa, la corrección no se imponía con la mano, sino con la palabra.

Carmen lo recuerda con una claridad que todavía la conmueve: “Traigan una libreta y un lápiz… escriba ahí qué usted hizo.” Ese gesto, repetido una y otra vez, era más que un método: era un ritual de reflexión. 

La niña inquieta que rompía vestidos nuevos, desarmaba pianos para ver cómo sonaban por dentro y corría libre por la finca, aprendió a detenerse. A pensar. A mirar sus actos desde afuera. A entender que cada travesura tenía consecuencias para una familia que trabajaba duro para sostenerla.

Claudio no buscaba humillar ni imponer miedo. Buscaba que sus hijos e hijas comprendieran el valor del esfuerzo colectivo. Les enseñaba que la conducta era una responsabilidad espiritual, que cada acción quedaba registrada en la memoria moral de la vida.

Carmen lo resume sin solemnidad, pero con respeto: “era una pedagogía espiritista, una ética doméstica donde la disciplina nacía del diálogo, de la introspección y del respeto por el trabajo ajeno.” 

“En vez de castigos físicos, había conversación. En vez de gritos, había preguntas. En vez de miedo, había conciencia.” Y en ese ambiente, Carmen aprendió a cuidarse, a cuidar lo que tenía, a valorar el sacrificio de sus hermanos y a entender que la espiritualidad también se expresa en la manera en que uno vive, actúa y convive.

La Luz del Sol: el centro que cambió sus vidas


La fundación de la Sociedad Luz del Sol marcó un antes y un después en la vida de Claudio Agramonte y de toda su familia. No fue solo la creación de un espacio espiritista: fue la construcción de una comunidad, un refugio, una institución que dio sentido, estructura y propósito a una vida marcada por la pobreza, la discriminación y la mediumnidad espontánea.

Según cuenta Carmen todo comenzó en Santiago, cuando el espíritu José de Luz —el guia principal de su padre— le indicó que debía organizar un centro para atender a la gente y enseñar la doctrina.

Claudio no tenía dinero, ni local, ni recursos. Pero tenía la misión. Carmen lo recuerda con precisión: “Coja dos o tres mediums… haga una fila…” El espíritu le dictó un método simple: una mesa, unos centavos, una fila de personas.

Cada quien aportaba lo que podía, y si no estaba de acuerdo con el mensaje recibido, se le devolvía el dinero. Nadie pidió devolución. La confianza fue inmediata.

Con esos centavos —y con la ayuda de quienes reconocieron en Claudio un médium serio, honesto y disciplinado— se levantó la Sociedad Luz del Sol. Primero fue un cuarto, luego una sala, después una edificación completa en la calle Rosado (hoy Agramonte). 

La comunidad espiritista de Santiago se organizó alrededor de ese espacio, que pronto se convirtió en un centro de consulta, estudio y formación.

Para la familia, la sociedad fue más que un lugar de trabajo espiritual: fue un sostén material y emocional. Allí Claudio encontró estabilidad, respeto y un propósito claro. Allí sus hijos crecieron viendo a su padre trabajar sin cobrar, guiado por espíritus que insistían en que la mediumnidad debía ser un servicio, no un negocio. Allí aprendieron disciplina, responsabilidad y una ética que los acompañaría toda la vida.

La Sociedad Luz del Sol también transformó la vida de Carmen. Aunque era una niña, recuerda el movimiento constante de personas, las consultas, las reuniones, los sábados de caridad, la presencia de médicos espiritistas y la sensación de que su casa —y su familia— formaban parte de algo más grande que ellos mismos. 

La sociedad fue el primer espacio donde la familia Agramonte dejó de ser solo una familia pobre para convertirse en una referencia espiritual en Oriente.

Con el tiempo, la sociedad se convirtió en un punto de partida: desde allí Claudio fue delegado de la Confederación Espírita de Oriente, escribió sus primeros textos doctrinales y consolidó una escuela que más tarde se expandiría a La Habana. La Luz del Sol no solo cambió la vida de la familia: cambió la historia del espiritismo científico en Cuba.

La Habana: racismo y revelaciones


La llegada a La Habana no fue un viaje: fue un golpe. La familia Agramonte aterrizó en una ciudad donde la pobreza se veía distinto y donde el color de la piel decidía quién podía alquilar un cuarto y quién no. Carmen lo resume con una frase que todavía duele:“Aquí no le alquilamos la ni un cuarto a ningún negro.”

Claudio llegó con dos de sus hijos mayores, sin dinero, sin contactos y sin más respaldo que su misión espiritual. Pasaron días durmiendo en parques, limpiando zapatos, buscando trabajo donde fuera posible. La ciudad era hostil, pero también impredecible: en medio de esa precariedad ocurrió una de las revelaciones que cambiarían su destino.

Cuenta que una señora blanca —una desconocida— entró en trance y recibió un espíritu que le dijo que ayudara a Claudio. No era una metáfora ni un gesto de caridad: era una instrucción espiritual.

