sábado, 17 de mayo de 2025

Aurora camina segura: Testimonios de mujeres víctimas de violencia de género (I)



Por Gabriela Orihuela

En los últimos años se ha visibilizado con mayor fuerza desde los medios de comunicación la violencia machista; no es suficiente, pero se hace notar la necesidad de seguir abordando el tema. Disímiles son las historias que podemos mostrar. Cada una de ellas guarda, entre líneas y sentires, mensajes de fortaleza, resiliencia, luchas internas y otras más visibles. Narrar los testimonios de mujeres víctimas de violencia de género no es un mero acto de enunciación, puede convertirse, además, en la excusa perfecta para teorizar y educar sobre conceptos manidos, pero poco comprendidos; para conocer que existen, entre silencios y verdades; para saber que ellas, las mujeres, no están solas.

***

Soy una mujer libre. Hoy siento el aire distinto; camino más segura y no volteo para ver a quién le pertenecen los pasos que escucho. Duermo tranquila y sueño con el mar.

Hace unos años los colores del día a día no parecían tan vibrantes. Él se encargó de apagarlos, de eliminar los rastros de felicidad y fortaleza que poseía al cumplir sesenta y cuatro primaveras. Pero él no llegó en ese tiempo y ni siquiera fui yo quien le dio entrada en nuestras vidas. Tuve que resignarme cuando lo hizo, cuando se quedó.

Nací, crecí, me casé y tuve a mi hija en Holguín, en Gibara; sí, en ese sitio que se enorgullece de tener un festival de cine, en el pueblo pesquero Villa Blanca, la Casona de Santa María, única vivienda señorial del Ingenio Azucarero del siglo xix que se mantiene en pie y buen estado, en toda la provincia. Entre tanta historia y belleza fui feliz, al menos lo intenté, junto a mi familia, amistades y quimeras.

De niña deseaba ser modelo. Era alta y muy delgada; «las modelos ganan buen dinero, tienen ropa linda y viajan», pensaba. Me frenaron algunos comentarios racistas y, claro, el haberme casado a los quince años por iniciativa de mi padre. En su tiempo, las muchachas contraían matrimonio siendo niñas y cuidaban el hogar como una mujer adulta.

Nos educan para eso, para ser esposas y madres. Primero el color rosa, luego los juguetes y las canciones; aprender a bordar, cocinar, limpiar, lavar. Mis dos hermanos menores nunca supieron qué era hacer las labores del hogar; aunque, claro, trabajaron en el puerto desde pequeños. Servir en la casa y a un hombre veintisiete años mayor, también es un trabajo, uno que nunca pagaron.

Vestí de blanco un 20 de marzo. Fui una novia linda, de esas que tienen cola larga, tiara y aretes finos “heredados de la bisabuela ya fallecida”. Recuerdo que mi madre me besó la frente y, con rostro enjuto, dijo que yo era una niña afortunada. Dichosa porque me casaba con Fernando, el doctor distinguido de la zona que llevaba meses hablando con mi padre para que le permitiera ser mi esposo; yo ni siquiera estaba enamorada. Suertuda porque no iba, por el momento, a quedar embarazada; tuve la menstruación al cumplir los diecisiete años, ser bajo peso y no alimentarme bien estaban en la cima de las causas que Fernando siempre mencionaba.

Nuestra pareja, en ocasiones, era puesta en duda: una adolescente negra, con pocos estudios y el doctor blanco, consagrado a su trabajo. Yo era exótica; Fernando, un amante del colágeno.

Esa primera noche fue justo como mi madre la describió: lenta, dolorosa, llena de vergüenza y olores raros. No me acuerdo de mucho. Un beso mojado en los labios tras separar su cuerpo del mío; el cigarro de siempre; un «buenas noches, princesita» y luego, nada, estoy sentada frente a la mesa de madera del comedor de Fernando, desayunando, viviendo mi segundo día como la esposa de un médico.

Años después nació Katy, una niña mestiza hermosa, con pelo rizo y ojos negros. «Una negra fina, de salir», comentaron. Yo estaba toda orgullosa. Todavía lo estoy. A Katy no le enseñé nada de hacer recetas, ni de escoger el arroz, tampoco de detergentes o plantas medicinales; Katy estudió mucho, todos los días. También jugó en el pequeño patio y pintó varias paredes.

Una tarde de domingo, Katy, de ocho años, me expuso que quería ser modelo, casarse con un hombre rico y tener cinco niños varones que la acompañaran a sus presentaciones. Aunque sabía que jugaba, la miré como cuando se guarda el enojo en el pecho y le acaricié el rostro. No sé qué palabras exactas utilicé, solo me acuerdo de rogarle que llegara a la universidad.

