martes, 7 de abril de 2026

Mensaje de una abuela cubana



Desde el gobierno de las Estados Unidos han dicho que “no se puede ejercer mucha más presión salvo entrar y destruir el lugar”.  

Ese “lugar” soy yo.  Soy la abuela cubana que se levanta cada día con el cuerpo cansado y el alma en pie.  

Soy la que cría, la que enseña, la que cuida, la que resiste, la que pelea. Soy la que no se rinde. No me hables de destrucción.  

Porque yo vengo de Mariana, que entregó a sus hijos a la guerra y gritó “¡arrodíllense ante su madre, no ante el enemigo!”. 

Vengo de Carlota, que rompió cadenas en Matanzas y fue asesinada por soñar con la libertad.  

Vengo de Ana Betancourt, que en plena guerra del 68 exigió que las mujeres también tuviéramos voz.  

Vengo de Celia, de Vilma...Yo soy la nieta de las que no pudieron ser destruidas. No solo amenazan a un gobierno.  

Amenazan a mi madre, que hace milagros con lo que hay.  A mi hija, que sueña con ser médica en agradecimiento a todo lo que hacen especialistas de la salud en un país bloqueado para salvar vidas.  

A mi vecina, que comparte el arroz aunque no le alcance.  A mí, que escribo con rabia y ternura, con memoria y coraje. 

A la familia, que cuida lo que ha logrado, a mi pueblo que con alma mambisa sabe muy bien la Patria que defiende.

Esa amenaza no es nueva. Es la misma de siempre: la del imperio que no soporta vernos de pie.  

La del que no tolera que una isla pequeña, mestiza, rebelde, decida su destino.  La del que cree que puede borrar con bombas lo que hemos sembrado con sangre y canciones.

Pero no se puede destruir lo que está hecho de raíz.  Y yo estoy hecha de raíz.  De ceiba, de machete, de tambor, de leche materna, de tierra roja, de lágrimas que no se secan porque riegan.

Yo no soy un lugar que se destruye.  

Soy una abuela cubana.  

Y no me arrodillo.

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