Por Dailene Dovale de la Cruz
Entre sus manitas de niño, mi barriga de nueve meses de embarazo luce enorme. Descomunal. “Hola, Fabio David. Te quiero”, dice mi sobrino y deja un pequeño beso sobre mi ombligo.
Cada noche antes de dormir, hablo con ese futuro chiquillo, ese nené en formación que se alimenta de mí y a la par obliga a la esperanza. Le cuento de la larga lista de personas que esperan su arribo: la mamá, el papá, la abuela de Zapote y la de Cienfuegos, los abuelos, el primito, las amigas, los amigos, los compañeros de trabajo, los vecinos.
Fabio David no rebasaba el primer trimestre y ya había muchas manos para crear, organizar y sentirlo suyo. El bebé del pueblo será mi hijo, digo, parte en broma y otra en serio, por la cantidad de personas que se han acercado para brindar su ayuda, para construirle un pedacito de futuro que, en medio de la oscuridad circundante, le alumbre esa primera etapa, tan frágil, de recién nacido, que se estrena en el mundo, y yo también, pero como mamá.




