Por Marilys
Zayas Shuman
El Buen
Vivir no es una teoría distante ni un concepto reservado para la academia.
Es una experiencia que se percibe en lo cotidiano: el anhelo de vivir con
dignidad, de cuidar y ser cuidados, de compartir lo que tenemos y de que
nuestras comunidades florezcan en armonía con la naturaleza.
En Cuba, donde
la vida se sostiene en la solidaridad de los barrios, en la mano extendida de
una vecina y en el esfuerzo de tantas mujeres que cargan múltiples
responsabilidades, el Buen Vivir aparece como un horizonte cercano. No es un
sueño abstracto, sino una invitación a reconocer lo que ya hacemos y a pensarlo
como parte de un proyecto colectivo más amplio.
Los feminismos
latinoamericanos insisten en que el Buen Vivir no se limita a leyes o
políticas: implica transformar la manera en que nos vinculamos con la vida, los
cuerpos y los territorios. En ese camino, Cuba tiene mucho que aportar y
también mucho que aprender.