jueves, 19 de junio de 2025

Historias con píxeles



Por Aime Sosa Pompa

La vida da oportunidades como estas que intento pixelar hoy. Apuntar con un celular a un objetivo, cercano o distante, es casi ya como la tercera y obligatoria acción de cada día. Pero conseguir de esas imágenes algunas historias cotidianas, es difícil. Cada una de estas instantáneas, ninguna tomada desde el primer intento, tienen una enseñanza, quizás particular, que quiero compartir hoy. Porque sé que mañana pueden repetirse en cualquier pantalla de la geografía humana. Fueron tomadas en La Habana, Cuba, mientras caminaba en busca de un techo seguro, y a mi lado, las crónicas de otros sobrevivientes gritaban por atención. Estas fueron las que más me atraparon, sin esas compasiones lastimosas, pero sí con el sentido de que lo humano nunca es ajeno.


Desde lejos lo veo sentado en la esquina del puente Almendares. Y también desde lejos se le ve diferente. Algo en su pelo, en el mover de sus brazos, o en las voces que le rodean al pasar; me enciende un bombillo de alerta. Parece el título de un cuento: “El loco en la entrada de un puente”. ¿Por qué está ahí? ¿Y si intenta tocarme o quitarme algo? ¿Por qué esas personas no le huyen? Todo sucede muy rápido, nadie cruza un puente al mediodía con un sol implacable con la calma de una tortuga. Aunque él sí está sentado en el medio de una diana soleada. Y entonces, percibo lo que menos esperaba. Una familia se detiene frente a él, y alzando sus manos de un cartucho improvisado, les regala a todos, a todos, una flor. No lo puedo creer y sigo caminando a su encuentro. Dejo pasar a la madre con dos niñas y el padre, quienes murmuran agradecidos por el gesto y siguen con las flores en las manos, sin ánimos de espantarlas. Yo adelanto el paso ya más apurada, quiero ver qué pasa conmigo. Ya a su lado, me regala literalmente una sonrisa con pocos dientes, y en su mano la flor que me alumbra el día. No escucho sus palabras en buen español porque estoy asombrada y mi “gracias” suena a disculpa. Avanzo ahora un poco más despacio, porque mi flor me está gritando esperanzada: “¡nada es lo que parece bajo la luz del sol!”



Un día la vi florecer. Semanas después la vi con pocos frutos. Al mes ya estaban casi listos. Al poco tiempo, en uno de esos avances por esa acera que me daba la única sombra del tramo, me di cuenta de que la habían sacudido como si una mano de gigante la quisiera despertar de su aparente letargo. Y en el suelo, cerca de mis pasos, estaba el mango.iMango grande!, con semilla habanera de dos colores, olorosa pulpa, se antojaba dulce. “No debes recoger nada del piso”, siempre me aconsejaba mi abuela Lupe. Pero esta vez fue más la tentación, ¡claro que lo deseaba! Y fue a parar a mis resguardos. Horas después, lo comí con esa espontánea voracidad de una niña que recordaba sus mangos bizcochuelos recogidos del patio. Me fue grato, solo me faltó sembrar la semilla. Hoy lo lamento. Acabo de pasar por la misma acera. El gigante volvió a visitar esa casa grande pintada toda de blanco que parece un castillito, imagino, custodiando a gente que se creen reyes, no sé si con príncipes y princesas. Esta vez la sacudida fue mortal. Ya no hay mata, ni siquiera raíces. Una máquina enorme aseguró la mordida. La desterraron a la basura. Arrancada de cuajo, con mangos sobrevivientes en sus ramas. ¿Acaso molestaba su sombra que tanto nos beneficiaba? ¿Acaso sus frutas atraían mucho al viento y a los paladares con sed tropical? Me detengo ante sus restos, conecto mi modo luctuoso, digo mi adiós al árbol que paría esos mangos tan ricos y le pido al sol que castigue sin clemencia al gigante que se portó tan mal con la paciencia de la naturaleza.



Llegaron en un silencio que parecía cómplice. Dos personas con sus pasos tranquilos y una tercera que los guiaba con mucha precisión, a pesar de la hervidura del sol y de la falta de sombra en aquel lugar, con una parada muy conocida, la del Parque Curita. Somos pocos, después de las 4 de la tarde solo valientes se atreven a bordar los hilos calientes de la esperanza. La madre parece estar cercada por cuatro brazos protectores, el padre se nota más seguro y con respiración de gigante, el hijo es simplemente bello, un adolescente espigado con un lunar atractivo que merece atención. Nadie se asombra, solo mis ojos. Mamá y papá personas sordociegas, ambos con bastones. Desde que iban por la esquina me fijé en ese trío inusual para mis asombros. Se dejaban guiar ambos con las manos en cada hombro, y el muchacho sonriente sostenía su esperanza al frente. Nunca había presenciado esa seguridad ni ese amor entre pares. Conversaban muy bajo, con la delicadeza de las buenas virtudes que parecían invisibles. Y de vez en cuando, el niño agradecido, les daba un beso en la frente a la madre, un abrazo protector al padre. ¿Por qué debo asombrarme de tanto amor agradecido? ¿Es que no se lucha a gritos por tales esperanzas? Les robo una foto a esas seguridades calzadas de amor y me alejo para que les lleguen los sueños que le ganan sorpresas a la vida.

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