sábado, 3 de mayo de 2025

Crónica de los dos panes que cambié por una cola


Por Aime Sosa Pompa

Los gritos de ¡ÚLTIMO!, llegan de esquina a esquina, chocan con los carros que pasan con lentitud, (no son tantos, la crisis de combustibles es casi tan oportuna como la de la harina); y van aumentando los espacios llenos en el parque.

Fuertes vientos llevan y traen muchos naylons desde uno de los tanques desfondados de basura en la esquina. En una de ésas ráfagas, una caja mediana que antes llevaba cerveza, me hace recoger las piernas y desviarme del libro que estoy leyendo. Es el cartón vacío, no las sombras de las latas de cervezas lo que me entretiene. Ahora resulta que Vargas Llosa está menos interesante por lo que se va formando a mi alrededor.

Es la segunda vez que regreso a comprar panes. Son los más baratos de toda esta comarca en tiempo presente y los más reclamados del día a día por estas personas que me rodean.

En la mañana, 10 y pico, no alcancé y me pareció ver algo de rabia contenida en los ojos de la señora con nasobuco y muleta que estaba cerca de mí por haber hecho una cola por gusto, de más de 2 horas. Fue una retirada llena de murmullos: "¡¿cómo que se acabó el pan?!, ¡¿Pero y cuánto pan hicieron!? A las 4, a las 4, a las 4 de la tarde".

Entonces partí a castigarme con un dulce lleno de chocolate y nueces. Pero las otras 3 colas que me encontré a mi paso: la del banco, la del cajero, la de la Mipyme con las 3 pe: picadillo, pollo, y pescado; me hicieron ocultar el manjar de las miradas que podrían ser indiscretas.

Todo fue un desliz infantil, pensaba que alguien me lo podía tumbar con sus ojos malignos. Pero no pasó nada, creo que ni me vieron pasar. Era más importante la velocidad con la que se entregaba el dinero.

     

Ahora, 6 horas después, hay movimiento hacia la puerta de la panadería. Me levanto ágil mientras los dos señores que están como yo sentados en los bordes de concreto del parque, con los pies estirados entre palos, hormigas, piedras y vidrios rotos; tardan más por sus rígidas rodillas. Antes éramos 35, 10 mujeres y sólo 1 adolescente.

Ahora somos 63, ni cuenta me dí del crecimiento de esta masa disgregada de personas. Por cierto, siguen siendo pocas las mujeres. Reconozco a la señora que me miró con rabia esta mañana y le agrego una gorrita playera mientras noto que comienzan a llegar niños solos, sin ningún adulto.

Ya a mí se me olvidó cómo era esto cuando me tocaba ir a buscar el pan allá en mi casa natal. Sustituí los recuerdos con las oportunidades que me daban los pasteles orientales rellenos con mermelada de guayaba en la dulcería de al lado, que me los despachaban calienticos, en una bolsa casi de su mismo color. Recuerdo que con ellos me escapaba a las casas de mis amiguitas que vivían cerca. Más de 40 años después no quedan ni ellas ni ellos.

La película está en blanco y negro, son negativos de mis desmemorias. De momento todo se mueve como un resorte y se forma una serpiente de muchos pies en la acera de enfrente.

Entro en pánico... ya ni recuerdo detrás de quien iba y eso es un pecado que ni el mayor despojo puede exorcizar. Pero la señora que va detrás de mi, sonriendo me da las señas. Me relajo, cola organizada. ¡Ah, y sin gritos!

Al momento, la dependienta hace una aclaración oportuna justo en la puerta de la panadería, parece una faraona hablando a sus súbditos que le obedecen de inmediato:

―"Mírenme, mírenme a los ojos, quien no venga con la tarjeta abierta en la página 15 no le voy a vender el pan".

Vuelvo a entrar en pánico y reviso la dichosa tarjeta ―ese cuadernillo donde se registran los alimentos normados que se despachan en establecimientos comerciales estatales que ni sé aún cuántos pliegos tiene y donde ni siquiera aparezco―, hasta encontrar la tan recurrente página.... suspiro y le hablo a la química del cerebro para tranquilizarla:

― ”Jum... qué clase de c.... soy.... ¡Asustarme con ésa amenaza! Si ahí solo están las casillas que se marcan cuando te devuelven esa pequeñita bolita de harina y algo más, que boba soy, la cola me ha puesto susceptible”.

Ya comienza a moverse y cuando llego resulta que no me pueden dar los 7 panes de adelanto, que es una especie de convenio con quienes por problemas de salud no pueden ir todos los días y el sábado se les despachan todos. Hoy solo se pueden coger 2, como todas las demás personas, la crisis de harina es nacional no local.

Entonces caigo en la cuenta ―yo con mi despiste―: todos hemos hecho una cola por casi 6 horas, en la tarde y antes en la mañana, por una pareja de mini panes que si los estrujo en un puño se encogerán en casi dos semillas.

Salgo con el orgullo intacto, por lo menos lo intenté. Mientras, ―¡qué cosas tiene la vida!― pasa un vendedor alabando unos pasteles orientales que nunca serán los verdaderos, y en la esquina me encuentro decenas de mangos de biscochuelo ―¡en abril!― con su perenne olor a ricura, a 250 pesos la libra. Arrastro los recuerdos de mi infancia y me dejo ir por la avenida casi solitaria.


De momento me llega a la mente una imagen. Cuando me paré de mi asiento natural, sombreado y con ventolera, había una pequeña flor que resistía contra todo pronóstico las rachas que podían tumbarla o secarla.

Así mismo estoy ahora, mientras voy a mi refugio temporal para alimentarme del presente, con solo dos panes y las tremendas ganas de escribir, gracias a ellos, una crónica donde no sean los protagonistas.

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