sábado, 24 de enero de 2026

Cuando las raíces hablan desde un pueblo latinoafricano


Por Aime Sosa Pompa

Imagen: Lauren Olivera

El 24 de enero es uno de esos días en que el planeta entero debería inclinarse para escuchar el pulso ancestral de África y el eco profundo de todas sus hijas y sus hijos dispersos por el mundo. Es el Día Mundial de la Cultura Africana y de los Afrodescendientes, instaurado por la UNESCO en 2019, no como un simple recordatorio, sino como una celebración activa, un reconocimiento a la savia que ha nutrido civilizaciones. También es un acto de justicia histórica, un aplauso vibrante a la inmensa huella africana desde que la humanidad se erigió como soberana y cuna.

En Cuba, esta huella trasciende los rastros, deja a un lado a las fotos bien pixeladas, no es un bembé más ni banderas y colores en los calendarios. Se trata de preguntarnos: ¿cómo honramos lo que nos corre por dentro? ¿Cómo cuidamos lo que nos dieron sin pedirlo, pero que nos sostiene como raíz?.

Debemos reconocer dónde está esa África en nuestro día a día.

Está en los toques que no dejan de sonar buscando bendiciones, en las ceibas que nos llaman desde sus sombras en cualquier parque, en esa palabra justa que solo las ancianas negras del barrio sabían decir, en la fuerza con que nos levantamos siempre. 

En cada una de las personas que con ese eco ancestral, sienten que nombran también a sus abuelas, a las que bailaron en silencio, a las que rezaron con pañuelos en la cabeza, a las que curaron con yerbas y sabiduría traída del otro lado del mar. 

Pervive en la rumba que no es solo música: es historia de tambores y cuerpos. En el son que dejó de ser simple ritmo: es baile contado con gracia y cubanía. Está en las Tumbas Francesas —esas joyas haitiano-cubanas que aún en Oriente—, que no son folklore: son memoria viva de quienes cruzaron el mar con cadenas, pero trajeron la libertad en el canto. 

En Colombia, la marimba del Pacífico guarda los ecos de Angola. En Brasil, la capoeira enseña que la lucha puede ser danza. En Perú, las “Pallitas” cantan con voces que nunca se callaron. En Nueva Orleans, el jazz nació del dolor y se convirtió en alegría universal. Todo eso —desde Tombuctú hasta el Caribe— forma parte de una misma red. Una red tejida con sudor, resistencia y creatividad, que está viva.

Sí, celebrar es hermoso. Pero, el Decenio Internacional para los Afrodescendientes (2015–2024) acaba de terminar. ¿Y qué quedó? ¿Contamos, solo por contar, cuántas personas negras han salido de la pobreza o de los extremos sociales? Si incluimos en las escuelas la historia real —no la edulcorada— de quienes construyeron este país con sus manos y sus dolores, ¿la hemos sabido valorar? ¿En qué espacios cotidianos están las mujeres negras?

Porque ser mujer, negra, cubana, caribeña es cargar con una herencia poderosa. Pero también es enfrentar miradas que te miden, empleos que te niegan, estereotipos que te encasillan. Y aun así, seguimos.  

Cuando hablamos de cultura africana y afrodescendiente, no podemos hacerlo sin nombrarla a ella: la mujer negra que parió naciones enteras con el vientre y con el alma. 

La que cuida, cura, crea, lidera —muchas veces sin título, sin salario, sin reconocimiento— pero nunca sin fuerza. Porque en su cuerpo vive la resistencia más antigua y más viva: la que no se rinde, la que transforma el dolor en arte, la que convierte el olvido en memoria. 

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