Por Aime Sosa Pompa
Cuando escuchamos o leemos el nombre de Helen Keller, muchas asociamos su historia a la superación, al milagro de aprender a comunicarse sin poder ver ni oír. Pero detrás de esa imagen especial, había una mujer radical, incómoda para su época, con ideas claras y sentimientos fuertes… aunque muy pocos estuvieran dispuestos a atenderla.
Helen no solo fue una mujer con sordoceguera como otras tantas personas de su época que aprendió a comunicarse; fue, para bien de ella, una activa abanderada de los derechos humanos, feminista convencida, socialista militante y defensora de las personas con discapacidad mucho antes de que se empezara a pensar en accesibilidad e inclusión.
Nació un 27 de junio de 1880 en Estados Unidos, perdió la vista y el oído antes de cumplir los dos años por una enfermedad febril y lo que parecía una historia novelesca de un folletín sin final feliz; se convirtió en una leyenda.
A pesar de todo y con la ayuda de su maestra Anne Sullivan, logró educarse y convertirse en una de las primeras mujeres con discapacidad en obtener un título universitario. Sin embargo, ese camino académico fue solo el comienzo.
Helen encarnó el mejor ejemplo de activismo que hoy podemos alabar. Se afilió al Partido Socialista, luchó por los derechos de las trabajadoras, denunció las condiciones laborales injustas y exigió justicia económica. También fue una voz crítica contra la guerra y el capitalismo desmedido, algo que le costó caro: medios de comunicación y figuras públicas la silenciaron, minimizaron sus opiniones o la presentaron solo como una “historia de superación”, ignorando su compromiso político. Pero ella siguió adelante, insistiendo en que se vivía en un mundo que no estaba hecho para personas como ella y eso debía cambiar.
¿Qué hubiera hecho en este siglo XXI?
Imaginarse a Helen Keller en la actualidad nos da una idea positiva y esperanzadora.
Probablemente estaría liderando campañas globales por la equidad de género, los derechos de las personas con discapacidad y la justicia social y el emprendimiento económico. Sería una activista digital, usando redes sociales para desafiar narrativas de lástima hacia las personas con diversidad funcional, y para exigir que las ciudades, las escuelas y los espacios laborales en muchos, muchos países, fueran realmente accesibles.
Seguramente estaría en X, denunciando casos de discriminación laboral convirtiendo sus palabras en trendtopics. En TikTok, explicando cómo construir ambientes respetuosos desde un celular no muy caro. En YouTube, compartiendo talleres sobre empoderamiento femenino, diversidad y regalando consejos, quizás se mantuviera colaborando con artistas, escritoras y científicas con discapacidad para crear contenidos audiovisuales accesibles, mientras caminara sin turistear por islas únicas del planeta.
Y como feminista que fue, seguramente, habría estado en las calles en días como el 8 de marzo y el 25 de noviembre, participaría cómoda en conversatorios sobre violencia de género, recordando que las mujeres con discapacidad son doblemente vulnerables.
Creerla haciendo historias en los senderos de las autopistas digitales, nos dice que la verdadera inclusión no pasa solo por la empatía, sino por los cambios estructurales, esos en los que no basta con darle una patada al cubo, sino que deben martillar el suelo hasta llegar a convertirse en realidad.
Helen Keller no buscaba lástima ni halagos; buscaba acompañar a las carentes de justicia. Y aunque murió el 1 de junio de 1968, su estela sigue siendo un grito, que demanda sociedades más equitativas, donde todas las voces puedan ser escuchadas, incluso las que hablan de otra manera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario