Por Marilys Suárez Moreno
Con la llegada del octavo mes del año, una fecha se hace visible, el 13 de agosto, cumpleaños de Fidel en el año de su centenario. Y aunque sabemos que físicamente no nos acompaña, entre nosotros, las cubanas y los cubanos, siempre está presente
Bajo su liderazgo, la lucha contra bandidos, el Escambray y la invasión por Playa Girón fueron hitos en su aprendizaje histórico. En este último punto de la geografía cubana, la llamada Bahía de Cochinos, su audacia política y militar relumbró con esa primera derrota imperialista en América. Volvería a crecerse durante la Crisis de Octubre, donde “pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días”, diría el Che.
Desde los primeros momentos de la lucha, Fidel tuvo como basamento que la revolución no debía hacerla un grupo, sino el pueblo. Legado presente en el desarrollo posterior del proceso revolucionario. Cuando el juicio del Moncada, el fiscal, al preguntarle al joven si contaba con ayuda para el éxito de su plan, su respuesta fue tajante:
“Solo contábamos con nuestros propios esfuerzos y con la ayuda de todo el pueblo de Cuba”. Y enfatizó: “Sí, con el pueblo. Yo creo en el pueblo”. Años después del triunfo, reiteraba su fe en los destinos patrios desde los días duros del Moncada, el Granma y la Sierra.
Con tesón y maestría, Fidel borró diferencias sociales y raciales y erigió con raíces de futuro el recio edificio de una Cuba revolucionaria y socialista. “Nuestra fortaleza es el pueblo, insistía, convencido de que la mayor riqueza estaba en las enseñanzas de la historia y en la fe invencible de sus ideas.
Así lo recordamos en los días de la Reforma Agraria, la Campana de Alfabetización y la lucha internacionalista en Angola. Hitos de un pueblo devenido ejemplo merced de un líder por excelencia.
A pocos días de su nacimiento en Birán, en 1926 lo recordamos capeando ciclones y temporales, llegando de improviso a los lugares parta que nadie le hiciera cuentos, buscando siempre el conocimiento, la verdad no amañada, inquiriendo una y otra vez sobre determinados temas de los que era un avezado, porque estudiaba, leía y analizaba sus causas y razones.
Como siempre dijo, al pueblo hay que hablarle con la verdad. “Soy revolucionario producto de mi propio análisis, de mi propio juicio, de mi propia observación de las realidades”, reflexionó desde la profundidad de sus convicciones.
Hoy, cuando ya no nos acompaña físicamente, lo sabemos aun, timonel de la Revolución y ejemplo imperecedero para su pueblo.

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