Por Marilys Suárez Moreno
Aquel 26 de julio de 1953 pasó a la historia patria como un acto de rebeldía pletórico de heroísmo y valentía. Un grupo de jóvenes, inspirados en las ideas del Maestro, atacó la segunda fortaleza militar del país: el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba.
No eran ni locos ni ilusos. Perseguían un fin: liberar a Cuba de la dictadura batistiana. Las doctrinas de Martí como legado fue motivo e inspiración para los jóvenes que emprendieron el camino de la lucha armada, dirigidos por Fidel Castro, cuyo centenario de nacimiento conmemoramos este año, quien expresó en su autodefensa ante el tribunal que los juzgó: “Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro, y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos”.
Y allí fueron, tras la huella martiana, justo en el año del Centenario del Apóstol, dispuestos a vencer o morir por transformar los destinos patrios.
Los que fueron al Moncada aquel 26 de julio tuvieron en Fidel Castro, un joven abogado de 27 años, a su inspirador y jefe.
Abel Santamaría, su lugarteniente, contaba 25 años y el resto del Estado Mayor, integrado por José Luis Tassende, Jesús Montané, Ñico López, Renato Guitart y Pedro Miret, eran tan jóvenes como ellos.
El grupo lo componían también Boris Luis Santa Coloma, el poeta Raúl Gómez García y dos heroicas mujeres: Haydeé Santamaría Cuadrado y Melba Rodríguez del Rey. Ambas exigieron su derecho a combatir como los demás. Lo tenían bien ganado por sus acciones conspirativas y así lo comprendió Fidel.
La mayoría derramó su sangre joven allí, confiados en la realización de sus mejores sueños de redención y justicia. Los que sobrevivieron sufrieron cárcel y exilio.
De los nuevos abanderados de la rebeldía, como los calificaría alguien, provendría la muchachada de verde olivo que irrumpió en la Cuba del enero victorioso.
“Podrán vencer mañana o ser vencidos, pero de todas maneras, este Movimiento triunfará. Si vencen mañana será lo que aspiró Martí, sino, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba. El pueblo nos respaldará en Oriente y en toda la Isla, como en el 68 y el 95, aquí en Oriente damos el primer grito de Libertad o Muerte”.
Así dijo Fidel a sus compañeros en la granjita Siboney, horas antes de enrumbar hacia el Moncada. Los que cayeron señalaron el deber y encendieron en las almas el aliento inextinguible de seguir adelante, renaciendo en las nuevas generaciones.
Tendría razón Fidel. El Moncada seria el punto de partida, el valor de una doctrina y la fuerza de las ideas martianas en la Generación del Centenario, como se dieron en llamar. La historia los reconoce.

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