viernes, 23 de octubre de 2026

Norma: el patio de la esperanza



Un retrato de Norma, la campesina que trajo el campo a la ciudad y la generosidad a su comunidad. El paso de la Editorial de la Mujer por la provincia de Pinar del Río trajo este encuentro tan alentador con una mujer rural rodeada de edificios, cemento y su pedazo de tierra tratada con amor.


Por Marilys Zayas Shuman, Isel Quintana Freyre y Aime Sosa Pompa 

Quien escucha a Norma Lucía Menéndez Márquez hablar de su patio no puede evitar sentirse transportado a otro tiempo, a otro ritmo. El suyo es un mundo de tierra, de semillas, de frutos que crecen en medio del cemento, de manos que siembran y cosechan, de un corazón que no entiende de egoísmos.

Norma es una mujer de La Vega,  una localidad del municipio San Juan y Martínez, que un día tuvo que dejar su campo y mudarse a la ciudad, a casa de su hijo, en Pinar del Río. Pero el campo no la abandonó a ella. 

Cargó con los saberes, la memoria, la costumbre de sembrar y compartir. Así nació este patio, este rincón de verdor en medio de edificios, es un lugar donde las guayabas se cogen de las matas y se comen frescas, dulces, mientras las mariposas se esmeran en hacernos ver que donde estamos es mucho más que un huerto.

 TENEMOS QUE SEMBRAR DE TODO

Norma llegó a la ciudad por necesidad. Su casa en San Juan quedó destruida por un ciclón, y sus hijos, preocupados, la llevaron a Pinar del Río. Pero ella no es mujer de quedarse de brazos cruzados.

—Vine a vivir para acá a casa del hijo mío, y entonces él y yo decidimos sembrar de todo — cuenta.

Su hijo, técnico agrónomo de profesión y militante del Partido en la provincia, fue el primero en animarla:

—Mami, tenemos que sembrar aquí —le dijo.

Y Norma, que venía de una vida de trabajo en la tierra, no necesitó más convencimiento. Hoy, quien visita su casa en el municipio pinareño, encuentra un pequeño paraíso: uvas, limón, habichuelas, pepino, guayaba, mamey, plátanos de distintas variedades, mango, frutabomba, piña, naranja, calabaza, yuca... y una larga lista que no termina de sorprender.

—Es increíble que en este terreno hayan tantas cosas sembradas —comentamos admiradas.

Norma sonríe, orgullosa, y señala con la mano: 

—Allá tenemos frutabomba, piña, naranja, calabaza. Hemos cogido varias calabazas, tenemos como seis ahí. Míralas por ahí, se ven. Y prácticamente casi siempre tengo plátano, mangos, cositas de esas.

Y más allá, las plantas, algunas medicinales:

—Tengo flor de España de dos tipos, dos variedades. Tengo sembradas albahacas moradas, blancas, toronjil de menta, orégano, ají, malanga...

—¿Y cómo es la experiencia de la agricultura urbana? —le preguntamos.

Norma responde con la naturalidad de quien ha hecho de la tierra su segunda piel:

—Con las mismas tradiciones.   

 LE DAMOS A LOS VECINOS DE TODO

Nos recibió muy contenta, y el asombro comenzó a brotar como la vida misma cuando vimos lo que se había logrado entre tanto cemento. Pero lo que más nos impactó de Norma fue su generosidad. 

Su patio no es un jardín privado, está abierto, parece un pulmón comunitario que alimenta a quienes viven a su alrededor, en un barrio donde hay tantos edificios y también otras tierras tomadas para producir alimentos.

—Aquí le damos a los vecinos de todo lo que sembramos: guayaba, plátano, frutabomba, de todo. Puedes preguntar. Nosotros aquí compartimos con todos, con los de al lado —dice, y señala en un gesto ocasional para seguir hablando de lo que sus manos hacen:

—Ese edificio es de casos críticos, casos sociales, y aquí compartimos con todos. Si se coge un racimo de plátano, nosotros aunque sea dos platanitos le damos aquí a los niños.

—¿Cómo es la experiencia de estar sirviéndole a otros? —insistimos.