Caminé a mi habitación y lloré mucho. Jamás quise romperle los sueños a mi hija, pero la vida me había demostrado que hay cosas que logran cumplirse y otras que necesitan ser trabajadas e, incluso, ignoradas.

No le iba a dar ningún permiso para casarse joven ni la alentaría a ser madre a temprana edad. Creo que no la pasé mal. Fernando nunca fue un hombre celoso, tampoco me levantó la voz o la mano. Con el tiempo se convirtió en un gran amigo y, después, en mi mayor consejero. Pero no lo amé como en los libros y películas se desean a los esposos. Mi deber era complacerlo en la cocina, en la cama, en la vida. Su retribución fue lealtad, estabilidad económica, tranquilidad y una hija maravillosa. Esa vida no la quería para Katy.

Ella se enamoró de la música y del piano. Durante meses solo atinó a pedir ir a una escuela de música. Buscamos a una profesora de la zona que era muy buena con los niños y las niñas. En algún momento llegué a pensar que todo sería pasajero o que no contaría con las aptitudes y actitudes necesarias. Todo lo contrario, resultó ser que Katy tenía habilidades y empeño.

Casi a nuestras espaldas, la profesora envió la solicitud de mi hija a la escuela de arte de la provincia. Fue seleccionada. Estábamos alegres y preocupados. Había que comprar un piano y el dinero escaseaba. En este instante, comencé a trabajar en casas de amistades: limpiaba, hacía mandados y cocinaba. El dinero ahorrado también fue de ayuda y, en poco tiempo, compramos un lindo piano, de uso, pero funcional. Katy y yo nos abrazamos durante horas, la noche en que lo trajeron.

El oído musical y talento de mi hija eran innegables. Mientras estábamos en unos de sus recitales, ya siendo adolescente, su maestra nos recomendó traerla para La Habana, «en la capital hay más oportunidades», tenía razón.

Los dos últimos cursos los terminó becada, sola y sin problemas. Hablábamos mucho por teléfono y la visitaba a menudo. Recorríamos las calles de la mano; nos decían hermanas y la sonrisa no se borraba de ninguno de los dos rostros.

Cuando Katy cumplió 18 años e inició estudios superiores de música, comenzó a alojarse los fines de semana en la casa de una tía lejana que se había marchado a Estados Unidos y necesitaba que le vigilaran el inmueble.

Allí lo conoció a él, un hombre veintitrés años mayor, un hombre sin estudios ni trabajo, un hombre de la calle, amante, al igual que Fernando, del colágeno.

Él, incluso, narró cómo nos había visto de la mano cuando visitaba a Katy. Mencionó que nos llevábamos muy bien y eso le parecía bonito. ¡Tenía que haber olfateado, visto, imaginado sus macabros planes!

Flores, cartas y grandes declaraciones de amor fueron suficientes para que Katy se sintiese enamorada. Tenía 19 años cuando salió embarazada. Nunca dejó los estudios e, inmediatamente, después de terminarlos se incorporó a la vida laboral. Él en la vida no trabajó, ni antes, ni ahora. Se dedicó a hacer negocios y a los videojuegos.

Salma, mi nieta, nació en La Habana; la conocí cuando Katy vino a descansar en Gibara por quince días. Él vino con ella. Se pasaba las horas viendo la televisión y bebiendo. Cuando le advertí a mi hija de las tres o cuatro cajas de cervezas terminadas solo por él en una semana, abrió los ojos y, en señal de miedo, tartamudeó «por favor, déjalo en paz».

Los días pasaron y yo seguía viendo cosas preocupantes: mi hija no tenía dinero, era suyo, pero él lo manejaba; mi hija no podía hablar por teléfono o escribir una carta sin que él escuchara o la leyese primero; mi hija lo atendía a él y a la niña, pero solo yo cuidaba de Katy.

Fernando le pidió a aquel hombre que bajase el volumen de la televisión para que Salma descansara mejor. De la nada, sacó un revólver y nos amenazó. Él decía saber cómo debía vigilar a su familia. No lo niego, tuvimos miedo. Katy decidió regresar para La Habana con él y con Salma y, de paso, no hablarle más a su padre.

Cinco meses más tarde, Fernando se desplomó camino a la casa; «infarto masivo», explicaron. Esa fue la señal que tomé como pretexto para vender la vivienda matrimonial, comprar una casa en la capital y mudarme con el objetivo de rescatar y atender a Katy.

Vivíamos bajo el mismo techo: él, Salma, Katy y yo. Mi hija no cesaba, llegaba del trabajo como pianista líder en un teatro y debía hacer labores del hogar; yo la ayudaba, también laboraba como custodia en dos empresas cercanas; Salma aprendía a caminar y hablar mejor; él, bebía, jugaba y gritaba. Todo el dinero que ganábamos se lo dábamos porque «los hombres administran mejor el hogar; nosotras siempre compramos porquería».

