Por Damaris Hernández Marí
Foto: Cortesía de la entrevistada
La reconocieron por la voz, no por la bata blanca ni el gorro quirúrgico, ni por el nombre bordado en su uniforme. Iba en un medio de transporte en Cuba cuando un hombre de unos sesenta años le dijo: —Doctora, esa voz me da tranquilidad.
Usted fue la que me durmió y me despertó sonriendo. Ella quedó sorprendida. Él la había identificado por el timbre de la voz, por esa cadencia que marca la diferencia en un salón de operaciones. —Voy a llamar a mi esposa para contarle que la he visto. Y en ese instante, Zaily Fuentes Díaz comprendió lo que siempre había sospechado: un anestesiólogo no solo administra medicamentos.
Deja una huella en cada palabra de aliento, en la tranquilidad que transmite en su voz en el segundo en que el paciente se siente más vulnerable.




