Por Marilys Suárez Moreno
Era domingo de Carnaval y el día de la Santa Ana y los mandamases de la represión en Santiago de Cuba trataban de ofrecer una cara de fiesta y celebraciones en el ámbito carnavalesco de la ciudad.
De pronto se sintieron disparos, ráfagas de ametralladoras. Muchos pensaron que eran fuegos artificiales y cohetes por la festividad. Los más viejos no olvidaran nunca como de pronto las calles se llenaron de carros policiales, persecución y muerte.
La segunda mayor fortaleza militar del país, el Cuartel Moncada había sido asaltado por un grupo de, jóvenes encabezados por un abogado de 27 años nombrado Fidel Castro Ruz.
Un gesto inútil, dijeron unos, porque no significó el triunfo previsto en ese instante. Los más pensaron que aquel era un acto audaz, pero fallido, porque no devino exitoso y hasta hubo quienes pensaron que aquel acto lo protagonizaron un atajo de locos.
Sus autores y una gran mayoría del pueblo lo consideró como un clarín de combate, un llamado a los cubanos a retomar las banderas de Céspedes, Agramonte, Martí, Gómez y Maceo.
Salvar la patria ultrajada fue el paso previo de quienes más tarde desbrozarían la ruta hacia la plena independencia de la nación.
Convencidos ya de la inutilidad de las vías pacificas ya intentada por Fidel antes, mediante un recurso presentado al Tribunal de Urgencia, el 24 de marzo de 1952.
Este y los jóvenes agrupados en un movimiento sin nombre todavía, pero que sería la célula embrionaria de lo que luego se conocería como Movimiento 26 de Julio, tomaron el camino de la lucha armada.
En La Habana, Pinar del Río y Artemisa, hicieron prácticas de tiro y ensayos de operaciones comandos y, a costa de desprendimientos inauditos se hicieron de unas pocas armas, autodefiniéndose como de la Generación del Centenario, para honrar a Martí.
Sucedió igual con el comando que atacó el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo. La represión desatada tras ambos asaltos y que caracterizaría a la dictadura durante el resto de la lucha, fue feroz. Casi todas las bajas de los asaltantes fueron producto del asesinato posterior a los combates o como resultado de las torturas.
En el juicio levantado a Fidel Castro, jefe y organizador del ataque, se fijaron los postulados del programa de transformaciones socioeconómicas, génesis del desarrollo ulterior de la Revolución.
El Moncada no logró su propósito desde el punto de vista militar, pero dotó a Cuba de una nueva vanguardia revolucionaria y puso en práctica una estrategia de lucha que guiaría la nueva etapa que se iniciaba justamente con esa acción. Aprehendidas sus enseñanzas, el legado de sus héroes y mártires permanece.

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