Por Lauren Rodríguez Gutiérrez, estudiante de Periodismo.
Si sigues de cerca las tendencias en redes sociales, seguramente habrás escuchado hablar del movimiento tradwife ̶ tradwives en plural ̶ y del debate público que despierta en torno al papel de la mujer en la sociedad.
Este fenómeno, que seduce a ciertos sectores, desencadena tensiones entre la estética vintage que romantiza al patriarcado y las luchas feministas por la igualdad y los derechos de la mujer.
De acuerdo con el escrito ¨¿Qué es una tradwife? El movimiento que genera polémica en Estados Unidos¨, promueve una narrativa del ¨rol correcto¨ para la mujer, centrada en permanecer en el hogar, depender económicamente de un hombre y renunciar a espacios de autonomía personal y profesional.
Esta visión se apoya en la lógica cristiana nacionalista que sostiene la idea de que solo ciertas personas son aptas para tomar decisiones, en su mayoría hombres de clase alta.
Mercedes Jones, directora de Proyectos del Centro de Innovación Social de la Universidad de San Andrés, advierte: ¨Lo que estamos viendo es una tendencia que, desde las redes sociales, fomenta los roles tradicionales de las mujeres como amas de casa, esposas y madres y ubican a los varones como proveedores, es un fenómeno social complejo e interesante con muchas perspectivas confrontadas¨.
De este modo, el discurso tradwife reproduce jerarquías de género y refuerza estructuras de poder excluyentes que limitan la participación femenina en la esfera pública.
Contrario a lo que se pudiera imaginar, lo más llamativo no es la imagen de idealización de la sumisión, sino que sus principales promotoras son mujeres, como Erika Kirk y Hannah Neeleman, que desde sus propios espacios digitales, defienden y difunden la narrativa de retorno al hogar.
Los ideales del movimiento se entienden mejor a la luz de la frase de Simone de Beauvoir: ¨El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos¨.
La paradoja radica en que, al presentarse como una elección libre, invisibiliza las condiciones históricas y sociales que han normalizado la subordinación femenina, convirtiendo a la propia mujer en agentes de reproducción del sistema que las oprime.
El 7 de junio de 2026, se desarrolló en Texas la Women's Leadership Summit, organizada por Turning Point USA. El evento reunió a figuras como Erika Kirk, Riley Gaines, Allie Beth Stuckey, entre otras.
Con debates sobre holística, empoderamiento y redimir, la cumbre congregó a unas 3 000 mujeres conservadoras. Lo que inicialmente se presentó como una cumbre de liderazgo femenino, rápidamente se convirtió en centro de polémica al plantear el llamado ¨voto por hogar¨.
Este postulado proponía sustituir el voto individual, por un voto único ejercido por el esposo en representación de toda la familia, relegando a la mujer a la condición de dependiente política.
Aunque carece de validez legal frente a la Decimonovena Enmienda de 1920, que garantiza el voto femenino en el país, su sola formulación evidencia un retroceso simbólico e histórico de más de un siglo.
No podemos decir que estamos frente a un fenómeno que surgió de la nada. Analizarlo implica mirar más allá de la moda que propone la era digital y reconocerlo como parte de una escena cultural y política mucho más grande. Pero, ¿por qué?
En los años 60 y 70, el Movimiento de Liberación de la Mujer, liderado por la periodista y activista Gloria Steinem, buscaba la igualdad de derechos y oportunidades, así como mayor libertad para las mujeres e impulsó la Equal Rights Amendment (ERA).
El mismo surgió ante un contexto de dominación patriarcal, las activistas tuvieron que adoptar enfoques innovadores para promover el feminismo.
Según el escrito ¨Gloria Steinmen¨ del sitio digital El Laboratorio de Decisiones, un importante aporte de Steinmen fue la creación del Caucus Político Nacional de Mujeres en julio del 71, con el objetivo de asegurar la participación de más mujeres pro-igualdad en cargos públicos, especialmente en puestos de formulación de políticas.
No obstante, figuras como la conservadora Phyllis Schlafly encabezaron el movimiento en oposición a la enmienda, argumentando que destruiría los roles tradicionales de esposa y madre.
¨Ya que somos las mujeres las que tenemos bebés y no hay nada que podamos hacer al respecto, nuestras leyes obligan a los maridos a apoyarnos (…). (…) Esa es su obligación, solo suya. Y eso es precisamente lo que perderemos si se aprueba la enmienda¨, argumentó Schlafly. Ella y sus seguidoras transformaron la subordinación en un ¨privilegio¨ y frenaron la ratificación de la ERA.
Este antecedente demuestra que la resistencia a la igualdad no es nueva: se reinventa con cada generación. La fragilidad de los derechos femeninos se evidenció, también, en la derogación de Roe v. Waden en 2022, cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos anuló el derecho constitucional al aborto. Ahora que se regula a nivel estatal, el país no puede clasificarse como poseedor de una ley protectora.
Como exponen datos publicados por el Instituto Guttmache en uno de sus textos, la decisión deja a alrededor de ¨22 millones de mujeres estadounidenses en edad reproductiva viviendo bajo leyes sumamente restrictivas¨.
Estos retrocesos forman parte de un proceso gradual, donde el debate público abre el camino a transformaciones regresivas, con discursos aparentemente inocentes, que socavan identidades. Narrativas, tales como el audio ¨I'm just a girl (soy solo una chica) ¨ viral en TikTok e Instagram o los post de explicar el fútbol en términos girlys, minimizan la inteligencia femenina.
Del mismo modo, el papel de las celebridades es decisivo porque amplifican discursos en la esfera pública. Cuando una figura con millones de seguidores adopta o rechaza el feminismo, su postura se convierte en referente cultural para las generaciones emergentes.
Prueba de ello, es la tendencia del clean girl, popularizada por celebridades como Hailey Bieber y el soft life, estéticas de moda que tienden a normalizar la vida doméstica, la discreción y la sumisión.
Asimismo, la cantante Lana del Rey, quien ha sido criticada por romantizar la fragilidad femenina y la violencia doméstica en su música, contribuye a idealizar la feminidad como renuncia a la autonomía, dependencia emocional y nostalgia por un pasado patriarcal. Todo esto favorece la percepción de que la igualdad es opcional y no un derecho inalienable.
Entonces, es válido preguntarse si las mujeres que promueven estas posiciones podrían sostener sus discursos en un contexto donde renunciaran a los derechos conquistados tras décadas de lucha femenina por la igualdad.
¿Son realmente conscientes de que si hoy pueden expresarse libremente en redes sociales, participar en conferencias públicas, incluso, decidir su futuro es fruto de esas conquistas?
En este escenario, el tradwife representa una amenaza a décadas de conquistas. Resulta imperioso recordar que los derechos no son concesiones, constituyen el resultado de años de sacrificios.
Retroceder en estos avances no solo implicaría perder la posibilidad de elegir representantes políticos, sino de quedar excluidas de la esfera pública y de las decisiones que afectan la propia vida de las mujeres.
Además, se pondrían en riesgo otros derechos alcanzados, como el acceso a la educación, al trabajo remunerado y a la autonomía sobre sus propios cuerpos.
En definitiva, la estética, los videos de vida doméstica idealizada y el discurso de libre elección no son más que un retroceso en materia de igualdad que pone en jaque derechos que han costado sangre, sudor y lágrimas.

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