«La comida está mala», tiró los platos; «la cena está fría», quemó mi mano izquierda con la llama del fogón; «la casa no está lo suficientemente limpia», me llamó «vieja cochina» “teníamos casi la misma edad” y me empujó. Cuando algo no era de su gusto, gritaba o pegaba. Nunca a Katy, nunca a la niña. Por eso, y algo de ignorancia, no dije nada. Mejor que fuese contra mí; de cierto modo, sentía que protegía a mi familia.

Una noche salí a conversar con una de las amigas que hice en mi trabajo. No tomamos alcohol, solo charlamos de la vida “por supuesto, de la parte bonita” y comimos unos crujientes panes con perro. Al estar fuera, Salma tuvo fiebre y Katy y él la llevaron al médico; solo era catarro.

Sin embargo, cuando llegué a casa, sobre las nueve de la noche, él me esperó sentado en la silla de mi cuarto. Encendí la luz y lo vi. Me gritó, pateó y acusó de haber enfermado a mi nieta, me recriminó la ausencia y que no los acompañé al hospital.

Los gritos despertaron a Salma; lloró, Katy la tomó en brazos y podía escucharlo todo. Él cerró la puerta con fuerza y afirmó que me daría una gran lección de vida. «Las mujeres no pueden salir solas, las que lo hacen son putas», vociferó. Arrancó el vestido. Bajó su ropa. La primera noche de bodas se repitió: lenta, dolorosa, llena de vergüenza.

Pasé toda la madrugada bajo la ducha. No logré conciliar el sueño. Preparé el desayuno. Lavé. Limpié. Cosí algunas ropas de mi nieta que tenía pendientes. Arreglé la puerta de mi cuarto y tapé los cristales con cartones y trapos. Tenía miedo de la luz, de que él mirase o entrara nuevamente. Esperé a mi hija. Traté de besar su mejilla y me viró la cara. No volvió a dirigirme la palabra.

Katy lo dejó claro con el silencio; yo era culpable para ella. Pasó poco tiempo, cuando regresé a casa, una nota estaba en el refrigerador: «este no es mi hogar. Adiós». Era la letra de mi hija.

Supe que estaba en el domicilio de la hermana de él por rumores del vecindario. Fui dos veces; en la primera, la cuñada de mi hija me confirmó que no se encontraban; en la segunda, vi de lejos a Salma, pero Katy me tiró la puerta y sugirió que tomase las indirectas. La vi más delgada y con el pelo corto; sus ojos seguían siendo leales al pánico. Yo también tenía miedo por ella y por mi nieta.

Acudí varias veces a su trabajo, pero siempre me contestaron que ella se rehusaba a verme. Tantísimas personas me cuestionaron qué pasaba si éramos muy unidas. «La vida», respondía. Pero fue él y su violencia, su machismo, su furia, su rabia. No me culpo, no obstante, parte de mí siente que también fui yo con el mutismo, la pasividad, la sumisión.

El hogar que construimos en poco tiempo se notaba distinto. Ni las palmadas ni la risa de Salma se escuchaban en el cuarto; tampoco veía sus biberones y pañales. Mi hija no me acompañaba al hacer la cena o el café de las seis de la mañana. Sin señales de una familia, me refugié en esa amiga que tenía. La soledad me consumía.

Cambié los cerrojos de las puertas, clausuré las ventanas y dormía en la sala con un cuchillo debajo del sofá. Regalé algunas prendas de vestir y me quedé con las más largas y seguras. Me apenaba verme, por eso quité los espejos de la casa, excepto el del baño. Presa en mi hogar; presa en mi mente.

Con el paso del tiempo, pude contarle a mi amiga algunas cosas. No todo, no exacto. Cada vez que trataba de recordar lo sucedido, volvía a estar en la cama con él o reaparecía su mano encima de mi espalda, escuchaba, además, sus gritos e insultos. Ella me aconsejó ir con una profesional. Lo pensé, reflexioné y asistí, con recelo, a consulta.

Tengo metas por cumplir y, en cada una de ellas, está mi hija. Me he vuelto más fuerte y eso quiero transmitirle: juntas podremos buscar soluciones y construir un futuro hermoso desde el amor, la confianza, el respeto, la paz.

Camino hoy sin culpas, sin miedo, con ganas de ver a mi hija y a mi nieta, con el sueño de ayudarlas y enseñarles que conseguiremos ser felices sin él, sin el llanto o los moretones que él ocasionó “y, seguramente, le origina a mi hija”. No tengo dudas, hoy soy una mujer libre.

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