lunes, 2 de noviembre de 2026

La isla de los milagros



Una crónica sobre el miedo, la esperanza y quienes sostienen la salud pública cubana en tiempos de oscuridad.


Por Marilys Zayas Shuman 

Hay miedos que una no sabe explicar hasta que le toca vivirlos. El miedo a un diagnóstico, a escuchar una palabra que puede cambiarlo todo, a una operación. Miedo, también, a no tener a mano todo lo necesario para enfrentarla. Porque en Cuba, hoy, enfermarse supone lidiar no solo con la incertidumbre propia de cualquier padecimiento, sino también con otras preguntas que inevitablemente se instalan en la cabeza: ¿habrá los insumos?, ¿estarán los medicamentos?, ¿podrá realizarse la operación?, ¿cómo estarán las condiciones del hospital?, ¿y si falta algo?

En esos días descubrí que el miedo tiene muchas maneras de manifestarse. A veces descontrola tu presión sin previo aviso, a veces se disfraza de preguntas, otras de silencio. 

Una intenta mostrarse fuerte, tranquilizar a quienes están alrededor, pero por dentro necesita que alguien le diga que todo va a salir bien. Y entonces aparece una mirada.

La mía tuvo nombre: Eloina.

Hay algo extraordinario en la capacidad de algunos profesionales de la salud para transmitir confianza. Eloina me miró a los ojos y me dijo que tenía solución. Que sí, que claro que entendía las preocupaciones de todo el mundo. No hizo falta un discurso demasiado elaborado. Su seguridad, su manera de hablar y aquella sonrisa fueron abriendo un espacio para la esperanza allí donde hasta entonces solo había incertidumbre.

Después supe que aquella doctora vive a kilómetros de la parada donde puede encontrar un transporte para llegar a su trabajo. Que también enfrenta los apagones, las dificultades para trasladarse, las limitaciones de estos tiempos. Que tiene sus propias tristezas. Todavía guarda luto por su madre, que partió y que sigue presente en sus conversaciones, como sucede con esas ausencias que nunca terminan de irse.

Y, sin embargo, allí está. Con su bata, su responsabilidad y el pulso firme frente al bisturí.

En medio de la oscuridad y de las dificultades de comunicación, encontró la manera de hacerme llegar un mensaje para saber cómo evolucionaba. Puede parecer un gesto pequeño, pero no lo es. En ese mensaje había algo que va más allá de la obligación profesional: la preocupación genuina por una persona que había pasado por sus manos.

Cuando me dijo, con ese sano orgullo que solo puede sentir quien sabe que ha hecho bien su trabajo: «Estás bien operada», entendí cuánto puede significar una frase pronunciada a tiempo.

Tal vez mi historia parezca sacada de un cuento de hadas. Tuvo, gracias a la providencia, un final feliz. Y digo gracias a la providencia porque en tiempos tan aciagos como los que vive esta Cuba mía, a veces tengo la sensación de que estamos cada día más cerca de convertirnos en la isla de los milagros.

Pero ¿qué es un milagro? ¿Algo extraordinario que sucede contra toda probabilidad? ¿Una coincidencia afortunada? ¿O también puede ser el resultado de la voluntad, la preparación, la sensibilidad y el compromiso de personas que, aun cuando las circunstancias parecen ponerse en contra, deciden seguir haciendo lo que saben hacer?

En la sala compartí espacio con enfermeras y enfermeros que atendían a mujeres en etapas preoperatorias y posoperatorias. Mujeres con sus propios miedos, dolores, historias y esperanzas. Allí pude ver de cerca el trabajo de quienes, muchas veces, tienen que inventar soluciones para que no falte lo imprescindible. Buscar un tapón para el trocar, resolver cómo conseguir una bolsa colectora de orina, encontrar una alternativa donde no siempre hay disponibilidad. Y hacerlo sin abandonar la atención, sin dejar de cuidar, sin olvidar que delante tienen a una persona que necesita ayuda.

No quiero romantizar las carencias. No hay nada romántico en la falta de recursos, en los apagones que interrumpen servicios, en las dificultades para trasladarse al hospital o en tener que improvisar con materiales que deberían estar disponibles. Tampoco debería depender de la voluntad individual de una doctora o de una enfermera que una paciente reciba la atención que merece. La salud pública necesita recursos, condiciones dignas de trabajo, medicamentos, equipamiento y respuestas. Nuestros profesionales también necesitan ser cuidados.

Pero sería injusto no contar la otra parte de la historia. Esa que no siempre aparece en las estadísticas ni en los informes sobre el deterioro de los servicios. La de quienes permanecen, quienes buscan alternativas, quienes acompañan, quienes no convierten las dificultades en una excusa para renunciar a la sensibilidad.

Porque la salud pública cubana no puede medirse únicamente por sus carencias, aunque tampoco puede desentenderse de ellas. También está hecha de personas. De manos que operan, de enfermeras que cuidan, de voces que tranquilizan, de mensajes enviados a deshora para preguntar por una evolución, de sonrisas que consiguen iluminar una habitación incluso cuando falta la electricidad.

Mi historia terminó bien. Y no desconozco que hay otras que no tienen el mismo desenlace. Precisamente por eso creo que vale la pena contarla. No para decir que todo está bien, sino para recordar que todavía hay mucho de lo que debemos sentir orgullo y, al mismo tiempo, mucho que tenemos que defender, proteger y mejorar.

A Eloina y a todo el personal de enfermería que compartió conmigo aquellos días les debo algo más que el agradecimiento por una operación y unos cuidados. Les debo haberme devuelto la tranquilidad cuando el miedo parecía ocuparlo todo.

Quizás el milagro no sea que, en medio de tantos apagones, una operación salga bien. El verdadero milagro es que existan personas capaces de encender la esperanza en medio de tanta oscuridad.

Y entonces pienso que sí, que algo de milagro debe haber en la simiente de lo que estamos hechos. En esa vocación de cuidar, en esa sensibilidad que resiste, en esa humanidad que no debería apagarse nunca.

Porque Cuba necesita que sus hospitales tengan luz, que sus quirófanos dispongan de todo lo necesario, que sus enfermeras y médicos puedan trabajar en condiciones dignas. Pero también necesita que no perdamos de vista a quienes, aun en medio de las sombras, siguen poniendo luz en la vida de los demás.

Eloina es una de esas personas. Y yo quería contarlo.

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