Por Lianne Garbey Bicet
La lluvia arrecia sobre el pavimento del Centro de Investigación Langley mientras Katherine Johnson corre. El taconeo de sus zapatos rompe el silencio como si marcara el compás de una carrera contrarreloj. Un kilómetro hasta el baño “para mujeres de color”, luego el mismo trayecto de vuelta. Entre sus brazos protege los expedientes que decidirán el destino de la carrera espacial. Mientras ella recupera el aliento, en la sala de control los hombres de traje y corbata esperan sus cálculos. Allá arriba, un astronauta confía su vida a la precisión de esos números.
La escena, inspirada en hechos reales y recreada magistralmente por la película Hidden Figures (Talentos ocultos, 2016), condensa la metáfora perfecta del trayecto que las mujeres han debido recorrer para ser escuchadas en la ciencia. Por eso, cada 11 de febrero, cuando el mundo celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, pienso en esta secuencia cinematográfica y en lo mucho que todavía nos dice sobre el presente y las pautas a seguir en el futuro.




