Por Lianne Garbey Bicet
En las calles heladas de Berlín, el 15 de enero de 1919, una bala silenció para siempre la voz de Rosa Luxemburgo. Tenía 48 años y fue víctima de un vil asesinato donde fue golpeada y violada, para finalmente ser arrojada al canal del Landwehr por paramilitares freikorps, en los albores de la República de Weimar. Con su muerte, se hundía también la posibilidad de un socialismo con rostro humano en Europa. Hoy, a más de un siglo de aquel lamentable hecho, su nombre representa más que un símbolo en la historia del comunismo, se ha convertido en una lectura obligada sobre los límites de la democracia y la ética en la política.
Nacida en 1871 en Zamość, en la Polonia bajo dominio ruso, Rosa creció en un hogar judío de clase media donde las ideas socialistas germinaban temprano.
Su familia la envió a Varsovia para estudiar, pero el antisemitismo y la represión zarista la impulsaron al exilio en Suiza y luego en Alemania. Allí, con un doctorado en economía por la Universidad de Zúrich, –un logro rarísimo para una mujer de su época–, se convirtió en la columna vertebral del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y fundadora de la Liga Espartaco, precursora del Partido Comunista Alemán.
Luxemburgo además de convertirse en una importante figura teórica, participó en la Revolución Rusa de 1905, organizó huelgas masivas y, desde la cárcel, durante la Primera Guerra Mundial. En 1913 escribió La acumulación del capital, un profundo análisis del imperialismo que aún centra el análisis en los debates sobre desigualdad global.
"Seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres"
Aunque en su época rechazó ser encasillada exclusivamente en el "movimiento femenino" del partido —prefería debatir sobre economía y estrategia militar—, el feminismo contemporáneo ha reclamado su figura. Según trasciende en sus escritos, la emancipación de la mujer pasaba por la destrucción del capitalismo, que explotaba doblemente a las obreras: en la fábrica y en el hogar.
En ensayos como “La cuestión de la nacionalidad y la autonomía” o sus panfletos contra la guerra, abogaba por la sororidad internacionalista. "Las mujeres no somos un apéndice de los hombres", parecía decir con cada intervención en mítines abarrotados, donde su elocuencia hipnotizaba a miles. En un mundo donde el voto femenino era un lujo para blancas privilegiadas, Luxemburgo luchaba por todas: polacas, alemanas, judías, proletarias.
Su asesinato, junto al de Karl Liebknecht, marcó el fracaso de la Revolución Espartaquista de 1919 y marcó el inicio de un legado que trasciende el paso del tiempo. Hoy, la tumba de Rosa Luxemburgo en el cementerio de Friedrichsfelde es un lugar de peregrinación silenciosa. Pero su verdadero monumento no está en el mármol, sino en la vigencia de sus advertencias contra el militarismo y su fe inquebrantable en que la historia la hacen las mayorías, no las élites.
En Cuba, donde las mujeres hemos sido protagonistas en diferentes momentos de la historia, Luxemburgo continúa siendo fuente de inspiración para quienes hacemos una Revolución dentro de la Revolución. Pues cada vez que una cubana se levanta para estudiar, para trabajar por su comunidad o para defender la soberanía de la Patria, hay un poco de Rosa en ella.
Radio novela Rosa Luxemburgo. Vida y obra de una luchadora por el socialismo democrático


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