Por Marilys Suárez Moreno
Como hemos dicho alguna vez, la honestidad no viene en el ADN, por lo que tempranamente debemos inculcarle a niñas y niños el sentido de la responsabilidad, del respeto por las pertenencias ajenas, y algo muy importante, por la propiedad social. Y es que la honestidad debe prevalecer en todos los espacios de la vida.
En la casa, en el trabajo, en la escuela y en toda la sociedad, la honestidad es un blasón de la decencia. La persona honesta aúna en su ser grandes valores y, con seguridad, es mucho más feliz que muchos de sus semejantes.
A veces, casi sin darnos cuenta, pequeñas incidencias en la vida familiar inicia al niño o niña en la deshonestidad. Es posible que cometa errores a causa de su lógica inexperiencia o de ejemplos negativos, pero si no se procede a tiempo puede generarse una conducta antisocial y desarrollar una personalidad que haga del embuste y la falsía un vicio y una razón de ser.