Por Dailene Dovale de la Cruz
Cada noche acaricio mi vientre antes de dormir. Repito las palabras de amor y cariño, le cuento a esa criaturita indefensa dentro de mí la lista enorme de personas que esperan su arribo.
Fabio David aún no nace, pero entre él y yo ya hay un vínculo que atesoro. Se trata de la ternura que siento al imaginarlo, del cariño con que le hablo del mañana, a pesar de las dificultades que cada día ponen trabas a la felicidad cotidiana.
A pesar de todo, con el niño que crece dentro de mí me atrevo a imaginar un futuro. Tiene que exisitir uno, para las niñas y los niños que vinieron sin pedirlo a una Cuba de crisis, escasez y solidaridad. Como me atrevo a soñar, imagino también cómo será esta personita en gestación.
El 13 de abril, cuando apenas tenía 13 semanas, en la primera consulta genética, el papá preguntó por el sexo de aquella cosita que daba patadas y se movía cual caminante. Parece ser un niño.
La Violeta que había imaginado hasta entonces empezó a borrarse, con más fuerza en cada ultrasonido. Lo segundo que pensé es que, después de todo, podía ayudar a formar a un hombre que no temiera palabras como el feminismo y, sobre todo, que no rehuyera su práctica o la búsqueda de equidad.
Debía inculcar los mismos valores: está claro, una educación integral y humana no debería distinguir entre géneros. Niñas y niños merecen formarse como seres humanos con iguales derechos y deberes.
En internet, por otra parte, se encuentra la reproducción más rampante de todos los estereotipos y roles de género. Todavía sin nacer, a las niñas y niños se les impone un color, un modo de jugar, una identidad, un destino, como si fuera un hecho inamovible.
Fuera, en el mundo, el ser humano deberá romperse mil veces para conseguir ser auténtico, para ser feliz. Hay un término que disfruté mucho al leer a Ofelia Rodríguez Acosta, el de hombres y mujeres de pasado mañana, esos que serían menos prejuiciosos y más libres.
Ella lo escribía en su “Campaña Feminista” en Bohemia a inicios de los años treinta. Casi siempre centraba mi análisis en la relación entre su ayer y el mío, tan distintos y a la vez con algunas similitudes.
Fabio David en mi vientre me impulsa a imaginarme cómo serán los hombres y mujeres de mañana: qué harán ante las inequidades que penosamente les heredamos. Cómo repartirán las tareas de cuidado, qué preocupaciones centrarán sus días.
Si antes miraba solo el ayer en el presente, ahora me cuestiono esos días de mañana. Una luz, una chispita de bondad que aporte a ese futuro será suficiente.

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