Por Marilys Suárez Moreno
Felicia tiene 77 años y, según las estadísticas, se incluye en esa quinta parte de la población cubana, o sea, más de dos millones de personas que denominamos adultos mayores. Pero Felicia, como todo ese universo que muchos llaman despectivamente, viejos, no es un número ni una cifra que englobar, es una mujer que siente y padece y que hasta hace muy poco se consideraba una persona feliz.
Viuda desde hacía algunos años y jubilada del sector de la Salud, su mundo se centraba en ayudar a su hija y a sus dos pequeños nietos.
Los llevaba y traía de la escuela y le ayudaba cuanto podía y sus propias limitaciones le permitían, tratando siempre de ser útil, aún a riesgo de verse relegada. Pero un día su mundo se rompió. Su hija se fue del país.




