Por Marilys Zayas Shuman
La conferencia de Camille Chalmers, “La guerra imperialista contra la nación haitiana”, se realizó el miércoles 5 de agosto, en la Asociación Cubana de Naciones Unidas (ACNU), convocada por la Cátedra del Caribe “Norman Girvan” de la Universidad de La Habana, Grupo de Trabajo de CLACSO “Crisis, respuestas y alternativas en el Gran Caribe”, y la Asociación Cubana de Naciones Unidas.
En la sede de la ACNU, el economista haitiano Camille Chalmers tomó la palabra ante un auditorio atento. Afuera, el Vedado seguía su ritmo habitual; adentro, se abría una ventana hacia más de dos siglos de resistencia haitiana.
Chalmers comenzó con una frase que resonó como un disparo de inicio: “La población esclavizada pudo construir una cultura contra-hegemónica…”.
Lo que siguió fue una clase magistral sobre la historia de un país que, desde 1804, ha pagado con sangre, aislamiento y sabotaje el atrevimiento de haber derrotado a tres imperios y proclamado la libertad de los negros en un mundo construido sobre la esclavitud.
Chalmers reconstruyó la revolución haitiana como un proceso civilizatorio, no solo político. Explicó cómo los colonizadores franceses mezclaban africanos de distintas etnias para impedir la comunicación y evitar rebeliones.
La respuesta fue monumental: crear un idioma nuevo, el creol, herramienta de comunicación, estrategia de resistencia y fundamento de identidad.
El segundo pilar fue el vudú, espiritualidad que no solo sobrevivió al intento colonial de borrarla, sino que se transformó en una filosofía política de inclusión.
Allí, recordó Chalmers, “todos tienen derecho a estar aquí”. En ese universo espiritual, hombres y mujeres ejercían liderazgo, y el congreso político más importante del proceso emancipador fue dirigido por una mujer.
El tercer pilar fue el sistema de trabajo colectivo donde la producción se organizaba sin látigos ni esclavitud. “El mecanismo de motivación es el canto, es el tambor”, citó Chalmers, para mostrar cómo la cultura se convirtió en motor económico y político.
Las mujeres que encendieron la libertad haitiana
Aunque la conferencia mencionó brevemente el liderazgo femenino, la historia haitiana exige detenerse en ellas. Las mujeres no fueron acompañantes: fueron estrategas, sacerdotisas, guerreras, organizadoras comunitarias, por eso en este artículo es justo mencionarlas como las mujeres que encendieron la libertad haitiana.
Cuentan que en la noche húmeda de Bois Caïman, cuando el cielo parecía inclinarse sobre la tierra para escuchar, Cécile Fatiman levantó su voz.
Era sacerdotisa del vudú, pero también era puente entre mundos: entre los vivos y los ancestros, entre el miedo y la decisión. Bajo la lluvia, su canto abrió una grieta en la historia.
Los tambores respondieron como si fueran corazones. Y allí, en ese instante de fuego y barro, nació la insurrección de 1791. Fatiman no solo encabezó una ceremonia: encendió la primera chispa de la libertad negra en el continente.Dicen que Sanité Bélair caminaba hacia la batalla con la misma serenidad con la que otras mujeres caminan hacia el mercado. Era comandante, estratega, guerrera. Cuando el ejército francés la capturó, intentaron imponerle la postura de la derrota: querían que muriera sentada.
Sanité se negó. Murió de pie, como se mueren las montañas, mirando de frente, sin renunciar a su condición de mujer libre. Su último gesto fue una lección para el mundo: la libertad no se negocia, ni siquiera ante la muerte.
En Crête-à-Pierrot, donde el aire se llenaba de pólvora y esperanza, Marie-Jeanne Lamartinière se movía como un relámpago. Su figura, pequeña y firme, se convirtió en símbolo de disciplina y coraje.
Cargaba armas, atendía heridos, combatía. Era la certeza de que la revolución tenía también manos femeninas, manos que no temblaban.
