Por Lisandra Chaveco
Cuando ocurre un desastre natural, los daños suelen medirse en cifras: total de viviendas afectadas con derrumbes totales o parciales de techos o cubiertas, número de comunidades incomunicadas y/o con limitaciones en el acceso a infraestructuras (salud, educación) y servicios básicos (agua, electricidad, gas). Pero detrás de cada daño material existe una familia. Y dentro de cada familia hay historias, necesidades y vulnerabilidades que no siempre pueden computarse a simple vista.
Por eso para el proyecto Comunidades en Acción la contribución de las organizaciones de la sociedad civil, en particular de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en la construcción de una gestión inclusiva de múltiples riesgos en Bahía Honda es muy valiosa. Y Bárbara Vanesa Cabrera Fuentes, representante de la organización en ese territorio, conoce bien esa realidad.
Desde su experiencia acompañando a las mujeres y las familias del municipio, sabe que para comprender realmente el impacto de una emergencia no basta con saber qué se rompió. Hay que saber quiénes viven allí, quiénes necesitan mayor apoyo, quién cuida a quién y qué vulnerabilidades tiene esa familia para enfrentar la situación.
Esta mirada es precisamente uno de los aportes que la FMC ha puesto al servicio del proyecto Comunidades en Acción, financiado por la Dirección General de Operaciones Protección Civil y Ayuda Humanitaria de la Unión Europea (ECHO), integrando no solo su experiencia acumulada en el trabajo comunitario y la atención a las mujeres y las familias sino, además, una dimensión social a la lectura de riesgos durante los procesos de preparación y gestión inclusiva que impulsa el proyecto en Bahía Honda.
La experiencia de la organización en la atención a las mujeres también adquiere especial relevancia a través de las consejerías de violencia, que forman parte de las acciones que impulsa el proyecto.
Estos espacios permiten reconocer que las situaciones de emergencia pueden profundizar desigualdades y aumentar los riesgos que enfrentan determinadas personas, especialmente las mujeres y personas con discapacidad.
Por eso, ante una situación de emergencia o desastre, la protección no puede limitarse a garantizar un techo o una ruta de evacuación accesible. También debe garantizar información, orientación, acompañamiento y acceso a servicios de apoyo.
Para Vanesa, esta articulación entre la FMC y las capacidades generadas por el proyecto a través de talleres de gestión inclusiva del riesgo representan una oportunidad para hacer más efectiva la respuesta comunitaria.
Laborar junto a las trabajadoras sociales es muy importante porque permite comprender las realidades de cada comunidad", explica. Mientras ellas identifican daños y afectaciones, la FMC contribuye a ampliar esa visión al reconocer necesidades específicas durante una emergencia, como las de personas con discapacidad, cuidadoras o mujeres en situación de violencia.
Para la FMC, participar en Comunidades en Acción significa fortalecer una labor desarrollada durante décadas: acompañar a las mujeres y sus familias.
Gracias al proyecto, esa experiencia se integra a una estrategia más amplia de preparación frente a múltiples amenazas, promoviendo comunidades más inclusivas y resilientes.
El desafío ahora es consolidar esta articulación, fortalecer los sistemas de alerta temprana y las capacidades de evacuación inclusiva, garantizando una respuesta que tenga en cuenta las necesidades de las personas más vulnerables.
De esta manera, la gestión del riesgo deja de centrarse solo en los daños materiales y pone en el centro a las personas, sus derechos y sus redes de apoyo.

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