Por Marilys Suárez Moreno
No son pocos los padres y las madres que piensan que, mientras los hijos e hijas son pequeños, su única tarea es mimarlos y complacerlos, y aplazan su necesaria educación para más adelante. ¿Resultado? Dentro de unos años empezarán a quejarse de que estos no responden como esperan a su cariño y desvelos, les causan disgustos y se muestran díscolos y groseros.
Quienes así actúan olvidan que los buenos sentimientos germinan en la cuna y se desarrollan durante la infancia, según los rasgos individuales de cada infante. No se puede lograr que un niño o una niña sea bueno y se porte bien repitiéndoselo como un loro; es preciso que sienta la necesidad de hacer el bien, de ayudar al prójimo y de comportarse educadamente. Una frase cortés, la ayuda a una persona desvalida, compartir la merienda con otro escolar: son acciones que contribuyen a que experimente regocijo y felicidad.