En medio del asedio, su valentía era un faro que guiaba a quienes dudaban. Marie-Jeanne fue la prueba viva de que la libertad también se escribe con el pulso de las mujeres.
Antes de ser héroe, Dessalines fue discípulo. Y su maestra fue Toya Montou, guerrera legendaria, estratega paciente, arquitecta de resistencias.
Toya enseñó a luchar, pero también a sobrevivir, a organizar, a proteger. Tejió redes de cuidado que sostuvieron a comunidades enteras. Su sabiduría militar era inseparable de su ternura feroz. Toya fue escuela, refugio y espada. Sin ella, la revolución habría tenido menos caminos para avanzar.
Y están también esas que no siempre aparecen en los libros, pero que sostuvieron la vida cuando la guerra amenazaba con devorarlo todo.
Guardianas de la tierra, del canto y de la comunidad. Con sus manos sembraron futuro; con sus voces marcaron el ritmo del trabajo colectivo; con su presencia mantuvieron encendida la llama de la esperanza. Ellas fueron raíz, tambor y alimento. Fueron la certeza de que la libertad no solo se conquista: también se cultiva.
Su presencia desmonta la idea de que la revolución haitiana fue solo un asunto de hombres. Fue, en realidad, una revolución profundamente feminista en su práctica cotidiana.
El castigo contra Haití: la larga sombra que siguió a la libertad
Cuando Camille Chalmers avanzó hacia el siglo XIX y XX, el salón de la ACNU pareció encogerse. Su voz, firme y pausada, abrió un corredor de hechos que estremeció al auditorio.
La revolución haitiana —esa hazaña que hizo temblar a los imperios— no fue celebrada por el mundo colonial. Fue recibida como una amenaza. Y la respuesta, como él explicó, fue una maquinaria de castigo que se extendió por generaciones, como una sombra que nunca dejó de crecer.
Primero vino el silencio, ese aislamiento diplomático que intentó borrar la revolución de los libros y de la memoria. Se negó su existencia, se ocultó su impacto, se prohibió su ejemplo. Era la estrategia más sutil y, quizás, la más cruel: hacer como si Haití nunca hubiera conquistado la libertad.
Luego llegó la deuda de 1825, impuesta por Francia con la arrogancia de quien se cree dueño del mundo. Una deuda imposible, equivalente al 300 % del PIB haitiano, que drenó la sangre económica del país hasta 1947. Durante más de un siglo, Haití pagó por haber sido libre.
Después, el siglo XX trajo la ocupación estadounidense (1915-1934). Fueron años de incendios, matanzas, destrucción del campesinado, y una migración forzada que empujó a miles de haitianos hacia Cuba. La ocupación no solo tomó tierras: tomó cuerpos, tomó vidas, tomó futuro.
Los golpes de Estado siguieron como estaciones de una tormenta que no cesaba. En 1991, en 2004, cada ruptura institucional fue un intento de impedir que Haití construyera un proyecto democrático propio, sin tutelas ni imposiciones.
Las misiones de la ONU, que debían traer paz, trajeron muerte. Introdujeron el cólera, una enfermedad que nunca había existido en Haití, y que dejó 40 000 muertos. La tragedia llegó con uniforme azul y bandera de Naciones Unidas.
A todo esto se sumaron las narrativas racistas, como aquella acusación infame que pretendió culpar a Haití del origen del VIH. No era solo una mentira: era un intento de convertir a un pueblo entero en estigma.
Y en los años recientes, el castigo tomó la forma del crimen organizado, alimentado por armas que llegaban desde Florida como si fueran mercancía común.
Bandas que destruyen hospitales, universidades, barrios enteros; que siembran miedo y desplazan a miles“Destruyeron 38 hospitales… destruyeron 6 universidades… 1.6 millones de desplazados.” Cada cifra es una vida, una familia, una historia arrancada de raíz.
Lo que Chalmers narró no fue solo una cronología: fue el mapa de una herida. Una herida que, pese a todo, Haití sigue enfrentando con la misma fuerza que encendió la revolución de 1804.
