Por Aimé Sosa Pompa e Isel Quintana Freyre
La sala del Palacio de Convenciones de La Habana se llenó este lunes de voces múltiples, de acentos diversos, de miradas que venían de todas partes del mundo para decir presente. No era un acto más. Era la prueba viva de que Fidel sigue siendo imán, faro y compromiso.
El I Coloquio Internacional "Fidel: legado y futuro" inició sus sesiones con la presencia del Primer Secretario del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, junto a otros líderes del Partido, el Estado y el Gobierno, como Esteban Lazo Hernández, Manuel Marrero Cruz y Roberto Morales Ojeda. Pero sobre todo, con la energía de unos mil 500 delegados —más de mil extranjeros de 63 naciones— que llenaron el recinto de solidaridad y esperanza.
René González Barrios, director del Centro Fidel Castro Ruz, dio la bienvenida con palabras que resonaron como un abrazo: calificó el encuentro de crucial para la humanidad, en un momento marcado por graves conflictos y amenazas a la paz y la supervivencia del planeta.
Subrayó que la presencia de tantas delegaciones es una muestra de solidaridad con Cuba y un estímulo para continuar defendiendo el proyecto emancipador que Fidel soñó y construyó.
Luego tomó la palabra el Presidente Díaz-Canel y su intervención fue un diálogo íntimo con el pensamiento de Fidel, pero también un llamado urgente a la acción. «No hay revolución sin conocimiento», afirmó, recordando la importancia que el Comandante en Jefe otorgó siempre al estudio, la ciencia y la formación de las nuevas generaciones.
Para Díaz-Canel, la Revolución Cubana nunca fue un experimento aislado, sino parte de una lucha universal por la soberanía, la justicia social y la emancipación de los pueblos.
El mandatario desgranó la concepción estratégica de Fidel en múltiples frentes: defensa, economía, ideología, cultura, solidaridad internacional, ciencia, política exterior.
Insistió en que «toda decisión económica es una decisión política», y subrayó los principios permanentes que Fidel defendió: justicia social, antimperialismo y nacionalismo. También destacó la participación popular y la disciplina como bases de la construcción revolucionaria y la pasión de Fidel por los libros y el conocimiento, bienes espirituales que alimentaron su inmensa cultura.
La vocación internacionalista de la Revolución fue otro de los ejes del discurso. Díaz-Canel recordó la cooperación médica y educativa cubana como expresión concreta de solidaridad y colaboración entre los pueblos. En ese punto, su voz se tornó firme y denunciante: «No es casualidad que en el año del centenario de Fidel hayan arreciado el cerco económico sobre nuestro país».
Calificó el bloqueo no solo como una medida económica, sino como un acto de guerra y un castigo político contra una nación que ha decidido ser libre.
Las carencias, los apagones, la inflación, las colas, dijo, son la muestra de un genocidio silencioso al que se somete al pueblo cubano. Pero aseguró que la patria resistirá y que nadie impedirá que Cuba mantenga prendida la llama de la solidaridad.
«Fidel no nos legó un dogma, nos legó una metodología de trabajo y un ejemplo a seguir. Nuestra resistencia no es pasiva, es creativa», afirmó el Presidente, y convocó a pensar el legado fidelista no como un depósito de citas, sino como una guía viva para superar los desafíos actuales.
Hizo un llamado a los participantes extranjeros a difundir la verdad sobre Cuba en las redes sociales, a profundizar en el pensamiento crítico y a seguir apoyando a la Revolución como respuesta a la agresión imperial.
A lo largo de esta jornada, las mujeres —presentes en las delegaciones, en los foros sectoriales y en la conducción de debates— reafirmaron que el legado de Fidel también es feminista en su esencia más profunda: creyó en la igualdad, en la capacidad de las cubanas para construir patria y en la fuerza transformadora de la participación femenina.
Este coloquio es mucho más que un homenaje. Es la confirmación de que Fidel vive en cada médico que salva vidas en el extranjero, en cada maestra que enseña bajo cualquier circunstancia, en cada joven que se pregunta cómo seguir haciendo Revolución, en cada mujer que lucha sin pedir permiso.
La Habana es en estos días la capital del pensamiento comprometido, y el legado de Fidel, una vez más, demuestra que no se guarda en vitrinas: se multiplica en la acción colectiva y en la esperanza de un mundo mejor.

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