Por Aime Sosa Pompa
Señorea el jazz cubano en una tarde-noche de La Habana Vieja, entre palomas que dibujan giros como las pocas nubes y la cercanía de un mar que al norte se vuelve espejo, siempre hermano si trae consigo la paz de las armonías.
Es una sesión jazística a lo cubano, para nosotros que somos pueblo, para los que llevamos el ritmo en la memoria y la piel, con la oportunidad de recordar esas raíces que nos unen para bien con las culturas nacidas allá, en los Estados Unidos.
La Plaza del Convento San Francisco de Asís se vistió con una gran bandera tricolor que ondeaba suelta, enlazándose con los aires libres de quienes ahí estábamos, maravillados, bebiendo ese antídoto gratuito que siempre es la música.
Al inicio, Magda Resik Aguirre —directora de comunicación de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana y de la emisora Habana Radio— nos habló con esa voz que recuerda tradiciones.
Explicó que ese momento de la tarde responde a la vieja costumbre de la Oficina de colocar en esas plazas varias entregas culturales, como quien enciende luces en el patio de la memoria.
Y recordó —siempre, a toda hora— a Eusebio Leal Spengler, cuyo espíritu seguro ronda por ahí, evocando la pasión por el jazz que llegó como un canto liberador desde el corazón de los esclavos en el sur de los Estados Unidos, y que al tocar tierra cubana se hizo nuestro.
El maestro César López, para quien el jazz es música suprema —casi religión de aire y metal—, subió al escenario y convidó a otros maestros: Bobby Carcassés, con su sabiduría de años; Emilio Morales, con sus dedos que parecen hilos de luz; y también a jóvenes bajistas, pianistas, percusionistas, músicos de otros instrumentos, en quienes el futuro del género ya respira con pulso firme. Desde el primer compás hasta los últimos acordes, los aplausos llovieron como aguacero de beneplácito.
En sus primeras palabras, César evocó el poder de la música y las raíces profundas del jazz cubano, ancladas en coordenadas que van desde Mario Bauzá, a Chico O'Farril, a Machito y sus Afrocubans, a Chano Pozo con su tumbadora profética.
El elenco, entonces, se fue haciendo como un mosaico de emigraciones dentro de la Isla, como cuerdas de una historia que solo hace justicia al mejor arte, a las interpretaciones versátiles, a los caminos que se cruzan y se abrazan en una misma melodía.
Después, todo fue onda y respuesta, diálogo y ritmo. Sonó Yesterday como un susurro de nostalgia, no faltó el gran Beny Moré y luego llegaron los pregones fraseados del manisero, el humo del tabaco nacional enroscándose entre los dedos y los pies dispuestos a bailar sin pedir permiso.
Fue puro entendimiento entre los sonidos, improvisaciones nacidas del pulmón y de las manos, llenando la Plaza de una verdad que no necesita palabras: el jazz lava el polvo de la vida cotidiana, como dijo alguien una vez, y es el poder del ahora, sin guion, sin red, pura conversación con el mejor tempo.
Es, además, ese hermano menor de cada revolución, ese eco de Miles Davis que nos recuerda que la libertad también se toca, se respira, se improvisa.



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