sábado, 24 de mayo de 2025

Esther nunca estará sola: testimonios de mujeres víctimas de violencia de género (II)



Por Gabriela Orihuela

En los últimos años se ha visibilizado con mayor fuerza, desde los medios de comunicación, la violencia machista; no es suficiente, pero se hace notar la necesidad de seguir abordando el tema. Disímiles son las historias que podemos mostrar; cada una de ellas guarda, entre líneas y sentires, mensajes de fortaleza, resiliencia, luchas internas y otras más visibles. Narrar los testimonios de mujeres víctimas de violencia de género no es un mero acto de enunciación, puede convertirse, además, en la excusa perfecta para teorizar y educar sobre conceptos manidos, pero poco comprendidos; para conocer que existen, entre silencios y verdades; para saber que ellas, las mujeres, no están solas.

***

Soy una mujer independiente; no necesito de nadie más para vivir o ser feliz, aunque eso me hicieron creer desde que nací. Llegué a este mundo en 1948, en el mes de febrero, y nunca he podido ver los colores o las formas de los objetos, tampoco el rostro de mi mamá. El personal médico que comenzó a atenderme, en 1965, les dijo a mis padres que todo se debió a una malformación genética llamada anoftalmía bilateral, que se traduce en la ausencia de ambos ojos. ​

Fui una niña sobreprotegida: ropa lavada a diario, escoltada a todos lados, solitaria, mimada. Siempre estuve aislada. Crecí sin amistades porque, según mi padre, lo mejor era que estuviese sola en casa. A veces me explicaba que debía agradecerles por no abandonarme a mi suerte en algún convento o en el mismo hospital donde mi madre dio a luz.

La vida, para mí, se traduce en sonidos, en olores, en todo lo que puedo tocar con mis manos; por eso, cuando me preguntan qué recuerdo de mi infancia y adolescencia, respondo que el claxon de coches antiguos, el galopar de los caballos, el olor a yerba recién cortada, el bullicio de los fines de semana, el polvo —que me hacía estornudar— de los libros guardados por mi papá, el sabor inconfundible del arroz con leche de mi tía Norma y el trinar de los pajaritos cada mañana.

Cuando cumplí siete años nos mudamos para la capital y ahí comencé a estudiar; aprendí el sistema de escritura Brayle y a desarrollarme mejor. En casa, me sentaba en la sala y sentía las horas pasar. Desconozco cuál fue el motivo, pero mis padres me apoyaron, al llegar a La Habana, en mis estudios. No obstante, continuaba en nuestro hogar, sin hacer nada.

Aquí conocí a Marlen, mi mejor amiga; ella no era invidente. Vivía justo al lado de mi casa y tenía muchísimas historias apasionantes. Me contaba sobre sus juegos en la escuela, sobre otros niños y otras niñas; también me explicaba la relación que existía entre los colores y las cosas que yo amaba, por ejemplo, el azul era, para nosotras, calma y, a la vez, el cielo, el mar; el rojo es similar al fuego y la tonalidad de las flores que mamá compraba por mi cumpleaños, en cambio, el amarillo es el color de mi fruta preferida, la piña, y significa abundancia.

Marlen fue la única persona, sin contar a mis familiares, que tuvo permitido venir a visitarme. Conversábamos sobre sus días sin cesar: de la escuela, de sus juguetes, de su ropa, de sus salidas. Ella tenía más acción; yo me quedaba, como en el teatro, sentada en el auditorio escuchando a quienes interpretaban las escenas. Nuestra amistad duró años. Estábamos la una para la otra en todo momento.

Ella me ayudó a convencer a mis padres para que pudiera ir y regresar sola del trabajo, tenía veinticinco años y andaba siempre con mi mamá. Alegamos que era un derecho fundamental y un paso indispensable para ser más independiente, hablamos de libertad, de responsabilidad, de justicia, de necesidad. Accedieron a regañadientes y con muchos nervios.

No me fue complejo acostumbrarme a caminar sola, más bien me convertí en alguien imparable. Cada vez que tenía la oportunidad me presentaba y trataba de hacer nuevas amistades. Todo lo que no había conversado en más de dos décadas de vida, lo hice en ese tiempo. Salir a la calle sin la presencia de mi mamá fue un reto y, además, una aventura.

