Por Aime Sosa Pompa
Hace 64 años, un domingo 4 de febrero, más de un millón y medio de personas congregadas en la Plaza de la Revolución José Martí levantaron sus manos aprobando la Segunda Declaración de La Habana.
En sus páginas podía leerse una reafirmación rotunda: Cuba se levantó, Cuba pudo redimirse a sí misma del bastardo tutelaje. Cuba rompió las cadenas que ataban su suerte al imperio opresor, rescató sus riquezas, reivindicó su cultura y desplegó su bandera soberana de Territorio y Pueblo Libre de América.
El texto era parte de un intenso bregar que en los 60 convocó a los pueblos de América Latina y el Caribe a luchar por su verdadera independencia, sin anexarse al Norte revuelto y brutal.
Por iniciativa del líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba (AGNPC) —denominación vigente en aquel momento— ratificó esa Segunda Declaración.
En las semanas subsiguientes, el documento recibió respaldo adicional mediante firmas de residentes en La Habana, así como de ciudadanos de las otras cinco provincias entonces existentes en el territorio nacional.
Estos últimos, imposibilitados de asistir a la concentración, habían accedido a su texto a través de transmisiones radiales o televisivas, o mediante su lectura en los diversos periódicos que circulaban.
Hoy leemos esas palabras con la constancia de que sus postulados son fortalezas de esta gran batalla contra los silencios que ocultan las raíces comunes de esta humanidad. Porque decir que la historia de Cuba es también la historia de América Latina, de Asia, África y Oceanía, es ratificar el tronco común que nos une. Recordar las huellas y herencias de quienes intentaron sobrevivir al capital que sigue rezumando “sangre y fango por todos los poros, desde los pies a la cabeza”, es dar lugar a quienes resistieron y resisten a la explotación despiadada y cruel del imperialismo.
Pero como somos fuertes, nos comprometemos con la verdad: Cuba duele de manera especial a los imperialistas. ¿Qué es lo que se esconde tras el odio yanqui a la Revolución Cubana? Que Cuba no exporta revoluciones, lo que Cuba puede dar a los pueblos y ha dado ya es su ejemplo.
Desde un archipiélago económicamente subdesarrollado, sin recursos financieros ni militares para amenazar ni la seguridad ni la economía de ningún país; mujeres y hombres de varias generaciones, con total soberanía tomaron revolucionariamente el poder y dejaron de ser explotados por los monopolios yanquis y la oligarquía reaccionaria de América. Sí, eso da miedo. Sobre todo, porque esta nación ha hecho realidad viva el disfrute de los derechos humanos al seguir librando a la mujer de la explotación, la incultura, la discriminación y la desigualdad social. Cuba no es parte de una mayoría amaestrada, que conste.
La ancha avenida de la Plaza de la Revolución ya no guarda en sus cimientos los ecos de la intensa ovación que aprobó la Segunda Declaración. Sin embargo, las ideas que escucharon en la voz siempre potente de Fidel, se sostienen en las enseñanzas de la historia. Las alertas no pierden vigencia: no es de revolucionarios sentarse en la puerta de su casa para ver pasar el cadáver del imperialismo.
Hoy, cuando se agitan las entrañas de varios continentes e islas en todo el mundo defendiendo al verde caimán del Caribe; la voz titánica de Cuba sigue elevándose sin debilidad ni miedo, hablando para los pueblos y para la historia, por las masas explotadas de América; por la soberanía y la nacionalización de las empresas extranjeras; por la cultura y el trabajo creador; por la igualdad y la liberación; por la paz, el socialismo, y el porvenir luminoso de la humanidad. Tenemos para dar los bienes salvadores: el simple pan, la cama de un hospital, la medicina que salva, la mano que ayuda.
Somos quienes hacemos andar las ruedas de la historia, estamos con orgullo dentro de una fuerte familia de millones de hermanas y hermanos que padecemos las mismas miserias, albergamos los mismos sentimientos, tenemos el mismo enemigo, soñamos un mismo mejor destino y contamos con la solidaridad de todos los hombres y mujeres honrados del mundo entero.
Como en la Segunda Declaración, decimos una vez más ¡Basta! y andamos hacia nuestra única, verdadera e irrenunciable independencia: la independencia de ¡Patria o Muerte! ¡VENCEREMOS!

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