Por Marilys Zayas Shuman
En América Latina, la desigualdad no solo se expresa en los ingresos o en el acceso al empleo. También se expresa en el tiempo. Un tiempo que no se paga, que no se reconoce y que, sin embargo, sostiene la vida cotidiana de millones de hogares.
Según el Anuario Estadístico de América Latina y el Caribe 2025, las mujeres dedican 18,6% de su tiempo diario al cuidado no remunerado, mientras que los hombres apenas destinan 9,2%. Esa diferencia, que parece una cifra más, es en realidad la raíz de muchas otras desigualdades. El tiempo que las mujeres entregan al cuidado es tiempo que no pueden invertir en estudiar, trabajar, descansar o decidir. Es un tiempo que condiciona su autonomía económica desde el inicio.
Esa desigualdad en el uso del tiempo se traslada al mercado laboral. Aunque las tasas de informalidad parezcan similares —50,5% en mujeres y 52,0% en hombres—, la experiencia no lo es. El Anuario muestra que las mujeres se concentran en los sectores de menor productividad, donde los ingresos son más bajos y la protección laboral es casi inexistente. La informalidad femenina no es un accidente estadístico: es la consecuencia directa de un sistema que asigna a las mujeres la responsabilidad del cuidado y luego las penaliza por cumplirla.




