lunes, 22 de junio de 2026

¡AHÍ NO ES, Neruda!




Por Aime Sosa Pompa

El acusado que nunca fue juzgado no era un vulgar literato o un invisible hombre de las Américas. Era Pablo Neruda. Los hechos han permanecido muy bien documentados. Primero: la fascinación ante una mujer bella perteneciente a un sistema racista y execrable de castas, en el eslabón mas débil, el de paria. Segundo: era la sirvienta que le vaciaba la letrina que usaba a diario, un recipiente que llevaba en la cabeza con sus desechos sólidos y líquidos. Tercero: el acoso manifiesto, reiterado, llamarla, dejarle regalos; mientras recibía un mutismo solo equiparable con la anulación a la que podría estar acostumbrada. Cuarto: conducirla a la cama con fuerza física, despojarla de la ropa, violarla a pesar de que era para él una estatua; y admitir que haciéndolo, era él mismo despreciable.

El autor de los hechos se expone: el Neruda de los versos románticos y premiados, el que fue llamado voz y hombre de América. El Neruda de Confieso que he vivido, editado póstumamente, en el capítulo dedicado a describir su estancia en Ceilán (actual Sri Lanka) cuando era diplomático entre 1929 y 1930. 

Para muchas personas el problema no es Neruda, sino que durante décadas ese párrafo estuvo ahí, publicado en 1974, y al acto nadie lo llamó por lo que fue: violación. 

Cuando el ímpetu de quienes conocen la fuerza de nombrar, lo hicieron posible, llegaron muchas afirmaciones y preguntas como estas: Fue un error de su juventud. Neruda era un joven de 24 años, estaba solo en Asia, no se le puede criticar. Su vida no es perfecta. ¿Se queman sus libros, se borra de la historia? ¿Habría que eliminar su obra? ¿Hasta qué punto le pedimos una rendición de cuentas a alguien que ya está muerto y que es producto de su época? Hay que separar la obra de la vida privada del autor. El feminismo es el más resuelto enemigo de la literatura."

"Me quedé asombrado mirando lo que pasaba. Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes. Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa."

Como otro machista, abusador y repito execrable ser, ningún día ella tuvo nombre de mujer. Nunca supo cómo se llamaba aquella que dejaba lista su letrina para sus detritus. No hacía falta. No le dedicaría un poema a pesar de una belleza para él impactante ni mencionaría en otros papeles los detalles que tanto atesoró. Mucho le impactó cuánto aún la recordaba. 

Fue una estatua, para el sexo forzado un animal huraño. No hablaba su idioma, y era pobre, solo la sirvienta que tenía, como mismo escribió, un humilde oficio: cargaba sus heces todas las mañanas aunque pareciera una reina indiferente. 

"Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado. Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente."

Neruda nunca dejó de ser un gran poeta o un furibundo coleccionista e increíble recolector de caracoles que le debieron el título de malacólogo aquí mismo en Cuba.

Algunos que reconocieron la crudeza de la confesión, quizás se escudaron en que era ante todo el Neruda de todas las personas que creían en canciones enamoradas. Con halagos fue el militante que en su última visita a esta isla dejó la edición de su libro “Canción de gesta” dedicado “a todo el crepitante mundo Caribe”. 

Era el hombre capaz de desgranar versos como ríos y que deletreaba con emoción cualquier rima en tiempos apretados de tanto amor solitario o compartido: 

"Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia."

Décadas después, una pancarta comienza a sobresalir en marchas del 8M (8 de marzo) Día Internacional de la Mujer, y circula desde entonces en redes sociales. 

Podrá ser una apropiación crítica del canon literario pero nunca llegará a ser una declaración institucional. La aseveración tiene respaldo: "Me gustas cuando callas... Neruda, cállate tú". El grito que clama por justicia será permanente: ¡AHÍ NO ES, Neruda!


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