jueves, 23 de julio de 2026

Ellas ganan y no las vemos




Por Mariacarla de Guadalupe Quincosa Guerra

El dominio del fútbol español es un hecho incuestionable luego de este 19 de julio último. Con 16 títulos internacionales en cinco años, las selecciones masculina y femenina han construido una hegemonía nunca vista. 

Sin embargo, bajo esa ola de éxito colectivo se esconde una paradoja incómoda, a pesar de que la selección femenina acumula más títulos en el último lustro, su repercusión social y mediática sigue sin corresponderse con el de sus compañeros de profesión.

Desde 2022, el fútbol femenino español ha conquistado 11 títulos entre todas sus categorías, incluyendo la Copa del Mundo de 2023 y dos Ligas de Naciones. 

En el mismo periodo, el fútbol masculino ha celebrado 5, con la Eurocopa de 2024 y el reciente Mundial de 2026 como joyas de la corona. Ellas han ganado más del doble, pero en el imaginario colectivo y en el pulso de la calle, la narrativa aún se inclina hacia otro lado.

No se trata de restar mérito, lograr el triplete Eurocopa, Liga de Naciones y Mundial en cuatro años, culminando con una final indiscutible en Nueva Jersey, es una hazaña generacional. 

El problema es de foco, no de fútbol. Mientras la coronación en Norteamérica 2026 paralizó al mundo y multiplicó las portadas, la segunda Liga de Naciones femenina consecutiva, levantada en diciembre de 2025, pasó con una cobertura infinitamente menor, eso es la brecha de la visibilidad.

Esta asimetría no se explica por la calidad del juego, sino por una inercia histórica. La exfutbolista y periodista María Garrido lo recordaba en BBC Sport: "Hace diez años, cuando jugaba en el FC Barcelona, no existía La Masia para chicas. Nosotras pagábamos nuestros gastos de transporte, nuestros padres nos llevaban a entrenar y no ganábamos nada". 

El punto de partida fue tan desigual que, aunque la revolución del deporte ha sido feroz con la creación de academias, categorías juveniles y mejores condiciones, el reconocimiento público aún corre con desventaja.

El fenómeno tiene sus raíces en la costumbre, mientras el fútbol masculino lleva décadas siendo el deporte rey, con una estructura mediática y publicitaria consolidada que genera una identificación masiva e instantánea, las jugadoras han tenido que construir su relato desde cero en muy poco tiempo. 

Hoy, nombres como el de Lamine Yamal, titular en una final del mundo con 19 años, resuenan en todas partes. Pero ¿ocupa el mismo espacio mediático Vicky López, de la misma edad, tres veces ganadora de la Champions y bicampeona de la Liga de Naciones? Probablemente no.

No es una competencia entre ellos y ellas. De hecho, la gran noticia es que España es el primer país en la historia en ser campeón del mundo masculino y femenino de forma simultánea, un hito simbólico que hermana ambos éxitos. 

La cuestión es más profunda, tiene que ver con la capacidad de una sociedad para celebrar con la misma intensidad los logros de sus deportistas, independientemente de su género. Porque mientras una Copa del Mundo femenina se despacha como un evento puntual y la masculina se vive como una epopeya mundial, la igualdad real en el deporte seguirá siendo una asignatura pendiente.

España ha demostrado tener la mejor cantera, los mejores técnicos y una idea de juego que domina en todas las categorías. El fútbol femenino español ya no pide permiso, pide altavoces. 

La tormenta perfecta de talento existe en ambos lados. Ahora falta que los focos iluminen ambos campos con la misma intensidad. El verdadero triunfo, como sociedad, llegará cuando una parada de Cata Coll se celebre con el mismo fervor colectivo que un gol de Ferrán. Y en eso todavía se va perdiendo.

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