lunes, 12 de enero de 2026

Soberanía y vida frente al saqueo energético

 


Por Marilys Zayas Shuman

Analizar la política de Estados Unidos hacia Venezuela exige situarse desde una perspectiva feminista y descolonizadora. La defensa de la paz en América Latina se vincula con la protección de cuerpos y territorios frente al extractivismo, y en esa lucha las mujeres, comunidades afrodescendientes e indígenas han estado en la primera línea. Sus resistencias muestran que la disputa por el petróleo no es solo económica, sino también cultural y política. Invisibilizar estas luchas es reproducir las jerarquías patriarcales y racistas que sostienen el modelo extractivista.

En este marco, el intervencionismo de Donald Trump en Venezuela constituye un ejemplo paradigmático de cómo los recursos naturales, en particular el petróleo, se convierten en el eje de las disputas internacionales. Bajo el disfraz de la “restauración democrática”, se desplegaron sanciones y bloqueos que golpearon directamente al pueblo venezolano, mientras se abrían espacios para que corporaciones estadounidenses se apropiaran de las mayores reservas de crudo del planeta.

Las medidas de presión se concentraron en el sector energético, restringiendo la capacidad de comercialización y acceso a divisas del país. Más que debilitar al gobierno de venezolano, estas acciones buscaban reconfigurar el mercado petrolero en favor de Washington.

Este intervencionismo debe leerse en el marco de la geopolítica global y de las continuidades coloniales que atraviesan la política internacional. La presencia de actores como China y Rusia en el mercado petrolero latinoamericano representaba un desafío para Estados Unidos, y Venezuela se convirtió en un terreno de disputa donde se ensayaron mecanismos de presión económica y diplomática con implicaciones regionales.

Más allá de la competencia entre potencias, lo que se reproduce es un patrón histórico de subordinación de América Latina, reducida a proveedora de materias primas y despojada de soberanía bajo el pretexto de una democracia dictada desde afuera.

Frente a ello, resulta imprescindible recordar que América Latina y el Caribe fueron proclamadas como zona de paz en la Declaración de La Habana de la CELAC (2014). Este compromiso colectivo rechaza la intervención extranjera y la militarización de los conflictos, y ofrece un horizonte político que contrasta con las prácticas de Trump hacia Venezuela.

Mientras la política estadounidense reinstala la lógica de la fuerza y del saqueo de recursos, la noción de zona de paz reivindica la soberanía de los pueblos y la posibilidad de construir un modelo alternativo de convivencia internacional basado en cooperación, justicia social y respeto a la diversidad cultural.

La intervención estadounidense en Venezuela es una agresión contra la soberanía, contra la dignidad y contra la posibilidad de construir un futuro emancipador. No se trata de democracia, se trata de control. No se trata de derechos humanos, se trata de barriles de crudo.


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