Por Marilys Suárez Moreno
Estamos en la era de la globalización, del internet, de las computadoras y los celulares. Y son muchos los padres en el mundo que carecen del mínimo conocimiento científico y pedagógico para formar al ciudadano honesto, decente, que la familia y la sociedad demanda.
En esto de la educación, no hay recetas fijas, y sí mucho del saber legado por nuestros propios padres, las mejores experiencias vividas y nuestros mayores deseos de criar y formar seres humanos que, a su vez, el día de mañana, sean ejemplo para su propia descendencia.
No hablamos de una infancia criada como ciudadanos probetas, sino de un clima educativo afectivo, pacífico, amoroso y eficiente. Existen muchos libros de diversa índole sobre el tema, pero la mayor respuesta está en la propia educación y crianza que, como familia, deberíamos entronizar en casa, porque es dentro de ese entorno donde se forman los hábitos básicos de vida, porque son los padres los que tienen el poder casi absoluto para generar ciudadanos trabajadores, creativos, decentes, honrados y éticos. Simplemente, porque lo que un infante vive los primeros años de su vida, lo marca para siempre.
Como hemos dicho alguna vez, la honestidad no viene en el ADN, por lo que tempranamente debemos inculcarle al menor el sentido de la responsabilidad, del respeto por las pertenencias ajenas y, algo muy importante, por la propiedad social. La honestidad debe prevalecer en todos los espacios de la vida.
La persona honesta aúna en su ser grandes valores y, con seguridad, es mucho más feliz que muchos de sus semejantes.
A veces, casi sin darnos cuenta, pequeñas incidencias en la vida familiar inicia al niño en la deshonestidad y el irrespeto. Es posible que cometa errores a causa de su lógica inexperiencia o de ejemplos negativos, pero si no se procede a tiempo, puede generarse una conducta antisocial y surgir un niño o una niña que haga del embuste, la falsía y la irresponsabilidad, un vicio y una razón de ser.
Los hábitos se forman en los tres primeros años de vida. Los infantes hacen lo que ven en los adultos que le rodean. Un aprendizaje que abarca desde la forma de respetarse a sí misma y a los demás, hasta la manera en que se percibe el mundo y la relación con los que lo rodean.
Los paradigmas son esenciales en la infancia y resultan básicos para futuros procederes personales. De hecho, mientras más temprano se despierte esa sensibilidad hacia lo que enaltece a la persona, mayores serán las posibilidades de crear hombres y mujeres de bien.
Estas son probidades que han de cultivarse constantemente, aprovechando desde la lectura de un libro, una historieta o una película, hasta el momento de reunirnos en la casa o de participar juntos en algunos paseos o actividad.
Actitudes individualistas, egoístas, que ponen el interés por encima de la propia dignidad, califican en el nocivo panorama de la indisciplina social que hoy padecemos. De ahí que los valores dirigidos a resguardar una conducta decente, honesta, tienen que formar parte de esos patrones conductuales que deleitan y cautivan cuando se ejercen de manera natural.
Las formas de conducta que se evidencian en el trato correcto y los buenos modales no solo son agradables por sí mismos, sino que además, incorporan características positivas a la personalidad, de gran valor, para el desarrollo personal.
No es alentando conductas egoístas y deshonestas en los hijos, sino educándolos en la modestia, la ética, la responsabilidad, el civismo y la bondad que serán felices.
Como dice el refrán, " quien siembra, cosecha", por ahí anda la cosa, en las acciones de la vida cotidiana, partiendo del hecho de que la familia es un sistema donde todo y todos afectan a cada uno, máxime cuando la infancia siempre desea y necesita la atención adulta, sus consejos y amor. Un trabajo permanente, sin pausas y orientado al crecimiento infantil, lo más preciado de la familia.

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