Ella lo buscó, lo llevó a su casa y le consiguió un pasillo en la calle Oquendo, donde pudo vivir con sus hijos. Para alquilarlo, la señora tuvo que firmar como si fuera ella quien residía allí, porque los propietarios no aceptaban negros.

La familia entró sin muebles, sin colchones, sin nada. Dormían en el piso. Cocinaban con lo que podían. Carmen llegó a La Habana a los cinco años, tomada de la mano de su abuelo, sin saber que aquel hombre que la esperaba era su padre. La ciudad era grande, desconocida, pero la casa —aunque mínima— era un refugio.

Ese pasillo fue el primer lugar donde la familia pudo respirar. Allí comenzaron a reorganizarse, a trabajar, a estudiar, a sostenerse unos a otros. Y allí también se manifestó otro espíritu, Francisco Alava, que le dijo a Claudio que se encargaría de la manutención de la casa. 

Carmen lo cuenta sin dramatismo, como quien ha visto demasiadas cosas para sorprenderse: los espíritus indicaban cuándo llegaría comida, quién debía traer dinero, qué persona aparecería con un par de zapatos para los niños. La pobreza seguía, pero ya no era abandono: era acompañamiento.

La Habana fue dura, pero también fue el lugar donde la familia Agramonte comenzó a levantarse. Donde los hijos mayores encontraron trabajo. Donde Claudio empezó a ser reconocido como médium serio. Donde la comunidad espiritista lo acogió. 

Terminó siendo el escenario donde la misión espiritual de Claudio tomó forma. Y donde Carmen, sin saberlo, comenzó a crecer dentro de una historia que la marcaría para siempre.

La casa grande de Miramar

La llegada a Miramar fue un salto inesperado en la vida de la familia Agramonte. Después de años de mudanzas forzadas, pasillos estrechos y colchones ausentes, los espíritus anunciaron que era tiempo de un cambio. 

Carmen lo recuerda con una frase que le dijeron a su padre: “Usted no va a cobrar absolutamente nada… nosotros vamos a sostener la comida, la ropa, la actividad.”

Para Claudio, aquello no era una promesa simbólica: era una instrucción espiritual. Y así ocurrió. Los espíritus guiaron cada paso, cada mudanza, cada oportunidad. Los hijos mayores, conscientes de la misión de su padre, asumieron el compromiso de trabajar para que él nunca tuviera que cobrar por su mediumnidad. Era un pacto ético y familiar: la espiritualidad no se vendía.

La casa de Miramar —amplia, luminosa, con varios cuartos y un patio generoso— se convirtió en el centro de la vida espiritista de la familia. Allí Claudio encontró un lugar donde podía trabajar sin interrupciones, donde los espíritus podían manifestarse con tranquilidad, donde la comunidad podía reunirse sin miedo ni estrechez.

Cada cuarto se transformó en una consulta. Cada sábado se organizaba una labor de caridad. Cada semana llegaban personas de distintos barrios buscando alivio, orientación o diagnóstico. La casa era un consultorio, una escuela, un templo y un hogar.

Fue en Miramar donde Claudio escribió sus folletos y libros, dictados por los espíritus con una urgencia que Carmen recuerda bien. Allí se reunieron redactores, médicos espiritistas, colaboradores y discípulos que ayudaron a poner en papel lo que él recibía en trance. Allí se formaron generaciones de médiums y médicos espirituales que aprendieron a diagnosticar por la letra, por la energía, por la vibración del cuerpo.

La casa era un laboratorio doctrinal: un espacio donde la medicina psicosomática espiritista tomó forma, donde se estudiaron casos, donde se debatieron ideas, donde se construyó una escuela.

Para la familia, Miramar fue también un lugar de estabilidad emocional. Carmen, que había crecido entre mudanzas y ausencias, encontró allí un hogar con estructura, con rutinas, con espacios definidos. Sus hermanos trabajaban, estudiaban, aportaban. La casa grande permitió que cada uno encontrara su lugar, que la familia se organizara, que la misión de Claudio se sostuviera sin sacrificar la vida cotidiana.

Miramar fue, en palabras de Carmen, “el tiempo en que todo empezó a tener sentido”.

La familia profesional


A pesar de la pobreza inicial, del racismo que les cerró puertas y de la enfermedad que marcó a su madre, los hijos de Claudio Agramonte se formaron como profesionales. No fue casualidad: fue el resultado directo de la disciplina moral que él imponía y del compromiso colectivo de la familia. 

Carmen lo resume con orgullo: “Mis hermanos dijeron: papá, como los espíritus no quieren que tú cobres, nosotros vamos a trabajar para que tú no tengas que cobrar nunca nada.”  

Ese pacto familiar permitió que los mayores estudiaran y sostuvieran la casa. Se hicieron Abogados, enfermera, médicos, la hermana mayor, se convirtió en costurera de alta costura, formada por la familia Fernández en La Habana. Otros hermanos siguieron caminos técnicos y administrativos, y Carmen misma se formó en medicina, integrando diagnóstico clínico con lectura espiritual.

La familia que llegó a La Habana sin colchones terminó siendo una familia de profesionales, sostenida por trabajo, estudio y una ética espiritual que funcionaba como columna vertebral.

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