En una parada de ómnibus, en la tarde, conocí a Santiago. Me preguntó la hora, hice un chiste de que no podía verla, se sonrió al darse cuenta que era invidente y tenía un bastón en la mano. Su voz me resultó muy dulce, su fragancia estaba impregnada de colonia. Me ayudó a subir a la guagua y se quedó cerca. Intercambiamos nombres, direcciones, centros laborales y no supe de él por un buen tiempo. Pensé que todo había sido falso, «nadie quiere a una mujer incompleta», me decía mi papá y pensaba que eso mismo había ocurrido. Santiago no deseaba una mujer incompleta.

Pero un viernes me fue a buscar al trabajo; me sorprendió mucho cuando escuché su voz. Se disculpó y explicó que ayudaba a su mamá en la mudanza, ella se había ido de la casa con su nueva pareja y él se dedicó a limpiar, recoger, trasladar muebles y acomodar la vivienda a su gusto. Por supuesto que le creí y acepté la invitación para salir esa misma noche.

Justo a las ocho de la noche tocó la puerta de la casa; mi mamá estaba asustada, mi padre tratando de asustarlo a él; Marlen le inspeccionó y me dijo, casi susurrando, que era un hombre hermoso. La cita, al igual que los primeros meses, fue de ensueño. Se portó muy caballeroso, atento y las conversaciones eran agradables.

Soñábamos despiertos. Demasiadas veces ensayamos cómo sería la boda, criar a nuestros hijos, arreglar su casita para que se pareciese más a ambos, envejecer tomados de las manos.

Le comenté a mi madre que queríamos casarnos, teníamos poco tiempo de relación, su respuesta fue un rotundo «no». Mi padre se escandalizó. Aquella noche gritamos los tres. Se cuestionaban cómo podría cuidar a alguien, hacer las labores domésticas, complacer a un hombre. Puede que haya sido una combinación de capricho, orgullo y ego, pero me fui a mi habitación y recogí mis cosas. A la mañana siguiente, Santiago me ayudó a mudarme con él.

Nunca nos llegamos a casar, él siempre ponía como excusa que no teníamos dinero. Vivíamos con lo exacto, lo necesario para no morir de hambre y darnos algún que otro gusto mensual. Sin embargo, jamás volví a insistir en el tema, como tampoco volví a casa de mis padres y Marlen, poco a poco, se fue alejando, es decir, la fui alejando. A Santiago no le gustaba que ella nos visitara porque «alteraba nuestra rutina». Era incierto, pero dejé que él ganara esa batalla.

Santiago, no sé si conscientemente, me volvía loca. Íbamos a comer algo fuera de casa, yo pedía un refresco y, cuando llegaban a atendernos, él ordenaba dos cervezas. Luego me convencía que yo había querido cerveza. Parece tonto e imposible, pero sentía que me quitaba poder de decisión o trataba de decirme, a su modo, que las tomadas por mí eran desacertadas.

Sus imposiciones eran sutiles y venían acompañadas de una especie de cariño duro: la ropa que podía usar, los días que salíamos, lo que bebíamos, hasta las películas que elegíamos, todo pasaba por su aceptación. Le molestaba mucho que yo trabajara y, dentro del hogar, no fuera de ayuda. Delante de sus amigos me nombró como «la inservible».

Dejé mi trabajo y me dediqué a aprender a cocinar, limpiar y lavar. Quería ser suficiente para él, incluso, convertirme en su esposa y formar una familia. Pasados cinco años, le expliqué que deseaba ser madre. Rompió a carcajadas. «Una madre ciega, ¿quién ha visto eso?», «la inservible siendo mamá, eso es tremendo chiste», me dijo. Su forma de pedir disculpas fue trayéndome una gata para que la atendiera como mi hija.

La llamé Blanca porque, según Santiago, era «tan blanca como un coco». Blanca me acompañó cada noche que pasé sola, en cada llanto luego de una pelea. Blanca me ayudó a sentirme mejor.

Santiago me propuso un juego: como yo no servía para hacer las cosas de la casa, lo cual era totalmente errado, debía complacerlo en la cama, tendría que hacer todo lo que dijese. No puse reparos. Él lograba que aceptase cada cosa dicha sin mucho esfuerzo.

