Por Marilys Suárez Moreno
No son pocos los padres y las madres que piensan que, mientras los hijos e hijas son pequeños, su única tarea es mimarlos y complacerlos, y aplazan su necesaria educación para más adelante. ¿Resultado? Dentro de unos años empezarán a quejarse de que estos no responden como esperan a su cariño y desvelos, les causan disgustos y se muestran díscolos y groseros.
Quienes así actúan olvidan que los buenos sentimientos germinan en la cuna y se desarrollan durante la infancia, según los rasgos individuales de cada infante. No se puede lograr que un niño o una niña sea bueno y se porte bien repitiéndoselo como un loro; es preciso que sienta la necesidad de hacer el bien, de ayudar al prójimo y de comportarse educadamente. Una frase cortés, la ayuda a una persona desvalida, compartir la merienda con otro escolar: son acciones que contribuyen a que experimente regocijo y felicidad.
Como siempre decimos, la educación arranca en la familia y se perpetúa en la escuela. Y mientras más temprano se despierte esa sensibilidad hacia lo que enaltece al ser humano, mayores serán las posibilidades de hacer de nuestra descendencia personas de bien.
Las actitudes individualistas, que ponen el interés personal por encima de la propia dignidad y en detrimento de tantos valores imperecederos, forman parte del nocivo panorama de indisciplina social que hoy padecemos. Es cierto que el contexto cotidiano influye en los más pequeños, quienes —consciente o inconscientemente— se comportan según las normas de convivencia observadas y aprendidas dentro y fuera del hogar. De ahí que los valores dirigidos a resguardar una conducta determinada puedan fijarse y consolidarse como nuevos hábitos.
Para que la niña o el niño incorpore esa herencia fabulosa que conduce a la formación de ciudadanos dotados de los más elementales principios de civismo y decencia, resulta primordial crecer en un ambiente tutelado por las buenas costumbres y la responsabilidad de los padres y de toda la familia. Solo así podrán hacer aquello que se les pide, aprendiendo a despojarse de posturas egoístas y a hacerse más nobles y justos.
Si no se procede a tiempo, puede desencadenarse una conducta que haga del embuste y la falsía un vicio, lo cual en el futuro puede degenerar en algo más peligroso.
A todos nos toca elegir el camino que seguimos, pero no es alentando conductas egoístas e irresponsables en nuestros hijos e hijas como se logra su bienestar, sino educándolos en la modestia, la responsabilidad, el civismo y la bondad que les permitirán ser verdaderamente felices.

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