Por Lianne Garbey Bicet
En las calles heladas de Berlín, el 15 de enero de 1919, una bala silenció para siempre la voz de Rosa Luxemburgo. Tenía 48 años y fue víctima de un vil asesinato donde fue golpeada y violada, para finalmente ser arrojada al canal del Landwehr por paramilitares freikorps, en los albores de la República de Weimar. Con su muerte, se hundía también la posibilidad de un socialismo con rostro humano en Europa. Hoy, a más de un siglo de aquel lamentable hecho, su nombre representa más que un símbolo en la historia del comunismo, se ha convertido en una lectura obligada sobre los límites de la democracia y la ética en la política.
Nacida en 1871 en Zamość, en la Polonia bajo dominio ruso, Rosa creció en un hogar judío de clase media donde las ideas socialistas germinaban temprano.



