Por Marilys Suárez Moreno
El pequeño preescolar llegó de la escuela contento. En sus manos una linda caja con lápices de colores, pinceles y acuarelas que, según dijo a su mamá, se había encontrado en el aula.
Ella le explicó que si estaba en el aula era de algún niño o niña, verás que es así cuando mañana lo entregues a la maestra.
Al siguiente día su mamá fue con él y le comentó a la profesora el hallazgo de su hijo y que, como seguramente era de otro escolar, quería devolverlo.
La educadora, sabedora de la verdad, elogió el gesto del menor y entregó a su dueña y compañera de pupitre el estuche. Besos y aplausos cerraron aquel episodio nunca olvidado por el niño, hoy convertido en una persona de bien.
Como sabemos, la honestidad no viene en el ADN, por lo que tempranamente debemos inculcar el sentido de la responsabilidad, del respeto por las pertenencias ajenas y, algo muy importante, por la propiedad social.
La honestidad debe prevalecer en todos los espacios de la vida, en la casa, en el trabajo, en la escuela y el barrio. En fin, en toda la sociedad.
La persona honesta aúna en su ser grandes valores y dones múltiples que le son reconocidos. A veces pequeñas mentiras o acciones indebidas en la vida familiar inicia al menor en un tortuoso camino.
Es posible que cometa errores a causa de su lógica inexperiencia o de ejemplos negativos vistos, pero si no se procede a tiempo, puede iniciarse una conducta antisocial y convertir el embuste y la falsía en un vicio.
Los paradigmas son esenciales en la infancia y resultan básicos para futuros procederes personales. De hecho, mientras más temprano se despierte esa sensibilidad hacia lo que enaltece a la persona, mayores serán las posibilidades de formar seres humanos de bien.
Estas son probidades que han de cultivarse constantemente, aprovechando desde la lectura de un libro, una historieta o una película, hasta el momento de reunirnos a la hora de la comida o un paseo familiar.
Actitudes individualistas, egoístas, que ponen el interés por encima de la propia dignidad, califican en el nocivo panorama de la indisciplina social que hoy padecemos.
De ahí que los valores dirigidos a resguardar una conducta decente, honesta, tienen que formar parte de esos patrones conductuales que deleitan y cautivan cuando se ejercen de manera natural.
Las formas de conducta que se evidencian en el trato correcto y los buenos modales no solo son agradables por sí mismos, sino que además, incorporan características positivas a la personalidad, de gran valor para el desarrollo personal.
No se trata de que permanezcan en una urna y que sólo reciban imágenes irreales del mundo, pues sería negar la propia naturaleza humana, se trata de que aprendan los preceptos que nos hacen mejores.
A todos nos toca elegir que camino escogemos, pero no es alentando conductas egoístas y deshonestas en los hijos e hijas, sino educándolos en la modestia, la ética, la responsabilidad, el civismo y la bondad, que serán felices.

No hay comentarios:
Publicar un comentario