miércoles, 14 de mayo de 2025

Prevalencia de la honestidad


Por Marilys Suárez Moreno

Como hemos dicho alguna vez, la honestidad no viene en el ADN, por lo que tempranamente debemos inculcarle a niñas y niños el sentido de la responsabilidad, del respeto por las pertenencias ajenas, y algo muy importante, por la propiedad social. Y es que la honestidad debe prevalecer en todos los espacios de la vida.

En la casa, en el trabajo, en la escuela y en toda la sociedad, la honestidad es un blasón de la decencia. La persona honesta aúna en su ser grandes valores y, con seguridad, es mucho más feliz que muchos de sus semejantes.

A veces, casi sin darnos cuenta, pequeñas incidencias en la vida familiar inicia al niño o niña en la deshonestidad. Es posible que cometa errores a causa de su lógica inexperiencia o de ejemplos negativos, pero si no se procede a tiempo puede generarse una conducta antisocial y desarrollar una personalidad que haga del embuste y la falsía un vicio y una razón de ser.

Los paradigmas son esenciales en la infancia y resultan básicos para futuros procederes personales. De hecho, mientras más temprano se despierte en las infancias esa sensibilidad hacia lo que enaltece a la persona, mayores serán las posibilidades de hacer de ellos hombres y mujeres de bien. Estas son cualidades que han de cultivarse constantemente, aprovechando desde la lectura de un libro, una historieta o una película, hasta el momento de reunirnos en la casa o de participar juntos en algún paseo o actividad.

Actitudes individualistas, egoístas, que ponen el interés por encima de la propia dignidad, califican en el nocivo panorama de la indisciplina social que hoy padecemos. De ahí que los valores dirigidos a resguardar una conducta decente, honesta, tienen que formar parte de esos patrones conductuales que deleitan y cautivan cuando se ejercen de manera natural.

Las formas de conducta que se evidencian en el trato correcto y los buenos modales no solo son agradables por sí mismos, sino que además, incorporan características positivas a la personalidad de infancias, adolescencias o juventudes, de gran valor para su desarrollo personal.

No es alentando conductas egoístas y deshonestas en los hijos e hijas, sino educándolos en la modestia, la ética, la responsabilidad, el civismo y la bondad, que serán felices.

Como dice el refrán: quien siembra, cosecha, por ahí anda la cosa, en las acciones de la vida cotidiana.

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