Por Marilys Zayas ShumanEl lupus eritematoso sistémico es una enfermedad autoinmune que afecta a millones de personas en el mundo. La Lupus Foundation of America estima que al menos cinco millones conviven con algún tipo de lupus, y que la gran mayoría son mujeres en edad reproductiva, entre los 15 y los 44 años.
En América Latina, los estudios epidemiológicos muestran que la prevalencia es similar a la de otras regiones, aunque con particularidades: se ha observado mayor severidad en mujeres jóvenes y una frecuencia más alta de complicaciones renales en comparación con Europa o Estados Unidos. En Cuba, investigaciones realizadas en hospitales docentes han confirmado que la mayoría de quienes viven con lupus son mujeres y que los síntomas más comunes incluyen fatiga, dolor articular y manifestaciones cutáneas.
Más allá de las cifras, el lupus es una experiencia que toca el cuerpo y las emociones. Quien convive con esta enfermedad sabe que no se trata solo de dolor físico o brotes inflamatorios. Es también la incertidumbre de no saber cómo amanecerá el cuerpo, la frustración de sentir que las fuerzas no alcanzan, el miedo a un futuro incierto. La psicóloga clínica madrileña, Adriana López lo resume en una de sus redes dedicadas a la atención de pacientes con Lupus: “Vivir con lupus es levantarse cada día sin saber cómo responderá el cuerpo”. Esa incertidumbre genera ansiedad, tristeza y, en ocasiones, enojo. No son signos de debilidad, sino parte del proceso de adaptación a una condición que exige resiliencia diaria.