miércoles, 18 de junio de 2025

La casa de los lunes


Desde las alturas, nada revela lo que sucede puertas adentro. En un rincón de 10 de octubre, una casa sin nombre se convierte cada lunes en refugio y red de apoyo.

Por Zucely de Armas Almarales

En el barrio de Lawton, en una cuadra donde las aceras están más rotas que enteras, hay una casa pintada con cal. En una pared blanca frente a la puerta hay escritos estos versos de Lorca: "Hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo”. Allí vive Yailín Martínez, 42 años, madre soltera, cuidadora a tiempo completo y mujer de muchos silencios.

Yailín vive con Inés Martínez, su hija, quien convive con una discapacidad físico-motora producto de un accidente. Comencé a visitarlas una tarde de octubre, después de muchos saludos a la distancia, decidí acercarme a conversar. Antes Inés siempre estaba feliz, ahora, a veces se pone triste y su tristeza coincide con nuestras charlas por la tarde. Lleva semanas diciendo que está contenta en su casa y cada vez que lo dice a mí me entran ganas de llorar un poco, pero nunca lo hago. Aun así, a veces Inés se pone triste.

Desde hace unos meses, cada lunes, a las cinco y media de la mañana, comienzan su ritual. Despiertan con el rumor del barrio que bosteza: el panadero, la cisterna que gotea, un gallo que canta tarde. Inés comenzó a estudiar en casa, luego de que en su antigua escuela la maltrataran y se burlaran de ella.

Yailín me cuenta que cada lunes es volver a empezar, como si la vida reiniciara, pero sin descanso. Dice que los lunes son los peores días porque no hay fuerza acumulada de la semana mientras acomoda los cojines del sillón donde ahora da clases a su hija con la precisión de quien ha aprendido a leer el cuerpo con los dedos.

Ella dejó su trabajo como técnica en laboratorio clínico hace ocho meses. Explica que no había nadie que se quedara con su hija, “¿Qué hago con eso?”, se pregunta con esa mezcla de rabia y resignación que ya no le caben en el pecho. La Encuesta Nacional de Envejecimiento de la Población (ENEP-2017), realizada por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), indica que las mujeres representaban el 67,6 % de quienes ofrecían cuidados. Y muchas de ellas, como Yailín, no reciben ningún salario, ni pensión, ni asistencia psicológica, ni espacios de descanso. No son vistas como trabajadoras. No son vistas.

Inés era bailarina pero ya casi nunca baila y casi nunca sueña. Tuvo un accidente hace unos meses y perdió una de sus piernas. Intentó volver a la escuela, pero sus amigos de siempre la apartaron, su novio la dejó y comenzó a ser maltratada por profesores y alumnos. Desde entonces prefiere quedarse en casa. Casa que, con sus paredes desconchadas y su patio sin cemento, se siente también como una cárcel.

Pero los lunes, cada lunes, Yailín abre la reja oxidada a otras tres madres del barrio que también tienen hijas con discapacidad. Se reúnen a hablar, llorar, intercambiar pastillas, ropa usada, recetas, fuerza. Así nació la casa de los lunes.

Lo que comenzó como un café entre vecinas y sus hijas se convirtió en un espacio de resistencia. No tienen nombre, ni cartel, ni permiso institucional, pero tienen lo más importante: una red de apoyo. Una trae medicamentos; otra cocina; otra imprime artículos de internet sobre estimulación temprana o derechos humanos.

“Nos salvamos entre nosotras y nuestras niñas se salvan entre ellas” me comenta Yailín.

La casa de los lunes no tiene rampas, no tiene aire acondicionado ni personal especializado. Pero tiene algo muy importante : dignidad compartida. Y cada lunes, cuando el barrio despierta, hay una madre que vuelve a levantar el mundo con las manos y una niña que intenta volver a sonreír.

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