jueves, 19 de junio de 2025

Palacios de cartón


Pese a que no existen cifras públicas actualizadas son varias mujeres en situación de discapacidad las que se encuentran en situación de calle. Magda, quien solía rondar por las calles de 10 de octubre, era una de ellas.

Por Zucely de Armas Almarales

Cada día, al girar la calle rumbo a mi casa, la veía de nuevo. Permanecía en su silla de ruedas, las manos huesudas extendidas pidiendo algo, la misma expresión de socorro en sus ojos. Cada día tropezaba con esa mujer que pedía en una esquina de la calzada 10 de Octubre. Con su fe intacta.

A veces le daba algo de comida, pero otras veces nada, no me quedaba más remedio que seguir. Aceleraba el paso con el rostro inclinado hacia abajo, evitando a toda costa que nuestras miradas se cruzaran. Ella creía que no la escuchaba; se equivocaba, una puede cerrar los ojos, pero no los oídos.

Nadie en el barrio sabía su nombre real apenas se le conocía, pero cada vez era más “normal” verla por ahí. Magda, como la llamaban los vecinos acostumbrados a su presencia, era una de las personas con discapacidad y sin hogar que andan por las calles.

Durante el Censo de Población y Viviendas de 2012 se registraron 1 108 personas viviendo en las calles: 958 eran hombres y 150 mujeres; 641 tenían entre 16 y 59 años de edad, y 467, de 60 y más años. No existen cifras exactas recientes sobre cuántas mujeres con discapacidad viven en las calles.

Magda tenía alrededor de 40 años la última vez que la vi, aunque el tiempo en las calles le había sumado más años a su rostro. Fue el 15 de diciembre de 2024, en el municipio 10 de Octubre, en La Habana. La única luz en la cuadra venía de una bombilla medio fundida. Aquel día apareció, como casi siempre, después de las 6 de la tarde. Parecía una sombra furtiva.

Maniobraba la silla de ruedas con agilidad, como un baile que sabía de memoria. El cabello despeinado se movía cada vez que ella tocaba su cabeza. Su rostro sonreía mostrando las arrugas, secuelas de la soledad y el tiempo. Intentaba recordar el momento preciso en el que no le quedó de otra que pedir monedas en una esquina. Contaba que pasaba las noches en algún rincón del parque Asunción o cerca del CUPET de Porvenir.

Se alimentaba con lo que encontraba o con los alimentos que le ofrecían en una pequeña institución religiosa del centro de La Habana. Para llegar hasta allí, salía temprano en su silla de ruedas, atravesando varias cuadras, a veces ayudada por algún transeúnte, otras veces no lograba llegar a su destino. Se mantenía algo limpia gracias a la ayuda ofrecida, de vez en cuando, por los vecinos.

Magda era profesora, repetía a todos los que quisieran escucharla. Su memoria fallaba y nunca logró recordar el día exacto, pero sabía muy bien cómo llegó a habitar las calles. Su vida cambió en el 2021; un día recibió un mensaje, una disculpa, una despedida. Su hijo, se había ido sin avisar; así como se van quienes no quieren ser encontrados. Posteriormente, unos extraños llegaron a sacarla de su casa, no les importó que estuviera en silla de ruedas; su “chiquito”, como lo llamaba, había vendido su hogar.

Desde entonces, Magda era inquilina de aquellas calles. A veces, se convertía en fantasma y era posible encontrarla por otros parques, por otras calles. Casi siempre cargaba la misma expresión en su rostro, como perdida en el tiempo. Otras veces, al menos, tenía una compañía con la cual hablar.

Magda me decía que lo complicado llegaba cuando caía el sol. Porque la noche, contaba, no era fácil de habitar con tranquilidad. La luna solía encontrarla con la mirada perdida, en una de esas esquinas en las cuales, a golpe de obligación, convirtió en su hogar.

Magda se quedó ahí la última vez que la vi, en la incertidumbre del mañana. Dicen los vecinos que no se la han vuelto a topar, que ya no pasa por ahí. Y yo, después de unos meses sigo con una tormenta dentro de mí. Provocada, tal vez, por su ausencia, por aquel relato intenso o por ese privilegio de ver llover desde el confort de una casa y no desde palacios de cartón.

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