Por Aime Sosa Pompa
¡Cuánto tiempo hace que no recibimos una letrica tuya!, no dejes de escribirme ahora y contarme de todo,… ¡Si vieras las cosas que se han hecho posibles aquí!
A Vilma le gustaba escribir cartas, ese don preciado de quienes, con cierta dedicación y casi amor al papel, estaban acostumbrados a un hábito que enlazaba deseos, historias e impresiones que después podrían convertirse en memorias. Porque casi siempre esas cartas, las recibidas, se guardaban como tesoros y servían como puertas al pasado de sus remitentes. Algo así sucede con esos pliegos que se disfrutan, aunque sean documentos históricos, en el libro El fuego de la libertad.
Preguntas, frases que son claves escondidas, nombres y asombros de varios momentos en la vida de esta mujer admirable, que se dibuja con mayor nitidez en esta segunda edición de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y la Editorial de la Mujer, 2024. Un estilista apreciaría en esas misivas un lenguaje coloquial y afectivo. Lo cierto es que, por ejemplo, en la carta que le envía a Celia Sánchez Manduley, Vilma emplea diminutivos ("letrica", "viajecito", "muchachitas") y expresiones cariñosas ("monísima", "abrazos"), que refleja una relación cercana y de confianza. Ese tono íntimo sugiere camaradería y solidaridad, esencial en contextos revolucionarios.
Sus exclamaciones relucen por el entusiasmo, sus frases son cadenas de palabras llenas de optimismo y energía, mientras se mezclan temas personales y asuntos revolucionarios sin transiciones formales, típico de una comunicación urgente y práctica, como cuando pasa de hablar de los avances educativos a advertir sobre los riesgos para Fidel. No es un texto inocuo para ojos ajenos, es un documento táctico y sensible, escrito pocos meses antes del triunfo de la Revolución, en un momento crítico donde la coordinación entre frentes rebeldes era vital para la ofensiva final contra el ejército batistiano.
[Soñar no cuesta nada. Luchar para hacer realidad los sueños cuesta, cuesta mucho, y mucho ha costado a este pueblo en esfuerzo denodado, en diario batallar].
Son muchas las páginas que engrandecen el propósito de este libro. Y se deben destacar por demás, los extractos de las anotaciones que en algún momento escribió Vilma, que nos hacen recordar aquellos tomos de José Martí, donde esos fragmentos de su extensa papelería, dejaron ver más, por ser semillas de fecundos pensamientos, que otras escrituras.
En las notas para un conversatorio impartido en la FMC, Vilma afirma que mucho le ha costado al pueblo cubano soñar [...] llevar adelante en medio de las más adversas condiciones, enfrentando al más poderoso enemigo, los sueños de justicia y equidad social que a lo largo de la historia de la humanidad fueron concibiéndose y dando sustento a las más hermosas epopeyas de los pueblos por lograrlos”.
En otro momento, cuando apunta la importancia de la participación de las mujeres desde la federación, hace una advertencia sumamente vital que se mantiene vigente, como si fuera una lumbrera en medio de ciertos frenos para el desarrollo pleno de esa sociedad soñada: “No clichés, no dogmas marxistas. Si la sabiduría marxista se imparte como un dogma […] no contribuye a la asimilación de sus bases científicas, cuya aplicación pueden determinar los cambios positivos en la sociedad [...] Enseñar a pensar: esta es la base de todo cuanto podamos alcanzar en el desarrollo de nuestros planes revolucionarios [...]”.
No quiero que mis hijos sean espectadores
También se pueden leer ciertas páginas que podrían describirse como más intimistas, como una madre que ansía por dejarle consejos a sus hijos e hijas, y aprovecha para darle rienda a una confesión que se antoja hoy en día como una especie de plegaria maternal, más que revolucionaria, una renovadora visión de un futuro comprometido para las nuevas generaciones.
“En esta terrible lucha en que pugnan por abrirse paso lo bello, lo verdadero, lo justo, a pesar de todo el dolor que entraña, sabiendo cuánto dolor implica, no quiero que sean espectadores, quiero que sean participantes [...]. Quiero que desde ahora estén en contacto con la naturaleza, que conozcan cuánta belleza entraña la vida primitiva y cuán dura puede ser. […] que participen a plenitud del diario milagro del amanecer en el mar o el atardecer tras la montaña”.
Una frase que se repite: “Este contacto con la naturaleza[…]”, con la sabiduría de quien conoce perfectamente el poder sanador de lo que nos rodea y se cuida para bien. Un reclamo para una prole que ve crecer ante sus ojos y que debería ser deseo para todos y todas: “[…] fuertes de mente y de cuerpo, pero sobre todo de espíritu”.
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