martes, 16 de junio de 2026

El vuelo eterno de Angelina




Por Isel Quintana Freyre

Hay brazos que nunca se rinden, y el de Angelina Caterino de Castro fue, hasta el último domingo 14 de junio, un refugio tibio en medio de la intemperie. 

A los 91 años, esta Madre de Plaza de Mayo de la filial Mendoza, dejó el plano terrenal, pero no sin antes haber completado el círculo sagrado que la dictadura intentó romper: logró abrazar a su nieta. 

Hoy la despedimos con la certeza de que su historia ya pertenece a la memoria de su pueblo, porque Angelina no solo fue buscadora: fue sembradora de esperanza donde todo parecía arrasado.

Nacida en la Mendoza profunda, Angelina pertenecía a esa estirpe de mujeres sencillas a quienes el dolor no les endureció el alma, sino que se las ensanchó. Madre de tres hijos, esposa, vecina de barrio, su vida transcurría con el pulso tranquilo de quien cría, cocina, trabaja y sueña con ver crecer a los suyos. 

Hasta que la noche de la dictadura se le metió en la casa. El 9 de diciembre de 1977, en Godoy Cruz, el terrorismo de Estado secuestró a su hija mayor, Gladys Castro, que transitaba un embarazo de cinco meses, junto con su esposo Walter Domínguez. 

Aquella madrugada, Angelina comprendió que ya nada volvería a ser igual: de un solo zarpazo le habían arrancado a su hija, a su yerno y a esa criatura por nacer que ya habitaba el vientre de Gladys como una promesa.

Convertida de pronto en detective por amor, Angelina empezó a golpear puertas que casi nunca se abrían. Recorrió comisarías, cuarteles, iglesias y juzgados. Se plantó en la Plaza San Martín de Mendoza con otras mujeres que, como ella, llevaban la ausencia anudada al pecho. 

El pañuelo blanco, al principio una tela tímida, se le volvió bandera y escudo. En cada ronda, Angelina prestaba su voz para gritar los nombres de Gladys, de Walter y de aquel bebé que imaginaba con los mismos ojos de su hija. 

Pasaron los años, y con ellos la dictadura, pero no el silencio cómplice ni la burocracia indiferente. Angelina no cejó. Mientras muchas instituciones miraban para otro lado, ella tejía redes con las Abuelas de Plaza de Mayo, aportaba datos, se hacía análisis de sangre y guardaba en una cajita de lata los escasos recortes y las fotos ajadas de los seres queridos que no estaban.

La perseverancia, ese don de las madres que no olvidan, tuvo su recompensa de luz en 2015. Después de casi cuatro décadas de búsqueda, el Banco Nacional de Datos Genéticos confirmó que una joven llamada Claudia era su nieta, la recuperada número 117. 

El reencuentro no fue un punto final sino un nuevo comienzo: con la suavidad de quien conoce la fragilidad de los afectos, Angelina supo esperar los tiempos de Claudia y construir un lazo lleno de amor, taza de té va, tarde de mates viene, en la intimidad de una familia que el terror quiso desmembrar y que finalmente se soldó con la fuerza de los huesos que reconocen su origen. 

Las imágenes de aquel primer abrazo todavía estremecen: la anciana menuda envuelta en su nieta, dos desconocidas unidas por la sangre y por tantísima historia callada, llorando juntas mientras el pañuelo blanco temblaba como un ave por fin liberada.

Pero Angelina, mujer íntegra, sabía que el abrazo privado necesitaba justicia pública. Se presentó a declarar en el juicio por la apropiación de Claudia, miró a los ojos a los responsables y con voz serena pero firme contó su verdad.

En 2019 el tribunal condenó a los tres acusados, sellando con verdad jurídica un capítulo que ella había escrito con lágrimas, caminatas y un temple de acero dulce.

Ese día Angelina sintió que su nieta no solo era restituida en los afectos sino también en el orden simbólico de una sociedad que, al juzgar, se compromete a no repetir la barbarie.

En sus últimos años, Angelina siguió participando en las rondas mientras la salud se lo permitió, no ya con la urgencia de quien busca, sino con la sabiduría de quien atestigua. 

Se convirtió en un referente imprescindible para las nuevas generaciones de la filial mendocina, que la escuchaban como se escucha a las abuelas que guardan memoria viva.

Sus manos, que tantas pancartas sostuvieron y tantas cartas escribieron, acariciaron también las cabecitas de los bisnietos que llegaron después.

El pasado domingo 14 de junio Angelina cerró los ojos en Mendoza, pero no soltó el pañuelo. La imaginamos partiendo en paz, con el alma liviana de quien supo transformar el dolor en lucha colectiva y la espera en abrazo.

Ya no estará físicamente en la ronda, sin embargo su legado es imborrable: nos enseñó que buscar sin descanso y amar hasta el reencuentro es la forma más alta de dignidad. Quienes tuvimos la dicha de conocerla sabemos que Angelina no se ha ido del todo: cada vez que una abuela recupere a su nieto, cada vez que una Madre alce la voz en una plaza, allí estará ella, eterna y tenaz, recordándonos que el amor organizado siempre vence.

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