Por Dailene Dovale de la Cruz
Que sea saludable, que sea feliz, que valore la vida. Son algunos de los deseos que una carga en el vientre mientras este crece cual una pelota enorme. Los deseos ocupan más espacio que el propio bebé.
Que sea bueno, que sea compasivo, que sea laborioso. Y ahí está la otra parte del asunto: que mis propias expectativas (o las de su papá o las de su abuela) no pesen desde pequeño sobre él. Que sea libre, que sea independiente, que sea valiente.
En este rumbo que apenas empieza vamos recolectando consejos sobre el parto, la respiración, la calma necesaria, luego de ese suceso definitorio donde él y yo tendremos que trabajar junticos, vendrá la lactancia, la crianza respetuosa y llena de amor, la felicidad de formarnos. Un niño de cierto modo ayuda a construir a su madre, propicia al nacimiento de otra mujer.
Que sea empático, que sea amable, que sea bondadoso. Ahora vuelvo a recordar a Yadi y sus conversaciones sobre los niños y el amor. Yadi escribía mini cuentos encantadores sobre cualquier tema.
Si ahora estuviera aquí seguro podría regalarme una historia que solo ella podía volver conmovedora y a la vez descarnada. Una historia sobre un niño que aprendió de la tribu a dar amor y respeto.
Tendré que imaginarlo. Recuerdo también las crónicas sobre maternidad de esa escritora que admiro, Yeilén Delgado, unas crónicas que releo ahora en mi “situación de panza” y encuentro la ternura y la fuerza necesaria para asumir esta tarea dificil de criar.
Parir suele ser la primera preocupación, pero según las informadas y experimentadas es la menor de todas. Que sea inteligente, que comparta lo que sabe, que sea humilde.
Un día tras otro desde enero la vida de embarazada transcurre, entre los síntomas más incómodos, entre las expectativas y el cuidado familiar.
La espera casi termina en apenas días y las expectativas de tan grandes y emocionantes no me caben en la barriga enorme. Que sea feliz, que sea saludable, que sea amado. Pero sobre cualquier otro anhelo, que sea lo que él quiera ser.

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