Por Aime Sosa Pompa
Señorea el jazz cubano en una tarde-noche de La Habana Vieja, entre palomas que dibujan giros como las pocas nubes y la cercanía de un mar que al norte se vuelve espejo, siempre hermano si trae consigo la paz de las armonías.
Es una sesión jazística a lo cubano, para nosotros que somos pueblo, para los que llevamos el ritmo en la memoria y la piel, con la oportunidad de recordar esas raíces que nos unen para bien con las culturas nacidas allá, en los Estados Unidos.
La Plaza del Convento San Francisco de Asís se vistió con una gran bandera tricolor que ondeaba suelta, enlazándose con los aires libres de quienes ahí estábamos, maravillados, bebiendo ese antídoto gratuito que siempre es la música.




