Por Lisandra Pérez Coto
Si te digo que en Cuba se ponderan y respetan los derechos de la comunidad LGBTQ+ seguramente no estarías de acuerdo. Como tampoco lo estarías con la afirmación de que se trata de una comunidad marginada, invisibilizada o sin herramientas.
¿Por qué esta ambigüedad entonces? Porque en una sociedad fuertemente construida desde el heteropatriarcado, como la cubana, a veces no basta con el respaldo legal (todavía con deudas en este sentido) sino que es preciso transformar también desde lo cultural, una tarea, ya sabemos compleja y multifactorial.
A propósito de la reciente jornada cubana contra la homofobia y la transfobia, volvemos sobre este tema, complejo y necesario, en tiempos donde los retrocesos en materia de derechos amenazan desde la hegemonía mundial.
Aunque siempre ha sido un tema pendiente, hace solo algunos años, primero con el debate y aprobación de la constitución cubana en 2019 y luego con la discusión popular de un nuevo Código de las Familias, el heteropatriarcado y las profundas raíces machistas de nuestra sociedad mostraron sus peores caras.
Lo que a todas luces ofrecía un nuevo abanico de oportunidades y derechos, no solo para la comunidad LGBTQ sino para todas y todos, se convirtió en un escenario más para cuestionar, para censurar, para invisibilizar.
Por suerte, el nuevo código refrendado por aproximadamente el 87 por ciento de la población cubana, pone en blanco y negro el deber ser para solucionar los múltiples retos que limitan su plena inclusión y ejercicio de derechos, pero todavía, no basta.
¿Por qué no son suficientes estas leyes progresistas? ¿Qué ha ocurrido cuando estos derechos se vulneran? ¿Existe hoy respeto y apego a estas leyes en Cuba?
Aunque es evidente que la sociedad cubana muestra mayor apertura y tolerancia hacia la diversidad sexual, la homofobia y la transfobia siguen siendo problemas latentes.
Basta con que la telenovela cubana dedique páginas de su guion a reflejar las realidades de estas personas para que se muestre la contradicción entre la voluntad institucional y los rezagos patriarcales, esos que enervan a los más hipócritas y conservadores ante la simple sugerencia de un trío amoroso.
¿Qué barreras aún limitan a la comunidad LGBT en Cuba?
Muchas, sobre todo de carácter simbólico que luego se expresa en discriminación por motivos de orientación sexual e identidad de género, propagándose a planos como el acceso al empleo y la inclusión social.
Al parecer, no es suficiente que sean cuestiones penalizadas. Aunque en menor escala que en años anteriores, directivos y empleadores siguen exigiendo que mujeres trans, por ejemplo, puedan ejercer su trabajo y asumir su identidad de género. Del mismo modo, aunque no de manera explícita, también se limita muchas veces su acceso a cargos de dirección.
En otro extremo tenemos la violencia de género, un tema que no se limita solo a la agresión contra mujeres, sino que también incluye ataques y discriminación hacia quienes no se ajustan a las normas heteronormativas y a las masculinidades hegemónicas.
Esta violencia tiene múltiples matices y requiere un reconocimiento y atención constante para romper el círculo vicioso de exclusión y agresión.
Asimismo, si bien se reconoce en el Código de las Familias, se ven limitados sus derechos sexuales y reproductivos, pues el acceso a tratamientos como la fecundación in vitro para parejas diversas así como las cirugías de reasignación de sexo, resultan complejas, evidenciando la necesidad de políticas públicas más inclusivas y sensibles a estas realidades.
¿Se trata solo de mejorar las políticas públicas o hacer valer las leyes?
Es fundamental, pero otras aristas conforman el asunto. El activismo y la educación son herramientas clave para combatir la discriminación.
Si bien el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) ha impulsado jornadas y campañas contra la homofobia y transfobia, promoviendo el respeto y la no discriminación, es importante reconocer y visibilizar el trabajo de otros grupos y colectivos que también imprimen esfuerzo y valentía a exigir, promover y hacer cumplir los derechos de estas comunidades.
Por otra parte, no podemos hablar de respeto a lo establecido, ni de comprensión social de un fenómeno, si desde la educación se siguen fomentando patrones heteronormativos o se ignoran estas realidades.
Es fundamental que esta educación se extienda a todos los niveles, incluyendo a las fuerzas del orden, para erradicar prejuicios y garantizar que ser homosexual o transgénero no sea motivo de persecución o agravante en delitos.
No caben en esta lucha las discrepancias entre el activismo independiente y la institucionalidad. La lucha es común y alcanzar el consenso es vital para impulsar ese objetivo no logrado aún en Cuba: garantizar los derechos para todas las personas.
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