miércoles, 16 de septiembre de 2026

Las mil facetas de Natalia Bolívar




Por Mariacarla de Guadalupe Quincosa Guerra

Este 16 de septiembre de 2026, Natalia Bolívar Aróstegui habría cumplido 92 años. Fallecida el 19 de noviembre de 2023 dejó una obra imprescindible para entender las religiones afrocubanas, la cultura nacional y la historia política de la Cuba del siglo XX. 

Etnóloga, escritora, pintora y revolucionaria, su figura se resiste a ser clasificada bajo cualquier etiqueta única porque, como ella misma dijo, tuvo el privilegio de conocer y trabajar con los grandes intelectuales y artistas de su tiempo.

Etnóloga: la niña que escuchaba a Isabel

La vocación de Natalia Bolívar no nació en la universidad. Nació escuchando a su niñera, Isabel Cantero (Chicha), quien en cierto sentido cumplió una función maternal y la adentró en las Reglas de Palo Monte. Gracias a ella asistió una madrugada, sin que lo supieran sus padres, a una misa espiritual.

Esa semilla, plantada desde la niñez, se convirtió en disciplina científica. Entre 1955 y 1958 se formó junto a Fernando Ortiz y Lydia Cabrera, recibiendo cursos de Metodología de la Investigación, Etnografía y Etnografía afrocubana.

Su obra etnológica es vasta y de consulta obligatoria: Los orishas en Cuba, Opolopo Owó: los sistemas adivinatorios de la Regla de Ocha, Ituto: la muerte en los mitos y rituales afrocubanos, Cuba Santa, Las Reglas de Palo Monte, Mitos y leyendas de la comida afrocubana y ¿Sincretismo religioso? Santa Bárbara / Changó, entre otros. De todos ellos, el más difundido fue Los orishas en Cuba (1990), “el título por el que me identifican”, según confesó ella misma.

Escritora: su palabra, su testimonio

La escritura de Natalia Bolívar no fue un accidente. Fue el vehículo para fijar una tradición oral que, sin ella y Lydia Cabrera, habría corrido el riesgo de perderse. 

Sus libros no son solo etnografías, son testimonios de una investigadora que se sumergió en los rituales, que consultó a babalawos y santeros, que asistió a ceremonias y que registró con rigor lo que veía y oía.

Pero Natalia también fue poeta. Sus poemas dedicados a Haití, publicados por Ediciones Vigía con prólogo de Nancy Morejón, nacieron de un viaje a esa nación caribeña y de la fascinación por sus culturas. 

El libro Haití, fuego sagrado se confeccionó con la propia tierra haitiana que Natalia trajo consigo a Cuba. La poesía, en su caso, no era un género menor, era otra forma de documentar, de fijar la memoria de un pueblo hermano.

Pintora: el mundo del arte para ella

Antes de ser etnóloga reconocida, Natalia Bolívar fue pintora. Realizó su primera exposición personal de pintura y dibujo en la galería Nuestro Tiempo en La Habana, presentada por el crítico de arte Rafael Suárez Solís. 

En 2010, la Feria Internacional del Libro de La Habana fue escenario de la presentación de Viaje a Camerún, muestra pictórica que recogía atributos de la cultura africana. 

También expuso junto a la artista francesa Finalé en la Galería Habana, en una muestra a cuatro manos titulada “Simulacres atypiques”, donde ambas jugaron con los mitos y leyendas que pertrechan la poética de las alegorías antropológicas y etnográficas.

La pintura fue, en su caso, una extensión natural de su trabajo etnológico: los orishas, los egguns, los nkisis y los nfumbes no solo aparecían en sus libros, sino también en sus lienzos. 

Revolucionaria: la que lo arriesgó todo

La faceta política de Natalia Bolívar es quizás la menos conocida fuera de Cuba, pero es inseparable de su biografía. Siendo aún muy joven, comenzó a mezclarse con otros estudiantes que le abrieron los ojos a las injusticias sociales de la Cuba neocolonial. Se vinculó al Directorio Revolucionario, la organización fundada por José Antonio Echeverría que se enfrentó a la tiranía de Fulgencio Batista.

Su origen aristocrático no fue un obstáculo, sino un activo. Uno de los trabajos que le encomendó la organización fue utilizar sus contactos de alta sociedad con diplomáticos extranjeros para conseguir asilo para los revolucionarios que tenían que escapar del país.

También contribuyó en el traslado de armas y participó en acciones concretas, entre ellas la organización del ataque a la 15 Estación de Policía. “Tenía una doble vida, trabajaba ocho horas y hasta llegué a doblar turnos”, recordaba.

En julio de 1958 fue detenida, interrogada y torturada salvajemente en el Buró de Investigaciones, bajo el mando de Orlando Piedra y el entonces coronel Laurent. Los esbirros querían que delatara a sus compañeros y revelara a qué organización pertenecía. No lo hizo. “Me mantuve firme en mis principios”, dijo después. Después logró asilarse en la Embajada de Brasil, la dejó y entró en la clandestinidad.

Tras el triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959, le ofrecieron un nuevo papel, salvaguardar el arte de la ciudad. Fue designada directora del Palacio de Bellas Artes, hoy Museo Nacional de Bellas Artes, y acometió su restauración y reorganización. De manera simultánea, participó en la creación y dirección del Museo Napoleónico. 

A 92 años de su nacimiento, Natalia Bolívar sigue siendo una figura incómoda para cualquier clasificación fácil. Fue aristócrata y revolucionaria, etnóloga y pintora, discípula y maestra, cubana y universal. 

Como dijo una vez, “He tenido heridas abiertas, pero aun siendo mujer floté, sobreviví a todos los embates”. Su vida fue, en efecto, muchas vidas. Y su obra, una invitación a mirar Cuba desde sus raíces más profundas.

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