Por Marilys Zayas Shuman
Foto: Ezequiel Luque
El bloqueo contra Cuba no es una abstracción diplomática ni una cifra en un informe. Es un cerco que se siente en la piel, en los hospitales, en las cocinas, en las aulas. Es un mecanismo de asfixia que busca quebrar la vida cotidiana, pero que se encuentra con un pueblo que se organiza, que resiste y que transforma la adversidad en fuerza.
El Estado cubano despliega estrategias colectivas: hospitales que priorizan áreas críticas con plantas eléctricas, comunidades que crean huertos medicinales y parcelas de alimentos, universidades que sostienen la investigación científica en condiciones precarias.
Pero la resistencia no se mide solo en estructuras: se mide en personas, en mujeres que cargan sobre sus hombros la doble responsabilidad de sostener la familia y la sociedad.