Al inicio eran solo sus fantasías: lencería a la medida, juego de roles, posiciones impensables; pero cambió rápidamente. Una noche me llevó al cuarto, me explicó que tenía ganas de tener sexo y me desvistió, ató mis manos y tapó la boca con mi ropa interior. Pasado un tiempo sentí un cuerpo masculino sobre el mío. El olor a cigarro lo delataba, no era Santiago, era su mejor amigo. Intenté safarme, gritar. No pude. Me quedé quieta, muy quieta.

Todo acabó y Santiago me ayudó a vestirme. Yo no dejaba de llorar y le pedí explicaciones. Me informó que tenía todo el derecho de hacerlo porque yo era su mujer y debía satisfacerlo, tal y como habíamos acordado. Dentro de ese pacto estaba una cláusula, como todas invisible, que alegaba que sus amigos también debían ser complacidos por mí.

Por meses, cada dos o tres noches, sus amigos venían. Santiago me decía que se quedaba mirando, nunca supe si era cierto eso; yo no lo sentía en la habitación. En ocasiones era solo con uno; en otras, con dos y hasta cinco. En ese tiempo, mi pareja estuvo bien tranquilo, me llevaba a pasear y obsequiaba flores.

El ritual era idéntico. Me avisaba que venía alguien, luego de cenar me duchaba y me quedaba quieta sentada en la cama. Los olores eran diversos, así supe que eran hombres distintos. Pasaron años y no me marché, no lo conté, no lo denuncié, no hice nada.

«Por favor, tengo que parar», le dije. Me cayó a golpes. Me insultó como nunca antes y me dio dos opciones: o lo hacía por las buenas o lo hacía por las malas. Planeé, por semanas, mi fuga. Lo que más me dolía era Blanca, tenía que llevármela o, segura estaba, Santiago le haría daño. Era jueves y salió, como siempre, a las siete y cuarto de la manaña para el trabajo; serví, antes, el desayuno, se despidió con un beso y se fue montado en la bicicleta. Tomé poca ropa y me fui. A cada rato preguntaba por la dirección de mi casa porque no sabía bien cómo llegar, pero lo hice. Mi gata estaba a mi lado.

Casi veinte años habían pasado; mis padres, viejos y cansados, me recibieron con los brazos abiertos. Al inicio les negué todo. Conté que Santiago tenía otra mujer. Mi madre no se conformó con esa respuesta. Insistió tanto que cedí, sin embargo, le rogué que no le contara nada a mi papá que ya tenía setenta y ocho. Creo que por vergüenza no lo hizo.

Por supuesto que Santiago vino varias veces a buscarme y los escándalos se escuchaban en toda la cuadra. «Puta», «mujer de la vida», «ciega de mierda», «inservible», fueron algunas de las cosas horribles que me gritaba. En reiteradas veces mi mamá medió las discusiones, hasta que Marlen, quien retomó amistad conmigo y sabía todo, llamó a la policía y lo denunció por alteración del orden. Nada más llegó la patrulla dejó de vociferar. Habló con el oficial y lo condujeron a la estación, nunca más supe de él. Esas dos décadas de mi vida se borraron.

Volver a mi casa, con mis padres y Marlen, me hizo sentir segura de nuevo. Por mucho tiempo preferí no salir, temía encontrarlo o que aquellos olores nocturnos aparecieran por casualidad. Con el tiempo, esas heridas cicatrizaron, nunca del todo. Mis padres fallecieron y aprendí a vivir sola... bueno, con Blanca, quien jamás me abandonó.

En mi casa reina la soledad, pero sé que no estoy sola: los tres hijos de Marlen son mis sobrinos y compartimos a cada rato en este comedor abarrotado por las plantas que mi madre dejó bajo mi cuidado. Algunas, como yo, se marchitaron. Otras han sabido, también como yo, crecerse ante las dificultades.

Hoy sé, por la radio, que viví violencia de género y discriminación por ser mujer y estar en situación de discapacidad; hoy conozco que se puede denunciar y que hay espacios donde se encuentra apoyo. Aunque lo hubiese sabido antes, no estoy segura que habría actuado distinto.

Siempre he preferido vencer los miedos desde mi cuarto. Si logro contarlo, no es para darme a conocer como persona, sino para demostrar que estas historias existen, que hay mujeres que guardan sus luchas y anécdotas. Romper el silencio es una forma de vencer esos miedos.

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