Norma lo explica con una sencillez que desarma:

—Es que yo soy de una familia campesina. Mi papá también era sembrador, tenía vega, y de todo lo que él cosechaba le daba a su familia, a los vecinos. Y entonces a mí me gusta así, compartir con todo el mundo.

Y añade, como si fuera lo más natural del mundo:

—Pregúntele a ellos cómo soy yo aquí.

LA RUTINA DE NORMA: UNA VIDA ENTRE PLANTAS

El día a día de Norma transcurre entre las matas y su perro, también cocinando con lo que cosecha muy cerca. Lo vemos en su paso, más dinámico que el nuestro y en la alegría que parece advertir de no conocer el rostro del aburrimiento.

—Imagínense. Cuando no estoy haciendo una cosa, estoy regando las planticas, estoy en algo. Siempre estoy en algo para hacer. Si no, me aburro sola aquí —confiesa.

Y aunque extraña su tierra natal, La Vega, donde tenía a su sobrino y a su familia al lado, ha sabido construir un nuevo hogar en este patio urbano.

Pero no todo es fácil. La escasez golpea fuerte:

—Aquí el agua viene cada tres días, más o menos. Los míos están cruzados. A veces puedes coger un poquito, pero a veces no. Mira, esos compañeros viviendo ahí llevan dos meses sin un poquito de agua —cuenta con preocupación.

Aun así, Norma no se rinde. Busca soluciones:

—Lo que uno puede hacer es buscar manera de recoger agua de lluvia —dice. Yo cojo un pomo, cojo un cubo, vengo con un puñito y voy echando a todas, un poquitico a todas —explica sobre su método de riego.

Y aunque a veces las lluvias son torrenciales y arrasan con lo sembrado —como hace unos días, cuando las aguas le secaron las uvas y dañaron parte del cultivo—, Norma insiste, sabe de las oportunidades como cuando se enfermó y con las molestias en el cuerpo sigue dando amor. Y es que ella no solo siembra y cosecha. También siente a sus plantas. Las cuida, las mima, las tiene como parte de la familia.

—¿Habla con ellas, con alguna? ¿Qué les dice? —le preguntamos con picardía.

Sonríe iluminándonos:

—A veces les digo: "Te quiero mucho. Mira esto, esta es la de gardenia." "Échenme las flores para echárselas a mi mamá y a mi papá." Y así, a mi nieto, cuando falleció... y voy hablando con ellas.

 ESE PERRITO LLORO SI SE ME PIERDE

En la vida de Norma hay otro compañero inseparable: Tito. Un perro que llegó como regalo de un vecino de allá de San Juan a su hijo mayor. Es una mascota linda, una sombra alegre, parece un guardián contento, es su confidente. Entonces nos cuenta la anécdota más intensa, la del ciclón que destruyó su casa y la obligó a moverse. Norma decidió quedarse sola y Tito con ella.

—Yo dije que no iba para la casa de nadie, que iba a pasar el ciclón en mi casa —recuerda con firmeza. —Yo la pasé sentada en la casa, en el baño, el televisor ese LG que tengo ahí, a mi lado, y ese perrito al lado mío. Y con el teléfono de mi hijo encima de las piernas. Y así me comunicaba con mis hijos.

La imagen que nos viene es poderosa y mágica, llena de reparos ante esa indisciplina que se pliega con las alertas ciclónicas. Pero Norma sobrevivió a la experiencia y no deja de reconocer que Tito fue su mejor guardián.

—Ese perrito yo lloro si cuando él sale, que se me pierde, yo lloro aquí porque le tengo mucho cariño. 

 LAS MUJERES PINAREÑAS LO HAN DEMOSTRADO

Norma no es solo una jardinera, una cocinera, una madre abnegada. También es una mujer comprometida, una federada de toda la vida. 

— Nosotras somos mayores, pero debemos ayudar mucho y trabajar con la juventud. Que es la que va a ser el relevo.

Al final de la entrevista, le pedimos a Norma que comparta el secreto de su espíritu, de esa energía que la mantiene activa, sembrando, cocinando, cuidando de los suyos y de los demás. Ella lo resume con una sencillez que emociona:

—Que me den salud y vida para poder seguir así.

 

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