jueves, 10 de septiembre de 2026

Las mujeres deben ir de amarillo




Por Mariacarla de Guadalupe Quincosa Guerra

La salud mental de las mujeres jóvenes en Latinoamérica ha dejado de ser un asunto privado para convertirse en un problema de salud pública y un termómetro de las desigualdades estructurales de la región. 

Este malestar colectivo encuentra un eco especialmente resonante cada septiembre, cuando el mundo se viste de amarillo al detener su mirada en la prevención del suicidio. 

Las cifras adquieren un rostro concreto en Latinoamérica, aunque los suicidios consumados son mayormente de hombres. Son las mujeres jóvenes quienes concretan las tasas más altas de intentos de autolesión y conductas suicidas.

Son ellas las mismas que soportan la doble jornada, la presión estética, la violencia digital y en muchos casos sin redes de apoyo suficientes. 

Mandatos de género y la trampa de la “mujer perfecta”

Los sistemas de sexo-género asignan a las mujeres posiciones especialmente demandantes en el contexto latinoamericano, marcado por la precarización laboral, la familiarización de los cuidados y la coexistencia de mandatos tradicionales e innovadores en torno al género.

Las mujeres jóvenes crecen entre dos exigencias contradictorias: ser exitosas profesionalmente y, al mismo tiempo, cumplir con los roles de cuidado y reproducción.

El marianismo, ese ideal cultural que exige abnegación, pureza y sacrificio, sigue moldeando cómo las mujeres perciben y expresan su malestar psicológico.

Ser "buena mujer" implica no quejarse, no ocupar espacio, no fallar. Cuando el cuerpo o la mente fallan, la culpa recae sobre la propia mujer, no sobre el sistema que la oprime.

Violencia digital: el nuevo campo de batalla

La violencia de género digital es un factor de riesgo significativo para la salud mental de las estudiantes universitarias, especialmente en Cuba, donde ha aumentado la prevalencia del ciberacoso y la difusión no consentida de material íntimo.

Nueve de cada diez usuarias de internet han presenciado violencia digital hacia otras mujeres, y el 40 % de las mujeres ha vivido violencia digital; la mayoría de las niñas sufrieron su primera experiencia de acoso en redes sociales entre los 14 y los 16 años. Esta violencia genera ansiedad, baja autoestima, aislamiento social e inseguridad.

La sobrecarga de cuidados

La carga mental femenina se ha incrementado exponencialmente, generando altos niveles de estrés, ansiedad y agotamiento físico y emocional.

En Cuba, la crisis socioeconómica ha sumado nuevas cargas a las mujeres, tanto las que quedan a cargo de sacar adelante a la familia con más de un trabajo, como para las que se quedan en casa para cuidar de los niños y ancianos con los que viven.

El negocio del malestar

Ante la falta de respuestas estructurales en muchos de los sistemas de América, la medicalización ha funcionado como respuesta rápida.

En Argentina, investigaciones reflejan que las mujeres jóvenes sufrieron de manera diferencial los efectos del aislamiento y la crisis social, y la medicalización apareció como salida fácil.

Un debate en la Facultad de Psicología de Uruguay puso en primer plano los efectos de los psicofármacos en mujeres, infancias y juventudes, y las tensiones entre diagnósticos y mercados. ¿Estamos medicalizando la tristeza, la rabia y el agotamiento que son respuestas normales a contextos anormales?

Investigaciones en Argentina han profundizado en el discurso de mujeres consumidoras de psicofármacos, encontrando que las mujeres jóvenes articulan su malestar en torno a la ansiedad, las de mediana edad en torno al estrés y las mayores en torno a la depresión. 

El diagnóstico y el fármaco varían según la edad, pero el patrón es el mismo: un cuerpo femenino que no logra cumplir con todas las expectativas es un cuerpo que debe ser "corregido".

Este es el dilema central. Por un lado, está la necesidad real de atención farmacológica para quienes la requieren. Por otro, el riesgo de patologizar la vida cotidiana y reducir el malestar a un desequilibrio químico, ignorando que la ansiedad y la depresión son también respuestas a la violencia, la pobreza y la desigualdad.

Las feministas latinoamericanas han planteado el autocuidado como resistencia, los procesos de concientización de las mujeres jóvenes llevan a resignificar el autocuidado como una vía de resistencia individual y colectiva. 

No se trata de rechazar la medicina, sino de no reducir la salud mental a un problema individual que se resuelve con una receta.

Desde una perspectiva de género y derechos, el abordaje de la salud mental de las mujeres jóvenes requiere:

1. Políticas públicas con perspectiva de género e interseccional: que reconozcan que la salud mental no se separa de la violencia, la precariedad y los mandatos de género.

2. Servicios de salud integral, gratuitos y con enfoque intercultural, con especial atención a la salud mental de las juventudes.

3. Educación sexual y emocional integral que desmonte los mandatos de género desde la infancia.

4. Regular la violencia digital y proteger a las mujeres jóvenes del acoso en redes sociales.

5. Fortalecer la atención primaria en salud mental con enfoque comunitario, no solo farmacológico.

No es su culpa

La crisis de salud mental de las mujeres jóvenes latinoamericanas no es un problema individual. Es el síntoma de un sistema que las sobrecarga de expectativas, las expone a violencias, las niega como sujetas de derecho y, cuando ellas se rompen, las medica en lugar de transformar las condiciones que las enferman.

La salud mental de las mujeres no se resuelve solo con ansiolíticos. Se resuelve con justicia, con cuidados compartidos, con educación no sexista y con una sociedad que deje de pedirles que lo tengan todo y empiece a darles lo que merecen; tiempo, espacio, respeto y escucha.

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