Chalmers describió la situación actual con precisión dolorosa. Las bandas armadas no son delincuencia común: son parte de una estrategia de desestabilización. Han destruido hospitales, universidades, periódicos, carreteras. Han provocado una hemorragia migratoria que vacía al país de médicos, profesores, ingenieros.
En la Universidad Estatal de Haití, relató, “perdimos toda la biblioteca, todo el laboratorio, las tesis de los estudiantes”. La administración pública ha perdido el 40 % de sus cuadros. La vida cotidiana se sostiene en barrios donde brigadas de autodefensa intentan proteger lo poco que queda.
Mujeres haitianas hoy: sostener la vida en medio del derrumbe
En medio de esta crisis, las mujeres haitianas cargan el peso más duro. Chalmers lo dijo con claridad: “las mujeres caminan 100 kilómetros con cargas enormes en la cabeza”. Ellas sostienen la alimentación, cuidan a los desplazados, organizan redes comunitarias, mantienen viva la espiritualidad y la cultura. Son las primeras víctimas de la violencia sexual y las primeras en reconstruir cuando todo se derrumba.
El feminismo haitiano —desde la Solidaridad de las Mujeres Haitianas hasta el Ministerio de la Condición Femenina— lucha por sobrevivir en un contexto donde la violencia patriarcal se mezcla con la violencia imperial.
Episodios luminosos: la hermandad que sostiene al Caribe
La conferencia de Camille Chalmers no solo habló de heridas. También abrió un espacio para la luz. Porque la historia haitiana, aun en medio del castigo, ha sido un faro para otros pueblos. Y otros pueblos, a su vez, han respondido con gestos que atraviesan océanos y generaciones.
Haití apoyó a Miranda y a Bolívar cuando ambos buscaban un horizonte de libertad para América Latina. Les dio armas, barcos, soldados, y también algo más profundo: confianza. En un momento en que los imperios parecían invencibles, Haití les ofreció la certeza de que la libertad era posible. Fue un acto de generosidad política y humana que cambió el destino del continente.
En 1935, Haití extendió su mano a Etiopía, cuando la invasión italiana amenazaba con borrar la independencia africana. Enviaron recursos, apoyo moral, solidaridad. Fue un gesto que cruzó el Atlántico como un puente de dignidad entre dos pueblos negros que se reconocían en la misma lucha.
En los años 60, Haití envió profesores a África, a países recién independizados que necesitaban manos, mentes y corazones para construir escuelas, universidades, instituciones. Aquellos maestros haitianos fueron semillas: sembraron ciencia, sembraron futuro, sembraron esperanza en tierras que renacían.
Y Cuba, que conoce de resistencia y de heridas, ha respondido con la misma ternura política: brigadas médicas que han salvado miles de vidas, cooperación en momentos críticos, reconocimiento histórico a un pueblo que siempre estuvo del lado de la libertad.
La solidaridad cubana con Haití es una historia de manos que se buscan, de pueblos que se acompañan, de afectos que sobreviven incluso a las crisis más duras.
La relación entre ambos pueblos —entre Haití y Cuba, entre Haití y el Caribe— es una historia de resistencia compartida, de luchas paralelas contra el colonialismo, de sueños que se sostienen mutuamente.
Es una memoria tejida con gestos luminosos, con barcos que cruzan mares, con maestros que cruzan continentes, con médicos que cruzan fronteras, con corazones que cruzan épocas. Es, en esencia, la certeza de que ningún pueblo está solo cuando otro pueblo decide acompañarlo.
La conferencia de Camille Chalmers dejó una idea central: Haití no es un fracaso. Haití es una nación que ha sobrevivido a una guerra imperial de más de dos siglos. Ha dado al mundo la primera revolución antirracista y antiesclavista victoriosa. Ha sostenido una cultura que desafía al capitalismo y al racismo. Y hoy resiste gracias a su gente, a su espiritualidad, a su historia y, sobre todo, a sus mujeres.
El Caribe tiene una responsabilidad: acompañar la lucha haitiana por reparaciones históricas, soberanía y paz.



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