Por Bolivia Tamara Cruz Martínez y Lauren Rodríguez Gutiérrez.
El 8 de septiembre de 2003, la Plaza de la Revolución fue escenario de un acto histórico: el inicio del curso escolar nacional, marcado por la entrega a Fidel Castro de un premio de la UNESCO que reconocía la calidad del sistema educativo cubano. En medio de la llamada batalla de ideas, con los programas educativos de la Revolución en plena efervescencia y la formación de los primeros 5 000 profesores generales integrales de secundaria básica, aquel día se convirtió en símbolo de futuro y compromiso.
Entre los jóvenes seleccionados para recibir el reconocimiento estaba una muchacha de 18 años, nerviosa y expectante: Yumisleidy Linares Peralta, oriunda de Camajuaní, Villa Clara. Hoy, con 41 años y una trayectoria consolidada en la dirección provincial de educación, recuerda con emoción el instante que marcó su vida.
Ella había sido seleccionada entre los nueve mejores resultados académicos y fue convocada a La Habana para recibir el diploma habilitante y pronunciar el discurso en nombre de sus compañeros.
“Yo era la primera en recibir el diploma porque debía pronunciar las palabras en nombre de mis compañeros. Estaba firme, casi paralizada, cuando Fidel me miró y me dijo: ¿Y no me vas a abrazar?”, relata. El abrazo fue fuerte, apretado, mezcla de respeto y sorpresa. “Era un gigante, yo tan bajita”, agregó.
Fidel le habló de Villa Clara, de la fuerza de sus cuadros, y le asignó una misión inesperada: transformar la secundaria experimental José Martí en La Habana Vieja. “Me dijo que si el proyecto triunfaba allí, podría extenderse a toda Cuba. Tenía razón. Esa escuela me formó como profesora, como directora, y me enseñó a comprender la complejidad de la educación en cada territorio”.
El recuerdo se llena de detalles: el libro de historia dedicado por Fidel, las postales de año nuevo que llegaban cada primero de enero, la confianza depositada en la juventud. “Me preguntó la edad y me dijo que en los jóvenes se podían depositar grandes tareas. Yo le respondí: confíe en nosotros, que no lo vamos a defraudar”.
La historia de Yumisleidy también guarda un capítulo con Miguel Díaz-Canel, entonces primer secretario del Partido en Villa Clara. Fue él quien, en la captación en el teatro del IPVCE, al ver que nadie daba el paso al frente le pasó un papel: “Si tú das el paso al frente, lograremos captar”. Y ella se levantó, con una frase corta: “Yo me voy para La Habana a cumplir con la tarea que nos está dando la Revolución y el Comandante”.
Más de veinte se unieron a su decisión.
Hoy, al mirar atrás, Yumisleidy reconoce que fue más fuerte la vocación revolucionaria que cualquier otra opción. “De Fidel aprendí el humanismo, la humildad, la preocupación constante por las personas. Aprendí que el futuro se construye con amor y apego a la Revolución”.
El abrazo de aquel septiembre sigue vivo en su memoria, como un símbolo de confianza y compromiso. Un instante que se transmitió en vivo, que su familia vio desde casa, y que ella guarda como un tesoro. Porque más allá de los diplomas y las palabras, fue la certeza de que la juventud podía transformar la escuela y el país.

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