Por Marilys Suárez Moreno
Sus nombres van unidos por el coraje, la similitud de origen y el destino. Lidia Doce Sánchez y Clodomira Acosta Ferrals simbolizan el valor y el deber, la audacia y la voluntad probada en la lucha revolucionaria.
Víctimas de una cobarde delación, las dos valerosas mujeres fueron asesinadas. Juntas enfrentaron la tortura y la muerte, incapaces de traicionar la causa en la que creían, en la que habían volcado la fuerza de su pasión y su sacrificio.
Como mensajeras del Ejército Rebelde desde sus días iniciales en la Sierra, Lidia y Clodomira se convirtieron en inseparables compañeras de peligro. De las primeras campesinas en incorporarse a la lucha, burlaron en diversas oportunidades los cercos y las emboscadas enemigas para cumplir a riesgo de sus vidas las misiones señaladas por Fidel y el Che.
Aquel septiembre de 1958, las dos compañeras habían coincidido en La Habana para una misión. Aquí se alojaron en una casa del reparto Juanelo que Lidia considerada más segura y donde también estaban clandestinos los luchadores Alberto Álvarez, Reinaldo Cruz, Cecilio Dampiel y Leonardo Valdés, buscados por la tiranía por sus acciones revolucionarias.
En la madrugada del día 12, sicarios al mando del asesino Esteban Ventura, rodearon el apartamento número 11 del edificio de la calle Santa Rita, donde radicaba una casa del Movimiento 26 de Julio, convirtiendo el lugar en un infierno de plomo y sangre.
Los cuatro jóvenes fueron asesinados a mansalva, en el propio apartamento. Llevadas a la Oncena Estación de Policía, Lidia y Clodomira fueron golpeadas salvajemente en vanos intentos para que hablaran, si bien no les pudieron arrancar ni una sola palabra.
Torturadas, semiinconscientes, fueron metidas en un saco y llevadas mar afuera, donde las sumergieron una y otra vez. Se presume que esto ocurrió el 17 del propio mes de septiembre.
Sus cadáveres nunca aparecieron. Dicen que Lidia fue la primera en morir. Luego, Clodomira, la joven campesina que siempre llevaba en las manos un lápiz y un papel, porque estaba convencida de que la Revolución triunfaría y que ella entonces tendría tiempo para aprender a leer y escribir.
Los nombres de Lidia y Clodomira son recordados hoy. Inseparables en el peligro, burlaron cercos y emboscadas y protagonizaron incontables hechos de arrojo.
La temeridad que ambas mostraban inducía a los mensajeros varones a eludir la compañía de las dos heroicas mujeres.
Coincidieron en La Habana en gestiones con Fidel y el Che, respectivamente. Ninguna imaginó que esa sería su última misión, llevar a La Habana el mensaje de Fidel para desencadenar la Huelga de abril 1958.
Sobre ellas dijo el Che: “Dentro del Ejército Rebelde, entre los que pelearon y se sacrificaron en aquellos días angustiosos, vivirá eternamente la memoria de las mujeres que hacían posible con su riesgo cotidiano las comunicaciones con toda la Isla”.

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